viernes, 9 de enero de 2009

Baruch: el amigo de los hombres.

Spinoza. J L. Borges
Las traslucidas manos del judío
labran en la penumbra de los cristales
y la tarde que muere es miedo y frío.
( las tardes a las tardes son iguales).
Las manos y el espacio de jacinto
que palidece en el confín del Ghetto
casi no existen para el hombre quieto
que está soñando un claro laberinto.
No lo turba la fama, ese reflejo
de sueños en el sueño de otro espejo;
ni el temeroso amor de las doncellas.
libre de la metáfora y del mito
labra un arduo cristal: el infinito
mapa de Aquel que es todas Sus estrellas.
En tanto que no somos mas que una parte del gran todo de la Naturaleza, una parte que no puede ser concebida por si misma, sino que solo se comprende en relación con el resto de la realidad, debemos asumirnos como pasivos. No dictamos nuestras determinaciones a la naturaleza, sino que padecemos las que nos impone y a partir de las cuales estamos configurados.
La actividad o la libertad no son un mágico impulso que opera sin causas previas, sino el que obra a partir de una causalidad intrínseca: es acción y no pasión, autonomía y no doblegamiento a la imposición ajena, lo que hacemos sólo puede comprenderse a través de las determinaciones de nuestra naturaleza.
La filosofía de Spinoza, elaborada en pleno XVII, el de las "Guerras de Religión", y publicada por expreso deseo del mismo, solo despues de su muerte, supone una cosmovisión humanista, que rechaza toda implicación metafísica ociosa que venga a perturbar la tranquilidad de ánimo. Y por ello, muchos han visto en ella uno de los grandes bálsamos del alma humana.
Cada uno de nosotros existimos, sin ningún propósito distinto a la simple inmanencia de nuestro ser y en ello coincidimos con Dios o la Naturaleza, de cuya sustancia única formamos parte. Todos los ¿ porqué? referidos a las opciones de nuestro comportamiento desembocan en la misma respuesta: a fin de ser del modo más pleno y fuerte posible, colmando ese deseo, que " no tenemos" sino que "nos tiene constitutivamente".
Para la pregunta ¿ por qué queremos ser?, no hay respuesta racional, porque no se trata de una verdadera pregunta, sino de la ilusión imaginativa que pretende apoyar la realidad como tal en otra realidad aún más real y así indefinidamente. " Lo único cierto es que nadie se esfuerza en conservar su ser a causa de otra cosa".
Tras las sobria y aún seca apariencia de su expresión filosófica, un arduo tratado matematico: "Ética demostrada según el orden geométrico"; hay en Spinoza un inmenso vigor vivificante que se preocupa si cesar por la mejor posibilidad humana. El núcleo de su mensaje es el esfuerzo por experimentar alegría.
“Lo que el hombre busca es el contento consigo mismo”, escribió. Lo que esta dentro de nosotros es el deseo, el apetito permanente e invariable de vivir, de estar ahí, de ser lo que somos. El mal y el bien los vicios y las virtudes, todo proviene de un mismo impulso que nadie, mientras vive, deja de sentir con plena urgencia. El odio y el remordimiento y la culpa son los enemigos capitales del genero humano, con ellos, nosotros mismos nos estorbamos nuestro destino, que es la plenitud; pero también tales enemigos provienen del amor que nos profesamos, del deseo de ser y de la búsqueda de nuestro bienestar.
La libertad o por decir mejor, la liberación consiste en transformar la conciencia de nuestro deseo, en el "saber" de lo que auténticamente deseamos. El deseo de ser no es libre, no depende de nuestro albedrío, pero puede llegar a serlo, sobreponiéndose por la fuerza de la razón a las fantasías que lo subyugan a influencias externas modificables, transformándose así en sabiduría. Este es el mensaje central del pensamiento de Espinosa, a esta “sabiduría” la denomina al final de su ética “amor intelectual de Dios”, pero podríamos sencillamente llamarla filosofía.

Lograr el contento - en la actividad y en el reposo- implica una gestión adecuada del deseo evitando el desasosiego, la impaciencia y la frustración. Nadie puede ser sustituido por otro, en su esfuerzo, ni en su compromiso reflexivo con la propia vida. Es por eso, que la meta principal de la sabiduría no es el conocimiento desinteresado y neutralmente objetivo del mundo, sino la liberación subjetiva del hombre. Es decir, que toda sabiduría es esencialmente una ética.

Arpeggiata, ciaccona y otras. Giovanni Girolano kapsberger. Daniel Zapico:Tiorba

jueves, 8 de enero de 2009

Montse y el concepto de sustancia de Spinoza.


La nieve cubre las calles; esta segunda semana de enero es una de las mas frías que recuerdo. Tengo el cuerpo destemplado desde por la mañana y no me apetece salir y para colmo anuncian que queda otra larga semana de lluvia y nieve por delante.
La única novedad ha sido la aparición a primera hora de la tarde de Montse que se había ido a pasar la navidad con su única hermana a un pueblo de Ronda.Cuando aparece Montse por mi casa, es como si entrara un torbellino, tales son las ganas de vivir de esta eterna adolescente.Es una rubia pequeñita, de tez muy blanca y grandes ojos azules, a su cara regordeta, le cuadran admirablemente las coletas y de hecho aunque ya es treintañaera suele llevarlas todavía con mucho desenfado.
Montse tampoco es de aquí, vino a vivir sola a un pisito de alquiler y empezó a estudiar Derecho. Yo la conocí por entonces, iba ataviada con una trenca y una palestina y repartía el periódico gratuito de la Liga Comunista Revolucionaria, o algo así. Siempre ha sido amante de las causas perdidas. Cuando conoció a Ramón, y todavía no sé bien porqué, cambio su carrera por la de biológicas y su causa política, se transformo en una especie de amor místico por la preservación del entorno natural. Pero por ahora, dejemos a Montse...
El caso es, que nada más llegar, ya tenía organizada para esa tarde, una nueva reunión en casa de Jorge nuestro "viejo profesor". Pretendía tratar "en serio" el asunto del Caballero Inexistente. En serio quería decir para Montse: desde el punto de vista teórico; pues al contrario que a Ramón, le encantaban las conversaciones especulativas.
No había parado de nevar en toda la tarde, por suerte nada más llegar, Jorge nos tenía preparado una buena y taza de te verde, aderezada con manzana, miel y canela, que tomamos al lado de la chimenea.
Nos sentamos, los tres muy juntitos en el esplendido sofá de piel del salón y cuando se hizo el silencio, dijo Jorge:
- El otro día Ramón creyó que el Caballero Sin Huellas, pudiera ser un íncubo. Y tomando un libro de un anaquel, leyó lo siguiente: "Incubo: del latín, el termino significa " me acuesto sobre ti" en la mitología popular es un demonio encarnado en un cuerpo masculino que busca dejar embarazada a las mujeres y obtiene su energía vital absorbiendo la de su pareja, al tiempo de realizar el acto sexual.
No parece que concuerde esto con lo que conocemos sobre el caballero, dije. (Ya comenzaba a preocuparme, el derrotero burlesco que iba tomando la cosa).
- ¿Y qué sabemos? preguntó Jorge.
-¡Sabemos que estamos en presencia de un enfermo!.
-¡Eso, no lo sabemos seguro!, dijo Ramón.
-Veamos que nos ha contado de si mismo el caballero inexistente, dijo Jorge.
Ante Carlomagno respondió que "no existía", porque no tenia cuerpo y que actuaba solo gracias a su fuerza de voluntad y a la fe. Tenemos pues un caballero,cuyo espíritu data de 1200 años y sin cuerpo, no un demonio encarnado en un cuerpo. Un caballero poeta que tiene voluntad y fe en una causa justa. Tambien tenemos unos versos amorosos- bastante buenos- dedicados a María, a quien toma por su dama y con quien quiere, digámoslo de este modo: "fusionarse".
El hermoso rostro de María enrojeció en ese momento como una manzana sanjuanera y el viejo profesor, se sorprendió paladeando como un halago el efecto de sus palabras.
- Bien para concluir, siguió diciendo: ¿ Cuál es el motivo por el que ha desaparecido?. Según la nota que María nos ha leído, para dar cumplimiento a su destino. Cuál sea éste, no lo revela la nota; pero sí, que este destino esta reñido con permanecer en un cuerpo, al lado de una mujer, amarla, tener una familia y .... ¿ morir?.

Pero ¿ cómo se puede creer cuerdamente en que uno no va a morir?. Preguntó Montse.

La pregunta quedó en el aire y en el silencio de la noche, mientras Jorge se levantaba a por uno de su libros gemelos en el que leyó:
"A mi la preocupación de que con la muerte pueda acabar todo, se me aparece como si alguien en el sueño opinase que hay meramente sueños pero no un soñante. La vida es un sueño y la muerte es el despertar. Solo la persona, el individuo, forma parte del sueño, pero no forma parte de la consciencia despierta del soñante. El dormir es mucho más parecido a la muerte de lo que se piensa. Para el presente, el dormir profundo no es en absoluto distinto de la muerte; sólo lo es para el futuro, es decir para el despertar... la muerte es el dormir en que se olvida la individualidad, todo lo demás vuelve a despertar, más bien a permanecer despierto. Desde el punto de vista del pasado, igual da haber vivido una cosa que haberla soñado".

Dicho de manera más directa, el caballero invisible, de milenaria existencia piensa que en la vida, las partes, (las galaxias, las estrellas, los individuos, las células, los átomos, las partículas elementales....), no son autosuficientes, solamente lo es el todo. Lo que ocurre, es que de ese todo, que es consciente de si mismo, sólo unos pocos atributos son accesibles al entendimiento humano, y a estos atributos llamamos "lo real".

Cuando Jorge terminó de leer, había anochecido, tras los cristales, una niebla espectral cubría la huerta. La nieve habia dejado de caer pero las tapias de las huertas más cercanas estaban medio tapadas. Así que aunque en casa de Jorge sólo había una gran cama de matrimonio para invitados, ninguno de los tres quiso irse a su casa, a dormir y decidieron compartirla como buenos amigos.

martes, 6 de enero de 2009

María y su análisis psicólogico del caballero.



Ni la calidad intelectual de su discurso, ni la hermosura y perfección de los versos que le dedicó y que llamo "Fusiones", eran compatibles desde el punto de vista del análisis psicológico con un cuadro de rasgos psicóticos. Para María por muchas vueltas que le daba El caballero "enlatado", no era un verdadero psicótico. Su pensamiento no era desorganizado, ni presentaba ninguna laxitud asociativa, todo lo contrario, la coherencia lógica de sus razonamientos era impecable y la fuerza de sus asociaciones de ideas, hacían verdaderamente atractivo - al menos para ella- su discurso.
Ciertamente padecía un delirio indiscutible, creerse un caballero andante destinado a hacer el bien y enfundarse en una armadura medieval, así se podría catalogar desde un punto de vista psquiátrico. Un cuadro con delirio impositivo de tipo idealista o místico. Hacia menos de una semana que lo habia conocido y sin embargo María recordaba punto por punto, toda la larga conversación hasta su coche. Pudo comprobar, que el sujeto no era vanidoso, ni ególatra, ni desconfiado, ni tenía manía persecutoria, ni poseía una baja autoestima. Tampoco parecía sufrir ningún tipo de alucinación perceptiva.
El delirio se sustentaba en unos fundamentos lógicos adecuados, de hecho respondió a todas su preguntas con extraordinaria coherencia, excepto en lo que a la orientación temporal se refiere. Siempre mantuvo que su nombre era Agilulfo y que su origen- no hablaba de nacimiento- sino "de aparición", fue en el Siglo IX. Consecuentemente con su edad de más de 1200 años, no podia tener un cuerpo, ningún cuerpo puede aguantar ese tiempo sin corromperse, y por tanto argumentaba que no tenía objeto mostrar lo que no existe. ¡Jamás consintió en levantarse la visera!.

Este es el cuadro diagnóstico que María, investida de su mas alta autoridad, es decir, en su papel de "profesional del alma humana", había trazado de su paciente desaparecido, en uno de su cuadernos. Y ahora exponía con vehemencia a su compañera de consulta, su amiga la Dra. Carlota. Carlota había aparecido por la tarde por su casa para acudir con ella a su diaria cita con el gimnasio. Era algo chismosa y como compartía con María, esa especie de curiosidad erótica por lo extravagante que sienten muchas mujeres, la escuchaba con total interés.

-La próxima vez que le vea, - decía María- no me voy, sin averiguar el carácter finalista o no, del delirio. Es decir, ¿ Es importante para él ser siempre caballero andante o a su entender su naturaleza inexistente, le permite actuar en otro rol, con tal de que no se le pueda ver el cuerpo?. Y segundo: ¿Este tipo de delirio es corregible?. Se podría curar, si se trata de un simple trastorno, de una psicopatía por inadaptación social.

Y en este caso, vista la mirada de María y pasión que ponía en el asunto, pensó Carlota: ¡Muy probablemente María estaría dispuesta a emplearse a fondo para remediarlo!.


Deseo. Jorge Drexler.


Contemplación

"Mientras la buena sociedad considera que la vida contemplativa y la falta de iniciativa laboral son una grave lacra social, la cultura más refinada piensa que es la ocupación más digna del hombre." Oscar Wilde.


Decía Aristóteles, que el hombre tiene un privilegio entre los demás seres que constituyen el universo, el de poseer una chispa de pensamiento, con la que participa de la inteligencia divina. Y que por tanto la finalidad del hombre en el mundo es clara: realizar lo que constituye su naturaleza específica, lo que lo distingue de los demás seres, es decir pensar. El acto humano por excelencia es pensar. El hombre no pensará con la plenitud y la pureza con la que Dios piensa, pero la actividad más virtuosa a la que puede dedicar su vida es la intelectiva.

El caballero platónico.

" Durante toda mi vida tuve conciencia de épocas y lugares en donde jamás viviera; he advertido otras personalidades, diferentes de lo normal, que latían emboscadas en mi yo".



Quizá tú también, que vas a ser mi lector, recuerdes experiencias semejantes. Lee retrospectivamente, hacia la infancia en el libro de tus memorias, y recordarás acaso, como experiencia de tú niñez, esta vislumbre de conciencia de la que te hablo. Vagas visiones de otras épocas y lugares que atisbaron tus ojos de niño. ¿Hoy te parecen sueños?.
Cuando niño soñabas que caías de grandes alturas o que flotabas en el aire como alada presencia, te atormentaban sueños de arácnidos y monstruos, oías voces y contemplabas rostros y personajes que se hacían familiares a fuerza de presenciarlos en tus insomnios y pesadillas. Admirabas auroras y crepúsculos de épocas remotas que jamas percibieron tus ojos de carne.
¿De dónde provienen esos recuerdos, acaso de otras vidas, de otra existencia?. Apenas nacemos los muros de carne de nuestro cuerpo se levantan para interponer en nuestra mente el velo del olvido.Sin embargo, en nuestra primera infancia logran romper la muralla de carne ciega algunos destellos de recuerdos furtivos.*
* El pasaje esta adaptado de un curioso y conocido libro de Jack London, titulado: "El Peregino de las estrellas" o "El vagabundo de las Estrellas".

Agilulfo, participaba de la teoría del conocimiento de Platón: creía en el origen innato de las ideas, y en la explicacion dada en el hermoso Mito de la Caverna. ¿Y si los humanos vivieran en el seno de una caverna?. ¿ Y si presos en la cárcel corporal de sus deseos y de sus necesidades físicas, fueran incapaces de percibir el mundo de la realidad?.
¡Tal vez, por eso siempre tildaban de loco y apartaban a un lado, al que venía a alterar su querida costumbre, su "vida cotidiana": Una ficción de sombras desvaidas, hecha con los reflejos de una hoguera en la oscuridad de la cueva!
Ahora que había salido de la armadura, una envoltura, también provisonal como la del cuerpo -pero no una cárcel, ya que no sólo se podía abandonar, sino también regresar a ella de nuevo, a voluntad- Agilulfo se sentía mucho más ligero. ¡Tan ligero como el puro pensamiento, en que ahora consistía!. En estado de completa invisibilidad, nuestro Caballero Inexistente ya no podía actuar, sino tan sólo contemplar. No podía hacer explicíta su presencia, ni intervenir en los acontecimientos humanos de ningún modo.
En cambio como se verá mas adelante en esta historia, esta contemplación, ya no vendrá sujeta al espacio y el tiempo, según las limitaciones que estas "formas apriorísticas de la sensibilidad", (como las llamó el Gran Filisofo de la Modernidad) suponen. Sino que su contemplación por decirlo en pocas y bastante pedantes palabras, será: "sub especie aeternitatis".

Bel Riposo. A. Vivaldi. Philippe Jarousky- C. Spinosi.

lunes, 5 de enero de 2009

Un cuento titulado: Agilulfo



Ramón rompiendo la promesa que me había hecho, contó en casa Jorge, todo lo que sabía del caballero de la armadura y expresó su perplejidad, y su temor sobre la naturaleza del invisible del caballero. Según él podría tratarse de un íncubo capaz de ocasionarnos mucho mal.
Yo me apresuré a desmentirlo, pues para mi seguía siendo un pobre orate, de carácter amable y enamoradizo y no había perdido la esperanza de volverlo a encontrar.

Jorge, empedernido bibliófilo y solterón al fin y al cabo, prefirió orientar la conversación por el aspecto metafísico. Era un gran aficionado a la filosofía y el problema del mal era uno de sus temas preferidos. Tomó de uno de los libros gemelos de un estante de su biblioteca y leyó el siguiente cuento titulado :




AGILULFO.

- ¿ Dónde se ocultará un grano de arena?.
- En las dunas del desierto.
- ¿ Dónde se ocultará un clavo?
- En la caja de los clavos.
- Y un alma. ¿Dónde se ocultará un alma?.
- ¡ (...) !.

Hay objetos que como la luna ejercen una rara influencia sobre nosotros, tienen el poder de fascinar nuestra imaginación y a veces lo ejercen de manera turbadora sobre nuestro ánimo. Esta fue la sensación que tuve, cuando a los diez años, contemplé por primera y única vez cierta armadura.
Fue con ocasión de una visita escolar al Alcázar de Segovia; me quedé tan impresionado ante las imponentes armaduras medievales que allí se exhiben, que perdí la noción del tiempo. Me detenía ante cada uno de aquellos guerreros acorazados, tratando de espiar por las aberturas del yelmo cualquier indicio de la presencia de alguien en el interior. No concebía que aquellas figuras alzadas sobre sus pedestales, que un momento antes parecían vigilarme desde el otro extremo del pasillo, estuvieran ahora completamente vacías. Al llegar a la última armadura, junto a la puerta, caí en la cuenta de que estaba solo. Me había quedado rezagado y en el largo corredor en penumbra hacía un rato que no se oían las voces de mis compañeros.
Frente a mi había una armadura de acero tan bruñido e impoluto que parecía blanca, solo una delgada lista negra la recorría por los bordes. No tenía ni una sola abolladura y parecía relucir con luz propia. El yelmo lo coronaba un penacho de plumas rojas iridescentes. Sentí algo extraño ante aquella armadura; ¿cómo era posible que aquella antigua coraza permaneciese a lo largo de los siglos sin un solo rasguño?. ¿En cuantos encuentros violentos habría intervenido?.
Acaso bastaba enfundarse en ella para poder actuar a capricho, sin temor a ser reconocido y mucho menos inquietado. Había algo maligno en aquella reluciente armadura, en algún lado había leído que la invisibilidad y la impunidad son dos de las sensaciones que inclinan al alma humana hacia el mal.
Como si hubiera adivinado mis pensamientos, de repente el penacho de plumas rojas se puso a cimbrear levemente de uno a otro lado. Me recorrió un escalofrío, en la habitación no había corrientes de aire, ninguno de los penachos de las otras armaduras se movía. ¡No era posible!; tratando de desengañarme me acerqué a la puerta, con la esperanza de notar algún soplo de aire que entrara por las rendijas y justo en ese momento la puerta se abrió.
Por encima de mi cabeza asomó un hombre de unos cincuenta años, el pelo cano y la nariz aguileña. Su mirada inquisitiva no era la de un conserje, sin embargo llevaba un manojo de llaves en la mano y dijo con acento italiano: “Vamos muchacho. Hace rato que tus compañeros están en el autobús. Es hora de cerrar”.
Ya salíamos, cuando le sorprendí una mirada furtiva a la armadura; se me ocurrió mirarla: ¡Puedo jurar por lo más sagrado, que vi como aquella armadura volvía su yelmo hacia nosotros!. Eché a correr escaleras a bajo y no paré hasta llegar al autobús.

Esa noche tuve un sueño que luego se repetiría muchas veces. La armadura blanca cobraba vida y despertaba a otras. Bajaban de sus pedestales y ejecutaban un ritual; una especie de parada militar semejante a una danza. Luego la armadura reluciente salía de la oscuridad, venía hacia mí y trataba de hablarme. Ese era el momento en que despertaba lleno de angustia.


Durante las vacaciones de verano volví a visitar el Alcázar; la armadura ya no estaba allí, el guía aseguraba que nunca se había expuesto en el museo una coraza como la que yo le describía. Ninguno de los conserjes conocía a un compañero de buena presencia, unos cincuenta años, el pelo cano y con acento italiano. Me alegré de no haber contado a nadie lo que había presenciado.

Pasaron varios años y la armadura ya solo aparecía de forma ocasional en mis sueños. El cine y las novelas ofrecían una imagen idealizada de los altruistas caballeros medievales que portaban armaduras. Nada había de malo en las famosas hazañas de los paladines de Camelot, en los torneos del amor cortés, o en el sacrificio de los cruzados. En clase de historia, sin embargo, teníamos un profesor de aquellos que por entonces llevaban barba y el jersey sin camisa, que nos daba una versión menos hermosa. Nos decía que la Edad Media había sido un tiempo difícil de inseguridad y de miedo para la mayoría. Y la caballería la institución militar que más contribuyó al imperio de la nobleza por medio de la violencia.

Quizá porque esta visión coincidía más con lo que sentí al contemplar la armadura, quizá por poder desembarazarme algo del asunto, me decidí a revelar mi secreto al profesor. Tuve no obstante, la precaución de no separar claramente lo que correspondía al sueño de lo que correspondía a la realidad. El hombre me escuchó con paciencia y hasta con atención; por eso me extrañó que al terminar se limitara a preguntarme si había leído a un célebre escritor italiano llamado Italo Calvino. “Dicho relato lo protagoniza una armadura igual que la que me has descrito” Dijo.
Pareció algo sorprendido cuando le dije que no lo había leído. Sin embargo, bastó que le pidiera el libro prestado, para dejarlo completamente tranquilo al respecto. “Era mayor y tendía a alejar de su mente las cuestiones complicadas”.

Un primer vistazo al libro confirmó mi sospecha, la fotografía del autor en la solapa, se correspondía con la del señor que me encontré en el Alcázar. Era un relato fantástico titulado “El caballero inexistente”. El protagonista, un caballero llamado Agilulfo, carece de cuerpo; y pese a su inconsistencia material, por la sola fuerza de su fe y de su voluntad, puede, no sólo hablar, sino ejecutar con pulcra exactitud todas las difíciles tareas que conlleva el ejercicio de la caballería medieval. Para ello, se sirve de una armadura idéntica a la que me encontré en el Alcázar.
El autor inventa un contexto histórico apócrifo, hace comparecer a los sarracenos, ante los muros de París, bautiza a los paladines que intervienen en la parada militar ante Carlomagno, con apelativos humorísticos sacados de las novelas de caballerías, tratando de dotar al relato del aire irreal de una parodia. Ya en el prólogo eleva al protagonista inexistente a la categoría de un símbolo: el de la búsqueda del propio ser en una sociedad deshumanizada como la contemporánea. En fin, pese a que no hace falta mucho esfuerzo para evidenciar algo tan obvio como el carácter irreal de la armadura, el autor no pierde oportunidad para resaltar su carácter ficticio. Por fin, tras una serie de vicisitudes, termina el cuento con la desaparición de Agilulfo que lega la armadura a un compañero de carne y hueso.


Terminé de leer el libro y me pareció comprensible esta actitud. ¿Cómo convencer a nadie de la existencia de una armadura encantada; cómo proclamar la realidad de un hecho tan absurdo, de un hecho que debiera ser imposible y no lo es?. ¿A caso, yo mismo, podía ir contando por ahí lo que presencié con mis propios ojos cuando tenía diez años, sin que me interlocutor me tuviera por un loco rematado?.
Precisamente esta era la insalvable muralla que me había condenado al silencio durante todos estos años. ¿ Qué hacia el escritor aquella tarde en el Alcázar? ¿ Qué tipo de relación se había visto obligado a llevar con la armadura?. ¿Por qué trataba de ocultarla a los demás?. ¿ A caso no se contentó con matar “literariamente” al caballero inexistente?. Todas estas inquietantes preguntas acuciaron mis días y mis noches en la más absoluta soledad.
Apenas hace unos años que murió el ilustre escritor italiano y desde entonces hasta hoy mismo, yo había dado por supuesto que nunca se conocerían estas respuestas. Sin embargo, esta misma mañana, en medio de la sequía de noticias del mes de agosto, acabo de leer la siguiente información en un diario:
“El profesor Arthur Longman de la Universidad de Lovaina, que lleva años trabajando en el catálogo de las armaduras medievales, ha hecho público el hallazgo de una antigua armadura datada en los comienzos del siglo IX. El hallazgo es excepcional, pues la armadura se encuentra completa y en perfecto estado de conservación, lo que resulta un hecho muy inusual. La armadura ha sido hallada en la ciudad de Gante en el castillo de los Condes de Alsacia, ha aparecido dentro de un sarcófago de época muy posterior, bajo una pesada losa sepulcral sin inscripciones. El Sr. Longman cree que puede tratarse de parte del bagaje que en 1188 trajo el Conde Felipe de Alsacia al regreso de la Cruzada. Se trata de un armadura de un acero tan bruñido que parece blanca, con una delgada lista negra que la recorre por los bordes y un yelmo con penacho que aún conserva las plumas. Sin embargo, lo verdaderamente sorprendente de esta armadura, no es sólo que haya permanecido impoluta a lo largo de los siglos, sino la extraña técnica seguida para su fabricación. Una técnica aún desconocida para nosotros, pues la armadura es de una sola pieza, es decir, no puede abrirse. El ilustre medievalista, se niega a admitir por absurda la conclusión de que ningún cuerpo humano haya entrado en ella jamás y prefiere pensar, que aún no se ha encontrado el modo de abrirla”.


At the end of the evening. Nighnoise.

Jorge, "el fustigador del copyright"



"Desde el punto de vista del pasado igual da haber vivido una cosa, que haberla soñado... o que haberla leído".


El autor de la frase, se llama Jorge y fue nuestro profesor de literatura del Instituto . Es soltero de unos sesenta años, mediana estatura y cuerpo menudo. Tiene el pelo fino y completamente blanco, lo que contrasta con la piel de su cara que es tostada, casi roja. Dos amplias arrugas le atraviesan la frente y cuando lee o se concentra, transfiguran su rostro, dándole la expresión de un busto parlante. Cada cierto tiempo, suele invitarnos a a su casa a merendar a Ramón, a Montse y a mi . Se tratade una casa de campo con huerto en las afueras; le gusta saber como nos va.

Todo en Jorge es sorprendente, su estilo de vida, sus gustos y aficiones, su huerta, pero sobre todo lo mas sorprendente es su biblioteca. Es una biblioteca selecta de unos 2500 volumenes de libros todos iguales, tienen el mismo tamaño, solo difieren en el grosor. Están encuadernados en cuero, en ese tono rosa anaranjado, con el que suele colorearse la piel humana en los dibujos infantiles. Ni en las tapas, ni en el lomo aparece el título o el nombre del autor, tampoco en el excelente papel nacarado de las primeras hojas. La impresión en letra antigua es buena, pero no figura el lugar, la fecha o el nombre del editor. Lo único que puede distinguirse en el lomo de estos libros, bien visible en tinta roja es un número, y en la primera hoja aparece anotada otra cifra, que en algunos volúmenes va acompañada de palabras o incluso frases entrecomilladas.

Una frase de su admirado Jorge Luis Borges preside en lugar destacado su biblioteca: “Un libro es una cosa entre las cosas que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza”.
Creedme nos dijo, quien ha sentido alguna vez esa emoción indescifrable: la belleza poética, si es valiente, lo dejará todo y partirá en su busca. La belleza poética es el encuentro del lector con el libro, el descubrimiento del libro. No importa quien escribió el libro, por qué o para qué lo escribió. El lenguaje escrito, es propiedad común de los lectores. Lo que importa es esta relación del lector con el libro, una relación que nunca es la misma, siempre se renueva. El libro cambia incesantemente, aún para un mismo lector, cada lectura, cada relectura, cada recuerdo de esa relectura renuevan el texto. El texto y nosotros mismos somos el cambiante río de Heráclito. Nuestras cosas, nuestros hechos, son tan provisionales... un libro contiene tantas cosas... Y sin embargo, en ese preciso instante de la lectura en que surge la poesía nosotros nos reconocemos en ese libro. ¡Ese libro somos nosotros, nosotros somos ese libro!.

¿Gracias, Fabio Biondi!.