domingo, 18 de enero de 2009

Elogio y lamento de Inglaterra.



“Inglaterra es hermosa y melancólica. Es un país sumamente civilizado, en el que se ven resueltos con gran sabiduría los problemas más esenciales de la vida, como la enfermedad, la vejez, el desempleo, los impuestos. Es un país que sabe tener un buen gobierno y esto se nota en los mínimos detalles de la vida diaria, en el respeto al prójimo, en la acogida a los extranjeros, en el trato a los animales y en la construcción de las casas”.
Esto escribió Natalia Ginzburg, que vivió un par de años en Inglaterra, a comienzo de la década de los sesenta. La escritora italiana, que había sufrido en propia carne la represión del fascismo y había contemplado el horror de la destrucción europea en la Segunda Guerra Mundial, se congratulaba así del renacer de esta forma de ser, en la que habían aflorado los antiguos valores relacionados con el buen gusto, la libertad y la justicia social. Valores que durante la década de los cincuenta y gran parte de los sesenta del siglo XX, conformaron durante el largo periodo de reconstrucción y expansión económica el más perfecto de los logros humanos derivados de la Ilustración: el Estado Social de Derecho.
La imagen clásica de Inglaterra se formó durante el siglo XVIII y es la de los grandes terratenientes que en sus cotos rurales se dedican a cazar el zorro o el ciervo, vestidos con sus casacas rojas, la de los diputados de la Cámara de los Comunes, tan engreídos e incansables bebedores de oporto, la de los comerciantes emprendedores, siempre dispuestos a traficar -y a robar- en los más alejados países, la Inglaterra de las posadas, de los pícaros y aventureros, de los salteadores de caminos. Una sociedad agraria y satisfecha de si misma en la que un reducido número de familias disponía del poder político y de las rentas y la gente humilde vivía en una miseria indescriptible, sin que por ello se generase descontento social, ni existiese –como en Francia- clima revolucionario alguno.
Durante el S XIX, Gran Bretaña se transforma en una de las mayores potencias industriales, con un inmenso imperio que abarca toda la tierra, extendiendo su idioma, su sistema político y su idea de civilización al resto del mundo.
Este proceso continúa de manera menos idílica y civilizada, en la gran crisis política y económica de la primera mitad del Siglo XX que es consecuencia de la lucha por las colonias, y la eclosión de los nacionalismos y concluye con las dos terribles guerras de devastación a escala mundial. De las que saldrá un mundo completamente distinto, enfrentado en dos grandes bandos; el de los dos grandes linajes que hay en este mundo: los que tienen y los que no tienen.

Pese a los valiosos logros de la Europa de posguerra -jamás igualados en el transcurso de la historia- el Estado de derecho, la seguridad social, la sanidad pública universal, la educación gratuita y laica, la tolerancia religiosa, los impuestos progresivos y el reparto equitativo de la carga fiscal, que han sido llamados del Estado del Bienestar. Desde el lado de los que no tienen, ya nunca más será mirada Europa -ni su heredera América- como el foco de la civilización mundial, sino como el linaje poderoso de los que tienen a cuyo servicio está el mercado y la ideología en cualquiera de sus manifestaciones mediáticas.

1 comentario:

  1. Me gusta muchísimo tu análisis. Y es curioso que ahora, cuatro años después, la perspectiva sobre nuestro bienestar en Europa ha cambiado bastante...

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