martes, 8 de septiembre de 2009

Un espíritu tutelar. Capítulo 2º: El Viaje

Fray Alberto, se dejó crecer el pelo, se tiñó la barba de blanco. Al llegar a un monasterio se servía de mí como lazarillo, y haciéndose pasar por el hermano Agustín de Orvieto, acudía a presentar sus respetos al abad. Nunca pasamos más de una noche en un monasterio, y después de casi dos semanas de viaje, de repente dejamos de frecuentarlos. Nuestro rumbo, hasta entonces tan errante, se decantó al Nordeste. Y a primeros de noviembre comenzamos a ascender las empinadas sendas de Los Alpes. No era la mejor época para transitar por estos parajes; llegó el frío, un viento cortante nos helaba el rostro y las manos y cada mañana se hacía más penosa nuestra travesía.
Un día, fray Alberto, se cortó el pelo y se rasuró la barba, su rostro volvía a ser el mismo con el que se presentó. Dijo que debíamos aprovisionarnos, para las dos próximas jornadas, pues íbamos a internarnos en la región más despoblada de Los Alpes y el camino era especialmente abrupto. De madrugada comenzamos a trepar por una estrecha senda que atravesaba un bosque de abetos, entre enormes paredes de roca ascendimos a los glaciares. En lo alto del puerto el aire se hizo más denso y desde la inmensa mole del Schalf comenzó a soplar un viento tocado por la mano de la nieve. Un turbante de nubes negras cubría la cumbre amenazando tormenta. Todo se volvió oscuro, y tuvimos mucha suerte en encontrar unos pastores que se afanaban en recoger el ganado. Aquella buena gente, nada más vernos, nos ofreció su hospitalidad. Me sorprendió, el modo afectuoso, casi familiar como fray Alberto los saludó, dirigiéndoseles en alemán. Tuve la impresión de que los conocía, o al menos, de que no ignoraba la existencia de esta cabaña. Nos acomodaron un lecho y nos hicieron sitio en su mesa. Fuera estalló la tormenta, fuertes ráfagas de viento cargadas de agua nieve golpeaban la cabaña. Nos sirvieron un caldo caliente, un trozo de carne asada, queso y un vaso de cerveza. Entre ellos y fray Alberto se entabló una animada conversación junto al fuego. Yo me dispuse a dormir, acurrucado en el blando lecho de lana. Mientras escuchaba el pavoroso zumbido del viento helado entre las rocas, pensaba en el valor de la comida, del abrigo y de la compañía, “bienes absolutos”, que por desgracia sólo apreciamos en su justa medida, cuando verdaderamente los necesitamos. Antes de caer en un profundo sueño, di gracias a Dios por cuanto nos había brindado aquella tarde.
Cuando me desperté era de día, el viento había cesado y un manto blanco cubría el paisaje. La nieve no desanimó a fray Alberto, que se despidió muy afectuosamente de los pastores. Estaba muy locuaz y parecía de buen humor. Me contó que había crecido en estas montañas y que ahora llegaríamos a un valle muy profundo, acaso el más apartado y aislado de Los Alpes. Sus habitantes eran hospitalarios y todas sus tierras muy fértiles pertenecían a la abadía de Sölden. Nos dirigíamos a la abadía, en la que siendo casi un niño, fray Alberto había profesado como monje; pero de todo esto, dijo, debes guardar absoluto secreto.
Así por perdidas sendas de montaña, nos fuimos internando en un profundo valle glaciar. Encontramos algunas casas de pastores y en una aldea, unas mujeres de edad avanzada se le quedaron mirando como queriendo reconocerlo. Fray Alberto, callaba y no levantaba la mirada. Poco antes del medio día comenzamos a subir por una senda de piedra que afrontaba directamente una fortísima pendiente y avanzaba colgada de una inmensa pared de roca que parecía poner término al valle. El peligro de tropezar y caer al vacío era tan evidente, que decidimos desmontar de las mulas. Después de un buen rato, la senda viró en escuadra y por un camino pedregoso llegamos a un collado, que resultaba invisible desde donde veníamos.
- Mira hacia el Norte, ¿ Distingues algo?.
A lo lejos, sobre una enorme peña, cortada a pico por tres de sus lados, y situada sobre un profundo desfiladero se divisaba la abadía. La imponente mole defensiva era del mismo color que la roca y en la lejanía, sus muros apenas se distinguían de las paredes de la peña que le servía de albergue.

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