sábado, 5 de septiembre de 2009

Un espíritu tutelar: Presentación

Capítulo Primero. Presentación.

Mi nombre es Fabián y nací en Orvieto el mismo año que la Gran Peste se extendió por toda Europa. Desde los puertos del Mediterráneo la enfermedad avanzó hacia el Norte y asoló campos y ciudades. En Italia mató casi a la mitad de la población. Atacó por igual a jóvenes y a viejos, a pobres y a ricos, exterminó algunas familias, y respetó a otras, que permanecieron libres del mal, sin que nadie pudiera ofrecer la menor explicación. Se cebó especialmente en los monasterios y las iglesias, quizá porque eran los clérigos quienes se ocupaban de atender los enfermos. Hay quien creía llegado el final de los tiempos y por toda Italia, “los lolardos” propalaban la creencia en un castigo divino por la iniquidad y el lujo de Clemente VI y su corte de Aviñón.
No conocí a mis padres y como tantos otros me crié en la inclusa de un monasterio. Mi niñez estuvo llena de privaciones y considero un milagro haber sobrevivido a tantas penalidades. Con sólo siete años trabajaba desde el amanecer, lo mismo auxiliaba a los frailes en el traslado de los cadáveres a las fosas, que ayudaba en el huerto, en la cuadra, o en la cocina del monasterio, cuando me iba a la cama, estaba completamente agotado. Aún así podía considerarme afortunado, pues nunca me faltó una comida caliente y no me rozó la enfermedad.
Pasaron los años, los rebrotes de la peste se hicieron cada vez más débiles y menos frecuentes. La enfermedad se fue retirando de nuestra comarca y terminó su cosecha de organismos para la muerte. Recuerdo que entonces llegaron a curarse algunos enfermos, y que los remedios del hermano Agustín, el herbolario, un viejecito algo sordo, al que comenzaban a fatigársele las piernas, alcanzaron gran reputación en la comarca. Aumentó tanto su trabajo que decidió tomar a algunos chicos de la inclusa para ayudarle. Me gustó mucho el nuevo trabajo, disfrutaba andando todo el día por el monte y me preciaba de traer siempre las hierbas que me pedía. Llegué a ser su auxiliar predilecto; a su pupilaje debo lo que he aprendido y a su amistad el inicio de mi relación con fray Alberto de Isembrant.
Esta es la historia de aquellas pocas semanas que pasé con fray Alberto, una historia breve e intensa que se entrelazó con la de mi propia vida encarrilándola para siempre.
Trato de utilizar ahora mis recuerdos de aquellos sucesos vertiginosos, y ponerlos por escrito como hitos en la ruta de regreso hacia un momento determinado en el tiempo: Aquella lluviosa tarde de otoño, en la que un monje alto y encapuchado entró, sin previo anuncio, en la trastienda de la botica. Retiró la capucha parda con la que se protegía, y tras aguardar una mirada de reconocimiento del viejo herbolario, se fundió con él en un afectuoso abrazo. Era el abrazo de un padre y un hijo tras una larga ausencia. Recuerdo muy bien aquella primera tarde de octubre, yo acababa de cumplir dieciséis años y no podía presentir hasta que punto fray Alberto se uniría a mi destino para siempre.
Fray Alberto era un franciscano de unos cuarenta años, alto y proporcionado, su mirada franca y sus modales campechanos invitaban a la confianza. Tenía el pelo escaso y una barba entrecana muy recortada. Ante extraños suavizaba sus ademanes, entonces aunque era cortés se mostraba parco en palabras, y esta disposición a escuchar antes que a hablar, disfrazaba una cautelosa actitud de reserva. El hermano Agustín me contó que de joven, enseñó medicina en París y entonces pasaba por ser una de las cabezas más privilegiadas de la orden de San Francisco. A raíz de un oscuro episodio, que terminó con la detención y muerte de su maestro, abandonó la cátedra y se retiró con apenas veinticinco años.

Una mañana, fray Alberto entró en mi habitación y me preguntó si era cierto que quería ser médico.
- Así es Padre, contesté, algo azorado por esta atención.
- Necesito un ayudante, dispuesto a acompañarme en un largo viaje hacia el Norte. Me pregunto si estarías dispuesto a venirte conmigo. Concluido el viaje podrías quedarte en la Universidad de París, donde tengo algún buen amigo que estaría encantado de acogerte como pupilo.
Mi alegría era tan grande que no acertaba a responder. Fray Alberto me tendió la mano y mirándome fijamente dijo:
-No quiero ocultarte que el propósito de mi viaje es cumplir una delicada misión. Acompañándome asumes un riesgo, la misión puede ser peligrosa, por eso la mantengo en secreto. De ti espero la mayor discreción y la más absoluta reserva.
Asentí con la cabeza, completamente fascinado por la aventura y el misterio, que se desprendían de sus palabras.
- Si estás decidido, ve y despídete de fray Agustín, recoge tus cosas y prepara las mulas en la cuadra. Mañana salimos al amanecer.Así fue como comencé el más fascinante de los viajes que he realizado. Un lento peregrinar por algunas de las más famosas abadías del Norte de Italia.

jueves, 3 de septiembre de 2009

¡Vanitas, vanitatis!

La sagacidad tiene algo de adivinación que halaga más nuestra vanidad que todas las demás cualidades del entendimiento. La prueba del nueve: Nos encanta adivinar lo que piensan los demás, pero que poquito nos gusta que hagan otro tanto con nosotros.

martes, 1 de septiembre de 2009

Esto es amor

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
aspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado mortal, difunto, vivo,
leal traidor, cobarde, animoso;

No hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugutivo,
satisfecho ofendido, receloso;
Huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;
Creer rque el cielo en un infierno cabe
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.
(Felix Lope de Vega)









¿Rogarla?, ¿ dedeñarla?, ¿huirme?
¿seguirla?, ¿defenderse?, ¿asirla? ¿ airarse?
¿querer y no querer? ¿ Dejar tocarse?
¿ y a pesuasiones mil mostrarse firme?.

¿Tenerla bien?, ¿probar a desasirme?
¿luchar entre sus brazos y enojarse?
¿besarle a su pesar y ella agraviarse?
¿probar y no poder, a despedirme?

¿Decidme agravios?, ¿reprenderme el gusto?
¿ Y el fin a baterías de mi prisa,
dejar el ceño?, ¿ no mostrar disgusto?

¿Consentir que le aparte la camisa?
¿hallarlo limpio y encajarlo justo?.
Esto es amor y lo demás risa.
(Francisco de Quevedo)





domingo, 30 de agosto de 2009

La sangre negra del inconsciente colectivo

Georg Kolbe. (Pareja de "arios" 1939)

Nunca ha llegado a olvidarse que sería absurda cualquier cosa, si su significación se agotase en su función inmediata y en su forma de manifestarse; nunca se ha olvidado que todas las cosas penetran un buen pedazo en el mundo del más allá”. Johan Huizinga

La composición emocional de nuestra inteligencia produce en nuestro pensamiento, frecuentes aboliciones en el orden mental lógico, que a duras penas nos atrevemos a reconocer. Una forma de pensar arcaica, trabada por el miedo y la superstición, que no se atiene a la causalidad, que nunca nos ha sido ajena, y que en nuestro tiempo ha tenido consecuencias desastrosas.
Fenómenos como el apogeo del nazismo de la primera mitad del siglo pasado,o el de la xenofobia actual, demuestran que el paulatino proceso de secularización que arranca en Europa con la Ilustración, en lugar de haber logrado su propósito de liberar al hombre para siempre de la tiranía del clero y de la sumisión irracional a Dios, parece haberlo conminado a desarrollar sustitutos capaces de responder a unas necesidades religiosas tal vez inextirpables, que desgraciadamente han encontrado un pernicioso aliado en la política. Los mitos y lo símbolos siguen siendo, la sangre negra que alimenta el inconsciente colectivo.
El libro de Rosa Sala “Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo” (Acantilado, 2004) es un esclarecedor análisis del nazismo como fenómeno religioso. Fue el entramado irracional de mitos y símbolos colectivos de una sociedad enferma, -en forma de obsesión morbosa sobre la supremacía de una supuesta raza aria y la defensa de su pureza de sangre- el que jugó el papel preponderante en la toma de decisiones de los dirigentes del partido nazi. Una necesaria aclaración, de como la sociedad alemana, en unas circunstancias difíciles y atenazada por el miedo y la desesperación, es incapaz de reconocer las falacias más disparatadas y aberrantes transmitidas por la propaganda nazi; de como las simplezas exotéricas más ridículas, pasan a convertirse en verdades incuestionables... "en enigmas que sería indispensable conocer y sin embargo, resulta imposible descifrar".

jueves, 27 de agosto de 2009

Dos secretos

1 Los placeres simples son el mejor refugio de los seres complejos. Y estoy convencido, de que casi cualquier cosa, se convierte en un placer, si se hace con la suficiente frecuencia.
2 Cuando las cosas van mal, convertirnos en espectadores, de nuestra propia vida, puede ser una forma de escapar de muchos de los sufrimientos que nos aquejan.

El perfeccionismo

El perfeccionismo es una siniestra fantasía asociada al modelo económico en el que vivimos. Una batalla perdida de antemano, que condiciona todas nuestras acciones. Una carga absurda y dolorosa que no permite el descanso ni la serenidad, una ocupación a tiempo total, que nos impide relajarnos
Las relaciones de dependencia en el ámbito familiar y las de jerarquía en el laboral son el caldo de cultivo de la actitud perfeccionista. La prevalencia contagia todas las relaciones de arriba a bajo iniciándose una nefasta estrategia: “la del yo critico y por tanto me pongo a salvo de ser criticado”( contraria a toda responsabilidad personal). El modelo del “guardián” en la educación de los hijos, produce adolescentes confundidos y bastante malhumorados. La corrección inmediata de todo error en el trabajo, deteriora las relaciones personales y en definitiva la efectividad laboral, pues se asume una posición de superioridad intelectual y moral, que no es fácil de tolerar por los demás.
En ambos casos, en el de los hijos y en el de los empleados resulta nefasto el modelo de corregir en el acto todas las equivocaciones. Para que los seres humanos cambien, tienen que sacar energía de algún lado. Si se sienten insignificantes y despreciados no será posible que logren reunir la fuerza o el coraje necesarios para encontrar esa solución.

lunes, 17 de agosto de 2009

Lo indefinible

"El hecho estético, no requiere ser definido. Es algo tan evidente, tan inmediato, tan indefinible, como el amor, el sabor de la fruta, el agua. Sentimos la poesía, como sentimos la cercanía de una mujer o como sentimos una montaña o una bahía. Si la sentimos inmediatamente; ¿ a qué viene diluirla en otras palabras, que sin duda serán más débiles que nuestro sentiminetos?." J.L . Borges