domingo, 13 de septiembre de 2009

Un espíritu tutelar. Capítulo 3º: El monasterio.

A lo lejos, sobre una enorme peña, cortada a pico por tres de sus lados, y situada sobre un profundo desfiladero se divisaba la abadía. La imponente mole defensiva era del mismo color que la roca y en la lejanía, sus muros apenas se distinguían de las paredes de la peña que le servía de albergue.
- Desde aquí parece invisible, dije.
- Esa peculiaridad, dijo fray Alberto, es lo que más ha contribuido al aislamiento de este antiguo cenobio benedictino del Siglo IX. En épocas de conmociones y peligros la población de esta comarca siempre encontró refugio seguro, entre sus inexpugnables muros.

En presencia de la abadía fray Alberto parecía haber recuperado la locuacidad, continuó:
- El monasterio se ha mantenido siempre al margen de las vicisitudes sufridas por la orden de San Benito y por la propia Iglesia. Nunca se ha negado la acogida a nadie, ni a los enviados del Papa, ni a los del Emperador. Tampoco a quien buscaba aislamiento o protección siempre que estuviera dispuesto a contribuir al trabajo productivo. Jamás importó la regla o la obediencia que profesara. Durante cuatrocientos años el monasterio funcionó como una unidad autónoma, de economía cerrada. Los monjes vivieron, rezaron y trabajaron en sus cobertizos y huertos ajenos a cualquier contacto con la vida exterior. Sin embargo, los viajeros que se aventuraban por esta montañosa región podían guarecerse de las copiosas nevadas y de los ladrones de camino y los enfermos eran atendidos con caridad. La abadía alcanzó fama de albergar algunos de los hombres con conocimientos sanitarios más avanzados de la época y su biblioteca, fruto de la labor de copia y traducción de generaciones de monjes, fue reputada como la mejor en obras de medicina y de botánica, de cuantas existían en Europa.
Aquí se interrumpió fray Alberto y se quedó un tanto ensimismado, como meditando el alcance de su discurso.

Le pregunté por qué se refería al monasterio en pasado.
- Hace años que abandoné el lugar, y las cosas en la abadía han cambiado bastante desde entonces. Ahora, según tengo entendido –dijo sonriendo- parece que es gobernada por el mismo diablo. En la abadía han ocurrido hechos terroríficos y extraños, que las gentes de la comarca atribuyen a obra del maligno. ¿ Tú crees en estas cosas?.
- No, padre. Pero me gustaría saber, por qué se propalan estos rumores
- Siempre hubo una leyenda sobre la longevidad de los monjes de esta abadía; pero el rumor sobre la presencia del diablo, se extendió hace pocos años, cuando la peste se detuvo ante sus muros. Durante aquella época terrible, fueron muchos quienes acudieron al monasterio en busca de auxilio para sus males. Se produjeron algunas curaciones y se difundió la falsa noticia de que se había encontrado el remedio contra la enfermedad.
El año de tu nacimiento la plaga hacía estragos por todas partes. En Aviñón el contagio fue tan masivo, que las gentes huyeron de la corte papal. Perecieron dos tercios de la curia y la obsesión del Papa Clemente VI, llegó hasta el punto, de encerrarse durante meses en su cámara y hacerse rodear de grandes hogueras que ardían día y noche.
Llegó a Aviñón la noticia de que en un monasterio perdido de Los Alpes, se habían producido algunas curaciones; y el Papa dispuso de inmediato que partiera una legación en la que iban sus galenos y botánicos para averiguar que había de cierto. Igual proceder observó el Emperador. Y así a principios del verano siguiente, fray Guillermo de Guggisberg, el abad, se encontró en la tesitura de tener que albergar y atender simultáneamente a dos legaciones, que eran enemigas irreconciliables.

sábado, 12 de septiembre de 2009

El mundo como representación.

Para los demás, nuestra vida es una mera representación, que solo pueden comprender guiándose por nuestra actitud. En sus relaciones, cada cual se ve obligado a adoptar una actitud y una apariencia que lo identifiquen y lo puedan hacer comprensible a los demás. El resto de lo que nos sucede, existe directamente sólo para nuestra conciencia. Aunque precisamente, es de la calidad de esta conciencia - del éxito que tengamos en sacrificar nuestras más bajas pasiones a otras más elevadas- de lo que depende que nuestra representación sea elegante y resulte agradable a los demás.

martes, 8 de septiembre de 2009

Un espíritu tutelar. Capítulo 2º: El Viaje

Fray Alberto, se dejó crecer el pelo, se tiñó la barba de blanco. Al llegar a un monasterio se servía de mí como lazarillo, y haciéndose pasar por el hermano Agustín de Orvieto, acudía a presentar sus respetos al abad. Nunca pasamos más de una noche en un monasterio, y después de casi dos semanas de viaje, de repente dejamos de frecuentarlos. Nuestro rumbo, hasta entonces tan errante, se decantó al Nordeste. Y a primeros de noviembre comenzamos a ascender las empinadas sendas de Los Alpes. No era la mejor época para transitar por estos parajes; llegó el frío, un viento cortante nos helaba el rostro y las manos y cada mañana se hacía más penosa nuestra travesía.
Un día, fray Alberto, se cortó el pelo y se rasuró la barba, su rostro volvía a ser el mismo con el que se presentó. Dijo que debíamos aprovisionarnos, para las dos próximas jornadas, pues íbamos a internarnos en la región más despoblada de Los Alpes y el camino era especialmente abrupto. De madrugada comenzamos a trepar por una estrecha senda que atravesaba un bosque de abetos, entre enormes paredes de roca ascendimos a los glaciares. En lo alto del puerto el aire se hizo más denso y desde la inmensa mole del Schalf comenzó a soplar un viento tocado por la mano de la nieve. Un turbante de nubes negras cubría la cumbre amenazando tormenta. Todo se volvió oscuro, y tuvimos mucha suerte en encontrar unos pastores que se afanaban en recoger el ganado. Aquella buena gente, nada más vernos, nos ofreció su hospitalidad. Me sorprendió, el modo afectuoso, casi familiar como fray Alberto los saludó, dirigiéndoseles en alemán. Tuve la impresión de que los conocía, o al menos, de que no ignoraba la existencia de esta cabaña. Nos acomodaron un lecho y nos hicieron sitio en su mesa. Fuera estalló la tormenta, fuertes ráfagas de viento cargadas de agua nieve golpeaban la cabaña. Nos sirvieron un caldo caliente, un trozo de carne asada, queso y un vaso de cerveza. Entre ellos y fray Alberto se entabló una animada conversación junto al fuego. Yo me dispuse a dormir, acurrucado en el blando lecho de lana. Mientras escuchaba el pavoroso zumbido del viento helado entre las rocas, pensaba en el valor de la comida, del abrigo y de la compañía, “bienes absolutos”, que por desgracia sólo apreciamos en su justa medida, cuando verdaderamente los necesitamos. Antes de caer en un profundo sueño, di gracias a Dios por cuanto nos había brindado aquella tarde.
Cuando me desperté era de día, el viento había cesado y un manto blanco cubría el paisaje. La nieve no desanimó a fray Alberto, que se despidió muy afectuosamente de los pastores. Estaba muy locuaz y parecía de buen humor. Me contó que había crecido en estas montañas y que ahora llegaríamos a un valle muy profundo, acaso el más apartado y aislado de Los Alpes. Sus habitantes eran hospitalarios y todas sus tierras muy fértiles pertenecían a la abadía de Sölden. Nos dirigíamos a la abadía, en la que siendo casi un niño, fray Alberto había profesado como monje; pero de todo esto, dijo, debes guardar absoluto secreto.
Así por perdidas sendas de montaña, nos fuimos internando en un profundo valle glaciar. Encontramos algunas casas de pastores y en una aldea, unas mujeres de edad avanzada se le quedaron mirando como queriendo reconocerlo. Fray Alberto, callaba y no levantaba la mirada. Poco antes del medio día comenzamos a subir por una senda de piedra que afrontaba directamente una fortísima pendiente y avanzaba colgada de una inmensa pared de roca que parecía poner término al valle. El peligro de tropezar y caer al vacío era tan evidente, que decidimos desmontar de las mulas. Después de un buen rato, la senda viró en escuadra y por un camino pedregoso llegamos a un collado, que resultaba invisible desde donde veníamos.
- Mira hacia el Norte, ¿ Distingues algo?.
A lo lejos, sobre una enorme peña, cortada a pico por tres de sus lados, y situada sobre un profundo desfiladero se divisaba la abadía. La imponente mole defensiva era del mismo color que la roca y en la lejanía, sus muros apenas se distinguían de las paredes de la peña que le servía de albergue.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Prelaciones

La persona que escojas debería tener siete virtudes: salud, cordura y alegría. En segundo lugar: belleza, talento, cultura y un medio apropiado para ganarse la vida.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Un espíritu tutelar: Presentación

Capítulo Primero. Presentación.

Mi nombre es Fabián y nací en Orvieto el mismo año que la Gran Peste se extendió por toda Europa. Desde los puertos del Mediterráneo la enfermedad avanzó hacia el Norte y asoló campos y ciudades. En Italia mató casi a la mitad de la población. Atacó por igual a jóvenes y a viejos, a pobres y a ricos, exterminó algunas familias, y respetó a otras, que permanecieron libres del mal, sin que nadie pudiera ofrecer la menor explicación. Se cebó especialmente en los monasterios y las iglesias, quizá porque eran los clérigos quienes se ocupaban de atender los enfermos. Hay quien creía llegado el final de los tiempos y por toda Italia, “los lolardos” propalaban la creencia en un castigo divino por la iniquidad y el lujo de Clemente VI y su corte de Aviñón.
No conocí a mis padres y como tantos otros me crié en la inclusa de un monasterio. Mi niñez estuvo llena de privaciones y considero un milagro haber sobrevivido a tantas penalidades. Con sólo siete años trabajaba desde el amanecer, lo mismo auxiliaba a los frailes en el traslado de los cadáveres a las fosas, que ayudaba en el huerto, en la cuadra, o en la cocina del monasterio, cuando me iba a la cama, estaba completamente agotado. Aún así podía considerarme afortunado, pues nunca me faltó una comida caliente y no me rozó la enfermedad.
Pasaron los años, los rebrotes de la peste se hicieron cada vez más débiles y menos frecuentes. La enfermedad se fue retirando de nuestra comarca y terminó su cosecha de organismos para la muerte. Recuerdo que entonces llegaron a curarse algunos enfermos, y que los remedios del hermano Agustín, el herbolario, un viejecito algo sordo, al que comenzaban a fatigársele las piernas, alcanzaron gran reputación en la comarca. Aumentó tanto su trabajo que decidió tomar a algunos chicos de la inclusa para ayudarle. Me gustó mucho el nuevo trabajo, disfrutaba andando todo el día por el monte y me preciaba de traer siempre las hierbas que me pedía. Llegué a ser su auxiliar predilecto; a su pupilaje debo lo que he aprendido y a su amistad el inicio de mi relación con fray Alberto de Isembrant.
Esta es la historia de aquellas pocas semanas que pasé con fray Alberto, una historia breve e intensa que se entrelazó con la de mi propia vida encarrilándola para siempre.
Trato de utilizar ahora mis recuerdos de aquellos sucesos vertiginosos, y ponerlos por escrito como hitos en la ruta de regreso hacia un momento determinado en el tiempo: Aquella lluviosa tarde de otoño, en la que un monje alto y encapuchado entró, sin previo anuncio, en la trastienda de la botica. Retiró la capucha parda con la que se protegía, y tras aguardar una mirada de reconocimiento del viejo herbolario, se fundió con él en un afectuoso abrazo. Era el abrazo de un padre y un hijo tras una larga ausencia. Recuerdo muy bien aquella primera tarde de octubre, yo acababa de cumplir dieciséis años y no podía presentir hasta que punto fray Alberto se uniría a mi destino para siempre.
Fray Alberto era un franciscano de unos cuarenta años, alto y proporcionado, su mirada franca y sus modales campechanos invitaban a la confianza. Tenía el pelo escaso y una barba entrecana muy recortada. Ante extraños suavizaba sus ademanes, entonces aunque era cortés se mostraba parco en palabras, y esta disposición a escuchar antes que a hablar, disfrazaba una cautelosa actitud de reserva. El hermano Agustín me contó que de joven, enseñó medicina en París y entonces pasaba por ser una de las cabezas más privilegiadas de la orden de San Francisco. A raíz de un oscuro episodio, que terminó con la detención y muerte de su maestro, abandonó la cátedra y se retiró con apenas veinticinco años.

Una mañana, fray Alberto entró en mi habitación y me preguntó si era cierto que quería ser médico.
- Así es Padre, contesté, algo azorado por esta atención.
- Necesito un ayudante, dispuesto a acompañarme en un largo viaje hacia el Norte. Me pregunto si estarías dispuesto a venirte conmigo. Concluido el viaje podrías quedarte en la Universidad de París, donde tengo algún buen amigo que estaría encantado de acogerte como pupilo.
Mi alegría era tan grande que no acertaba a responder. Fray Alberto me tendió la mano y mirándome fijamente dijo:
-No quiero ocultarte que el propósito de mi viaje es cumplir una delicada misión. Acompañándome asumes un riesgo, la misión puede ser peligrosa, por eso la mantengo en secreto. De ti espero la mayor discreción y la más absoluta reserva.
Asentí con la cabeza, completamente fascinado por la aventura y el misterio, que se desprendían de sus palabras.
- Si estás decidido, ve y despídete de fray Agustín, recoge tus cosas y prepara las mulas en la cuadra. Mañana salimos al amanecer.Así fue como comencé el más fascinante de los viajes que he realizado. Un lento peregrinar por algunas de las más famosas abadías del Norte de Italia.

jueves, 3 de septiembre de 2009

¡Vanitas, vanitatis!

La sagacidad tiene algo de adivinación que halaga más nuestra vanidad que todas las demás cualidades del entendimiento. La prueba del nueve: Nos encanta adivinar lo que piensan los demás, pero que poquito nos gusta que hagan otro tanto con nosotros.

martes, 1 de septiembre de 2009

Esto es amor

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
aspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado mortal, difunto, vivo,
leal traidor, cobarde, animoso;

No hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugutivo,
satisfecho ofendido, receloso;
Huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;
Creer rque el cielo en un infierno cabe
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.
(Felix Lope de Vega)









¿Rogarla?, ¿ dedeñarla?, ¿huirme?
¿seguirla?, ¿defenderse?, ¿asirla? ¿ airarse?
¿querer y no querer? ¿ Dejar tocarse?
¿ y a pesuasiones mil mostrarse firme?.

¿Tenerla bien?, ¿probar a desasirme?
¿luchar entre sus brazos y enojarse?
¿besarle a su pesar y ella agraviarse?
¿probar y no poder, a despedirme?

¿Decidme agravios?, ¿reprenderme el gusto?
¿ Y el fin a baterías de mi prisa,
dejar el ceño?, ¿ no mostrar disgusto?

¿Consentir que le aparte la camisa?
¿hallarlo limpio y encajarlo justo?.
Esto es amor y lo demás risa.
(Francisco de Quevedo)