sábado, 3 de enero de 2009

En la fiesta con María.



Cuando María llegó, la fiesta estaba muy ambientada. Casi todos, eran gente conocida, antiguos compañeros de clase y de escapadas nocturnas, que habían comenzado a trabajar o se habían casado y se encontraban en el antiguo lugar de reunión, el chalet de los padres de Carlos, que prácticamente no aparecían por su segunda residencia.
Muchos de los amigos de María, no hacia aún diez años que habían terminado la carrera y todos conservaban ese aspecto juvenil imprescindible para que podamos ser indulgentes con su borrachera.¡La juventud es una gran cosa, una gran fuerza creadora... mientras no se comienza a pensar en ella!.
El grupo lo componían unos veinte jóvenes, el cava, la música y el baile, habían desinhibido bastante al personal y la entrada en el salón, de la hermosa María , fue saludada en broma por algunos de sus amigos, con vítores de alegría. El aspecto de la chica, según la opinión masculina general era “un deleite objetivo”, es decir que seguía siendo la tía más buena de la clase.
María comenzó a saludar a los invitados que estaban con las chicas y cuando llegó al grupo de bromistas, en lugar de besarlos, se paró en seco y también en broma, hizo un gracioso mohín de enfado, dejando caer las comisuras de su boca hasta dibujar una profunda coma en cada mejilla. Sin duda para ella debía ser un instante de secreta complacencia. Para el resto de la mujeres, María evidentemente halagada, se permitía rechazar públicamente ese tipo de elogios, pues en el fondo se creía merecedora de que la elogiaran de un modo más sutil. Un cierto silencio en el ambiente delataba la envidiosa vigilancia del sector femenino.
Por suerte, Maria tenia una buena amiga Carlota, que intervino de inmediato llevándosela del grupo de moscones que esperaban su turno para besarla. Carlota era la mejor amiga de María y resultaba popular, por poseer un raro don femenino, el de saber apaciguar las tensiones con una salida ingeniosa que a nadie ofendiera. En este caso empleó, una casi olvidada comparación del escritor Boris Vian, que por rebuscada y pedante, resulto cómica:
Ordinariamente una linda muchacha tiene ocasión de numerosos contactos con sus semejantes, del mismo modo que una rebanada de pan con mermelada tiene más probabilidades de reunir información sobre la anatomía y las costumbres de los dípteros que un estéril y granujiento pedernal ”.

El tema de las conversaciones aquella noche, cada cual en su estilo era único, la queja por el paraíso perdido de la vida de estudiante.¡ Ah, la buena y hermosa vida, la vida ideal del inmediato pasado en común!. Sin las preocupaciones por el paro, el curro o la miseria del sueldo que no llega para pagar el alquiler o la hipoteca, reinaba la verdadera amistad. Tan verdadera que en ningún caso excluía el sexo; al menos de boquilla. ¡Antes todo era más fácil, mejor, más divertido y auténtico, sin las responsabilidades y cargas personales!. Carlos estaba desolado y sólo encontraba consuelo en buscar el roce con María; poco antes en el jardín Miguel había hecho exactamente lo mismo y María se prestó al juego con gusto, consciente del valor de estas caricias robadas como conjuro temporal contra la soledad. ¿ Podrán acaso dejar de ser las emociones retrospectivas, retroactivas?.


Pero la noche se alargaba… ella no había querido beber. Por suerte o por desgracia su anterior experiencia ya la había dolorosamente inoculado contra esta canción mítica: "la falsa idealización del paraíso perdido". Daba igual que se llamara, Miguel, que Carlos, que Javier, ninguno encontraba nada que decirle que antes no le hubieran dicho y callado mil veces. Ellos la besaban, y mientras lo hacían, María no podía dejar de sentir que los besos y el mismo sexo se inventaron para traducir en heridas, estas nadas.

Los seres humanos son como órganos, pensaba. ¡Hoy fin de año, toca exaltarse, divertirse¡. Se aprieta una tecla que dice “amigo”, “amante” o “madre” y suenan enseguida las emociones que la situación requiere, lágrimas, suspiros, o caricias. A veces pienso en nosotros, más como productos del hábito que como criaturas humanas.

No quiso terminar la fiesta acompañada, y prefirió regresar a casa sola. Casi amanecía, pidió un taxi y durante el trayecto, se le vino a la cabeza el extraño personaje que la había abordado aquella tarde, con el que sin saber porque había surgido una simpatía.


"Ya nada volverá a ser como antes". El canto del loco.

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