sábado, 4 de julio de 2009

Un cuento genial: Los desterrados de Poker -Flat

"Ni el enfermo pregunta si la mano que arregla su almohada es pura, ni al moribundo le importa si los labios que tocan su frente han conocido el beso del pecado" Oscar wilde


Este celebrado cuento de Francis Bret Harte, fue calificado, por Borges, de "joya de la narración épica"; es uno de mis cuentos preferidos.

Cuando Mr John Ohakhurst, jugador profesional, puso el pie en la calle Mayor de Poker-Flat, en la mañana del día 22 de noviembre de 1850, tuvo el presentimiento de que desde la noche anterior, se había efectuado un cambio en la atmósfera moral. Dos o tres hombres que conversaban entre si gravemente, callaron cuando se acercó, al tiempo que cambiaron miradas significativas. Reinaba en el aire una tranquilidad dominguera, y esto en un campamento poco acostumbrado a la influencia del domingo, parecía de mal agüero. Sin embargo, la cara tranquila y hermosa de Oakhurst no reveló el menor interés por estos síntomas. ¿Tenía conciencia acaso de alguna causa que lo determinaba? Esa ya era era otra cuestión.
—Deduzco que van tras de alguno—pensó;—tal vez tras de mí.
metió en su bolsillo el pañuelo con que había sacudido de sus botas el rojizo polvo de Poker-Flat, y con entera calma desechó de su mente toda conjetura.
Y es cierto que Poker-Flat andaba tras de alguno.Recientemente había sufrido la pérdida de algunos miles de pesos, de dos caballos de valor y de un ciudadano preeminente, y en la actualidad pasaba por una crisis de virtuosa reacción, tan ilegal y violenta como cualquiera de los actos que la provocaron. El comité secreto había resuelto liberar a la ciudad de todas las personas indeseables. esto se hizo de un modo irrevocable , respecto a dos hombres que colgaban ya de las ramas de un sicomoro, en la hondonada, y de un modo temporal con el destierro de otras varias personas poco gratas. Siento tener que decir que algunas de éstas eran señoras; pero en descargo del sexo, debo advertir que su inmoralidad era profesional y que sólo ante un vicio tal y tan patente se atrevía Poker-Flat a erigirse en juez.
Razón tenia Oakhurst al suponer que estaba él incluido en la sentencia. Algunos miembros del comité había insinuado la idea de ahorcarlo, como medida ejemplar y procedimiento seguro de reembolsarse, a costa de su bolsillo, de las sumas que les había ganado.
—No es justo —decía Sim Wheeler— dejar que ese joven de Roaring Camp, extranjero por sus cuatro costados, se lleve nuestros ahorros.
Pero un imperfecto sentimiento de equidad, emanado de los que habían tenido la buena suerte de limpiar en el juego a Oakhurst , acalló las mezquinas preocupaciones locales.
Mr Oakhurts recibió el fallo con filosófica calma, tanto más meritorio por cuanto sospechaba de las vacilaciones de sus jueces. Era demasiado buen jugador para no someterse a la fatalidad. para él , la vida era un juego de azar y reconocía el tanto por ciento en favor del que daba las cartas.


Una piquete de hombres armados acompañó a la deportada maldad de Poker-Flat hasta las afueras del campamento. Además de Mr Oakhurst, reconocido como hombre decididamente resuelto, y para intimidar al cual se había tenido cuidado de armar el la escolta, formaban la partida de los expulsados una joven conocida familiarmente por "la Duquesa", otra mujer que se había ganado el título de "madre Shipton", y el tío Billy, sospechoso de robar filones y borracho empedernido. La cabalgata no motivó comentario alguno de los espectadores, ni la escolta dijo la menor palabra. Sólo cuando alcanzaron la hondonada que marcaba el último límite de Poker-Flat, el jefe habló brevemente en relación con el caso: quedaba prohibido el regreso a los expulsados bajo pena de muerte.

Después cuando ya se alejaba la escolta, los sentimientos reprimidos se manifestaron en algunas lágrimas histéricas por parte de la Duquesa, en injurias por la de la "madre Shipton" y en blasfemias que, como dardos envenenados, lanzaba el tío Billy. Tan sólo el filosófico Oakhurst permanecía silencioso. oyo con tranquilidad los deseos de la madre Shipton de sacar el corazón a alguien, las repetidas afirmaciones de la Duquesa de que se moriría en el camino, y también las alarmantes blasfemias que al tío Billy parecían arrancarle las sacudidas de su cabalgadura. Con la obligada galantería de los de su clase, insistió en trocar su propio caballo, llamado El Cinco, por la mala mula que montaba la Duquesa; pero ni aun esta acción despertó simpatía alguna entre los de la partida. La joven arregló sus ajadas plumas con cansada coquetería; la madre Shipton miró de reojo con malevolencia a la posesora de "El Cinco", y el tío Billy no perdonó a ninguno de la partida con sus diatribas.
El camino de Sandy-Bar, campamento que en razón de no haber experimentado aún la regeneradora influencia de Poker-Flat, parecía ofrecer algún aliciente a los emigrantes, atravesaba una escarpada cadena de montañas, y exigía a los viajeros una larga jornada. En aquella avanzada estación, la partida pronto salió de las regiones húmedas y templadas de las colinas, al aire seco, frío y vigoroso de las sierras. la senda era estrecha y dificultosa; hacia el mediodía, la Duquesa, dejándose caer de la silla de su caballo al suelo, manifestó su resolución de no continuar más allá y la partida hizo un alto.
El lugar era singularmente salvaje e imponente. Un anfiteatro poblado de bosques, cerrado en tres de sus lados por rocas cortadas a pico en el desnudo granito, se inclinaba suavemente sobre la cresta de otro precipicio que dominaba la llanura. Sin duda alguna, era el punto más a propósito para un campamento, si hubiera sido prudente el acampar. Pero Mr Oakhurst, sabía que apenas habían hecho la mitad del viaje a Sandy-Bar, y la partida no estaba equipada ni aprovisonada para detenerse. Recordó esta circunstancia a sus compañeros acompañándola de un comentario filosófico sobre la locura de tirar las cartas antes de acabar el juego. Pero estaban provistos de licores, que en esta contingencia suplieron la comida y todo lo que les faltaba. A pesar de su protesta, no tardaron en caer en mayor o menor grado bajo la influencia de la bebida.

La madre Shipton se echó a roncar; el tío Billy pasó rápidamente del estado belicoso al de estupor y la Duquesa quedó como aletargada. Sólo Mr Ohakhurst permaneció en pie, apoyado contra una roca, contemplándolos con tranquilidad. Mr. Oakhurst no bebía; esto hubiera perjudicado a una profesión que requiere cálculo, impasibilidad y sangre fría; en fin, para valernos de su propia frase, no «podía permitirse este lujo».
Mientras contemplaba sus compañeros de destierro ,el aislamiento nacido de su oficio, y de las costumbres de su vida y sobre sus mismos vicios, le oprimió profundamente por vez primera . Se apresuró a quitar el polvo de su traje negro, a lavarse las manos y cara y a practicar otros actos característicos de sus hábitos de extremada limpieza, y por un momento olvidó su situación. Ni por un instante se le ocurrió la idea de abandonar a sus compañeros, más débiles y dignos de lástima; pero, sin embargo, echaba de menos aquella excitación que, extraño es decirlo, era el la que determinaba la tranquila impasibilidad por la que era conocido. Contemplaba las tristes murallas que se elevaban a mil pies de altura, cortadas a pico, por encima de los pinos que lo rodeaban; el cielo cubierto de amenazadoras nubes, y más abajo el valle que se hundía ya en la sombra, cuando oyó de repente que lo llamaban por su propio nombre.

Un jinete ascendía poco a poco por la senda. No tardó mucho en reconocer en la franca y animada cara del recién venido reconoció a Tom Simson, llamado el Inocente de Sandy-Bar. Lo había encontrado hacía algunos meses en una partidita, donde con la mayor legalidad ganó al cándido joven toda su fortuna, que ascendía a unos cuarenta dólares. Después que hubo terminado la partida, Mr Oakhurst se retiró con el joven especulador detrás de la puerta, y allí le dijo la palabra

—Tom, eres un buen muchacho, pero no sabes jugar ni por valor de un centavo; no lo pruebes otra vez.
Le devolvió su dinero, lo empujó suavemente fuera de la sala de juego, y así hizo de Tom, un amigo incondicional.

El entusiasta saludo que Tom dirigió a Mr Oakhurst, recordaba esta acción. Según dijo, iba a tentar fortuna en Poker-Flat.
—¿Solo?
—Completamente solo, no: a decir verdad (aquí se rió), se había escapado con Piney Woodds. ¿No recordaba ya don Jorge a Piney Woods , la que servía la mesa en el Hotel de la Templanza? Hacía tiempo que tenía en relaciones con ella, pero el padre, Jake Woods, se opuso; de manera que se escaparon e iban a Poker-Flat a casarse, ¡y aquí estaban! ¡Qué fortuna la suya en encontrar un sitio donde acampar en tan grata compañía .


Mientras dijo todo esto El Inocente, Piney woods muchacha de quince años, rolliza y de buena presencia; salía de entre los pinos, donde se ocultaba ruborizándose y adelantó su caballo hasta ponerse al lado de su novio.
Poco solía preocuparse Mr Oakhurst de las cuestiones sentimentales y aún menos de las de conveniencia social, pero instintivamente comprendió las dificultades de la situación. Tuvo suficiente aplomo para largar un puntapié al tío Billy que ya iba a soltar una de las suyas, y el tío Billy estaba bastante sereno para reconocer en el puntapié de don Jorge un poder superior que no toleraría bromas. Después se esforzó en disuadir a Tom de que acampara allí; pero fue inútil. Le objetó que no tenían provisiones ni medios para establecer un campamento; pero, por desgracia, el Inocente desechó estas razones asegurando a la partida que iba provisto de un mulo cargado de víveres, y descubriendo además una tosca imitación de choza abierta al lado de la senda.
—Piney podrá ocuparla con Mrs Oakhurst—dijo el Inocente, señalando a la Duquesa.
—Yo ya me las compondré.
Pronunciadas estas palabras, le fue preciso a Mr Oakhurst toda su energía para impedir que estallase la risa del tío Billy, que aún así hubo de retirarse a la hondonada para recobrar la seriedad. Allí confió el chiste a los altos pinos, golpeándose repetidas veces los muslos con las manos, entre las muecas, contorsiones y blasfemias que le eran propias. A su regreso encontró a sus compañeros sentados en amistosa conversación alrededor del fuego, pues el aire había refrescado en extremo y el cielo se encapotaba. Piney estaba hablando animadamente con la Duquesa, que la escuchaba con un interés y una atención que desde hacía mucho tiempo no había mostrado.
El Inocente discurría con igual éxito junto a Mr Oakhurst y a la madre Shipton, que se mostraba amable.
—¿Acaso es esto una estúpida excursión al campo? —dijo el tío Billy para sus adentros con desprecio, contemplando el silvestre grupo, las oscilaciones de la llama y las caballerías atadas.
De pronto, una idea se mezcló con los vapores alcohólicos que enturbiaban su cabeza. La idea sería seguramente chistosa, pues se golpeó otra vez los muslos y se metió un puño en la boca para contener la risa.
poco a poco las sombras se deslizaron por la montaña arriba, una ligera brisa cimbreó las copas de los pinos y aulló a través de sus largas y tristes avenidas. La cabaña en ruinas, toscamente reparada y cubierta con ramas de pino, fue cedida a las señoras. Al separarse, los novios, cambiaron un beso tan puro y apasionado, que el eco pudo repetirlo por encima de los oscilantes pinos. La frágil Duquesa y la cínica madre Shipton estaban, probablemente, demasiado asombradas para burlarse de esta última prueba de candor, y se dirigieron sin decir palabra hacia la choza. Avivaron otra vez el fuego; los hombres se tendieron delante de la puerta, y pocos momentos después dormían todos.

Mr. Ohakhurst tenía el sueño ligero; antes de apuntar el día, despertó aterido de frío. Mientras removía con un tizón el moribundo fuego, el viento que soplaba entonces con fuerza, llevó a sus mejillas algo que le heló la sangre: la nieve. Se dirigió sobresaltado a los que dormían con intención de despertarlos, pues no había tiempo que perder; pero al volverse hacia donde debía estar tendido el tío Billy, vio que éste había desaparecido.
Cruzó rápidamente por su mente una idea desagradable, y una maldición salió de sus labios. Voló hacia donde habían atado a los mulos: ya no estaban allí.
Las sendas desaparecían rápidamente bajo la nieve .
Por un momentoMr Oakhurst quedó aterrado , pero pronto se volvió hacia el fuego, con su serenidad habitual. No despertó a los dormidos. El Inocente descansaba tranquilamente, con una apacible sonrisa en su rostro cubierto de pecas, y la virginal Piney dormía entre sus frágiles hermanas, como custodiada por guardianes celestes. Mr Oakhurst, echándose la manta sobre los hombros, se atusó el bigote y esperó la luz de la mañana.Vino ésta poco a poco, envuelta en neblina y en un torbellino de copos de nieve que cegaba y confundía. Lo poco que podía ver del paisaje parecía transformado como por encanto. Tendió la vista por el valle y resumió el presente y el porvenir en cuatro palabras: "Atrapados por la nieve".
El detenido examen de las provisiones, que, afortunadamente para la partida estaban almacenadas en la choza, por lo que escaparon a la rapacidad del tío Billy, les dio a conocer que, con cuidado y prudencia, podían sostenerse aún diez días más.
—Eso —dijo Mrs Oakhurst sotto voce al Inocente, —con tal que nos quiera usted tomar a pupilaje; si no (y tal vez hará usted mejor en ello), esperaremos que el tío Billy regrese con las nuevas provisones.
Por algún motivo desconocido Mr Oakhurst no dio a conocer la infamia del tío Billy, y expuso la hipótesis de que éste se había extraviado del campamento, cuando salio en busca de los animales que se habían escapado sin duda.
Echó una indirecta acerca de lo mismo a la Duquesa y a la madre Shipton, que, como es natural, comprendieron la defección de su asociado
—Dándoles el más pequeño indicio, descubrirán también la verdad respecto de todos nosotros —añadió con intención, —y no conviene asustarles por ahora.
Tom Simson no sólo puso a disposición de Mr Oakhurst todo lo que llevaba, sino que parecía disfrutar ante la perspectiva de una obligada reclusión.
—Habremos pasado una semana de campamento, después se derretirá la nieve, y partiremos cada cual por su lado.
El franco optimismo del joven y la serenidad de don Jorge, se comunicó a los demás. El Inocente, por medio de ramas de pino, improvisó un techo para la choza, que no lo tenía, y la Duquesa contribuyó al arreglo del interior con un gusto y tacto que hicieron abrir grandes ojos de asombro a la joven provinciana.
—Ya se conoce que está acostumbrada a casas hermosas en Poker-Flat —dijo piney.

La Duquesa dio media vuelta rápidamente, para ocultar el rubor que teñía sus mejillas, aun a través del colorido postizo de las de su profesión, y la madre Shipton rogó a Piney que no dijese aquellas cosas. Al regresar Mr Oakhurst de su penosa e inútil exploración en busca del camino, oyó el sonido de una alegre risa que el eco repitió varias veces. Algo alarmado, se paró pensando en el aguardiente que había escondido prudentemente.
—Esto no suena a aguardiente —dijo el jugador.
Pero hasta que a través del temporal vio la fogata y en torno de ella el grupo, no se convenció de que todo ello era una broma de buen género. Yo no sé si Mr Oakhurst había ocultado su baraja con el aguardiente como objeto prohibido a la comunidad, lo cierto es que, valiéndome de las propias palabras de la madre Shipton, «no se habló una sola vez de cartas» durante aquella noche. Menos mal que pudo matarse el tiempo con un acordeón que Tom Simson sacó solemnemente de su equipaje.
A pesar de algunas dificultades en el manejo de este instrumento, piney logró arrancarle una melodía recalcitrante, acompañándola el Inocente con unas castañuelas. Pero la pieza que coronó la velada fue un rudo himno de misa campestre que los novios, entrelazadas las manos, cantaron con gran entusiasmo y vehemencia. Creo que el tono de desafío, del coro y aire del Covenanter y no motivos religiosos que pudiera encerrar, fueron la causa de que acabaran todos por tomar parte en el estribillo:

Estoy orgulloso de servir al Señor,
y me obligo a morir en su ejército.

Los pinos crujían, la tempestad se desencadenaba sobre el miserable grupo y las llamas de la hoguera se lanzaban hacia el cielo como testimonio del voto.
A medianoche calmó la tempestad; los grandes nubarrones se corrieron y las estrellas brillaron centelleando sobre el dormido campamento. Mr Oakhurst, a quien sus costumbres profesionales permitían vivir, durmiendo lo menos posible, compartió la guardia con Tom Simson de modo tan desigual, que cumplió casi por sí solo esta obligación. Se disculpó con el Inocente, diciendo que muy a menudo se había pasado sin dormir una semana entera.
—¿Pero haciendo qué?—preguntó Tomás.
—El poker —contestó Mr Oakhurst, gravemente.
- Cuando un hombre llega a tener una suerte loca, antes se cansa la suerte que uno. No hay cosa más extraña que la suerte. Todo lo que se sabe de ella es que forzosamente debe cambiar. Y el descubrir cuándo va a cambiar, es lo que nos forma. Desde que salimos de Poker-Flat hemos dado con una vena de mala suerte. os reunís con nosotros y os pilla también de lleno. El que tiene ánimo para conservar los naipes hasta el fin, puede que se salve.


llegó el tercer día y el sol, a través de las blancas colgaduras del valle, vio a los desterrados repartirse las reducidas provisiones para el desayuno. Por una singularidad de aquel montañoso clima, los rayos del sol difundían benigno calor sobre el paisaje de invierno, como compadeciéndose de lo pasado; pero, al mismo tiempo, descubrían la nieve apilada en grandes montones alrededor de la cabaña. Un mar de blancura, sin confines, desconocido, sin senda,tendíase al pie del peñasco en que se acogían estos náufragos de nueva especie. y A través de un aire maravillosamente claro, se elevaba el humo de la rústica aldea de Poker-Flat ,a muchas millas de distancia. Lo observó la madre Shipton, y desde lo más alto de la torre de su fortaleza de granito lanzó hacia aquella una maldición. Fue su última blasfemia y tal vez por aquel motivo revestía cierto carácter sublime.
—Me siento mejor—dijo confidencialmente a la Duquesa. Prueba a salir allí y maldecirlos, y te convencerás.
Después se impuso la tarea de distraer a la criatura, como ella y la Duquesa tuvieron a bien llamar a Piney ; la novia del Inocente no era una polluela, pero las dos mujeres se explicaban de esta manera consoladora y original que no blasfemara y fuese honesta.
Otra vez vino la noche a cubrir el valle con sus sombras.

Las quejumbrosas notas del acordeón se elevaban y descendían junto a la vacilante fogata del campamento con prolongados gemidos y frecuentes intermitencias. Pero como la música no alcanzaba a llenar el penoso vacío que dejaba la insuficiencia de alimento, Piney propuso una nueva distracción: contar cuentos. No tenían ganas Mr Oakhurst ni sus compañeras de relatar las aventuras personales, y el plan hubiera fracasado también a no ser por el Inocente. Algunos meses antes había encontrado por casualidad un tomo desparejado de la ingeniosa traducción de la Ilíada, por Mr. Pope. propuso la tarea de relatar en el lenguaje corriente de Sandy-Bar, los principales incidentes de aquel poema, cuyo argumento dominaba, aunque con olvido de los versos. Aquella noche los semidioses de Homero volvieron a pisar la tierra. El pendenciero troyano y el astuto griego lucharon entre el viento, y los inmensos pinos del cañón y parecían inclinarse ante la cólera del hijo de Peleo. Mr Oakhurst escuchaba con apacible fruición; pero se interesó especialmente por la suerte de As-quiles, como el Inocente persistía en denominar a Aquiles, el de los pies ligeros.
De este modo, con poca comida, mucho Homero y el acordeón, transcurrió una semana sobrelas cabezas de los desterrados.Otra vez les abandonó el sol, y otra vez los copos de nieve de un cielo plomizo, cubrieron la tierra. dia tras dia les estrechó cada vez más el círculo de nieves, hasta que los muros deslumbrantes de blancura se levantaron a veinte pies por encima de la cabaña. El fuego fue cada vez más difícil de alimentar; los árboles caídos a su alcance, estaban sepultados ya por la nieve. Y no obstante, nadie se quejaba. Los novios, olvidando tan triste perspectiva, se miraban en los ojos uno de otro, y eran felices, y Mr Oakhurst se resignó tranquilamente al mal juego que se le presentaba ya como perdido. La Duquesa, más alegre que de costumbre, se dedicó a cuidar a piney; sólo la madre Shipton, antes la más fuerte de la caravana, parecía enfermar y acabarse poco a poco. A media noche del décimo día, llamó a Oakhurst a su lado :
—Me voy—dijo con voz de quejumbrosa debilidad- Pero no digais nada a los corderitos; tome el lío que está bajo mi cabeza y ábralo.
Oalhurst vio que contenían intactas las raciones recibidas por la madre Shipton durante los últimos ocho días.
—Delas a la criatura —dijo, señalando a la dormida Flora.
— ¡Se ha dejado morir de hambre! —dijo el jugador con sorpresa.
—Así se llama esto—repuso la mujer con voz apagada.
Se acostó de nuevo, y volviendo la cara hacia la pared, entró en una rápida agonía.
Aquel día enmudecieron el acordeón y las castañuelas, y se olvidó a Homero.
Al ser entregado el cuerpo de la madre Shipton a la nieve, Mr Oakhurst llamó aparte al Inocente y le mostró un par de zuecos para nieve, que había fabricado con los fragmentos de una vieja albarda.
—Hay todavía una probabilidad contra ciento de salvarla; pero es hacia allí —añadió señalando a Poker-Flat.
—Si puedes llegar en dos días, cantaremos victoria.
—¿Y usted?—preguntó Tomás.
—Yo me quedo—contestó secamente.
Los novios se despidieron con un largo abrazo.

-¿También se va usted?—preguntó la Duquesa cuando vio a Mr Oakhurst que parecía aguadar a Tom para acompañarle.
—Hasta el cañón —contestó.
Y, diciendo esto, besó a la Duquesa, dejando encendida su blanca cara y rígidos de asombro sus entumecidos nervios.
Volvió la noche pero no Mr Oakhurst. Trajo otra vez la tempestad y la nieve arremolinada. Avivando el expirante fuego, vio la Duquesa que alguien había apilado silenciosamente contra la choza, leña para algunos días más. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero las ocultó a Piney.
las mujeres durmieron poco aquella noche. Al amanecer, al contemplarse cara a cara comprendieron su común destino.No hablaron pero Piney, sintiéndose la más fuerte, se acercó a la Duquesa y la enlazó con su brazo, en cuya disposición se mantuvieron todo el resto de la jornada. La tempestad llegó aquella noche a su mayor furia, destrozó los pinos protectores e invadió la misma cabaña.
Hacia el amanecer no pudieron ya avivar el fuego, que se extinguió lentamente.
A medida que las cenizas se fueron apagando, la Duquesa se acurrucó junto a Piney, y por fin rompió aquel silencio que parecía eterno:
—piney; ¿puedes rezar aún?
—No, hermana... —respondió Piney dulcemente.
La Duquesa, sin saber por qué, se sintió aliviada, y apoyando su cabeza sobre el hombro de Piney no dijo más. Y así, reclinadas, prestando la más joven y pura su pecho como apoyo a su pecadora hermana, quedaron dormidas. El viento, como si temiera despertarlas, cesó. Copos de nieve, arrancados a las largas ramas de los pinos, volaron como pájaros de blancas alas y se posaron sobre ellas que ya dormian su sueño eterno. La luna a través de las desgarradas nubes contempló lo que hasta entonces habia sido un campamento humano. Toda impureza humana, todo rastro de dolor terreno habia desaparecido bajo el inmaculado manto tendido misericordiosamente desde lo alto.
Durmieron todo aquel día su apacible sueño, y al siguiente ya no despertaron, cuando voces y pasos humanos rompieron el silencio de aquella soledad. Y cuando una manos piadosa separó la nieve de sus marchitas caras, apenas podía decirse, por la paz igual que ambas traslucian cuál fuera la que se había pecado. La misma ley de Poker-Flat lo reconoció así y se retiró, dejándolas todavía enlazadas una en brazos de otra.
En la entrada de la garganta , sobre uno de los mayores pinos, se encontró un dos de bastos clavado en la corteza, con un cuchillo de monte. Contenía la siguiente inscripción, hecha con vigorosos trazos de lápiz:


AL PIE DE ESTE ÁRBOL YACE EL CUERPO DE
JOHN OAKHURST
QUE DIO CON UNA VENA DE MALA SUERTE
EL 23 DE NOVIEMBRE 1850
Y ENTREGÓ SUS FICHAS EL 7 DE DICIEMBRE 1850.

Y, frío y sin pulso, con un revólver a su lado y una bala en el corazón,todavía tranquilo como había sido en vida, yacía bajo la nieve el que a la vez había sido el más fuerte y el más débil de los expulsados de Poker-Flat.

miércoles, 1 de julio de 2009

Sobre la vanidad.

Echo y Narcissus. W. Waterhause
" ¡Oh fuerza de la adulación, a cuanto te extiendes y cuan dilatados límites, son los de tu jurisdicción agradable!" Miguel de Cervantes

La vanidad no es "un defecto", sino un aspecto constitutivo de la naturaleza humana. No es un simple vicio al que podamos contraponer, en régimen de igualdad, una virtud. La fuerza de la vanidad humana es tal , que si no derrumba todas las virtudes, ante los ojos de los demás, siempre las quebranta . Porque, ¡ Ay! lo que hace insoportable nuestra vanidad a los demás es sobre todo, que hiere la suya. Desde que nacemos, todos traemos una demasía de amor propio. Decía Oscar Wilde que si uno, no se tomase , un interés tan exagerado en si mismo, la vida sería tan tediosa que nadie aguantaría en ella.
Nos suele dar vergüenza afirmar en público, generalizando que carecemos de defectos, y que nuestros enemigos carecen de virtudes; pero particularizando, acaso no estemos muy lejos de creerlo. Y es que solo por vanidad confesamos nuestros defectos, dando a entender que carecen de importancia, para así, poder jactarnos de nuestras virtudes, comparándolas con aquellos. ¿ No será la modestia con la que parece que rechazamos los elogios, en el fondo, un deseo de que nos elogien de un modo más sutil?.
Nuestro amor propio es tan intenso que sólo la confianza que tenemos en nosotros mismos, es capaz de engendrar la que logramos poner en los demás. Paradójicamente, es esta aprobación que se da al ingenio, a la belleza y al valor de los demás, la que los acrecienta, los perfecciona y los hace conseguir resultados mayores de los que hubieran sido capaces de obtener por si mismos.

lunes, 29 de junio de 2009

La piscina de mercurio: ocaso de Al Nasir

Por razones de prestigio, la proclamación como califa de Abd al Rahman III, “al Nasir” en el 929, levantó una muralla infranqueable para el pueblo de Córdoba. El monarca permanecerá desde entonces completamente inaccesible, al estilo de los califas orientales. Ya no podrá confiarse a nadie, y su más asidua compañía, a partir de entonces, será la de un verdugo de guardia con la espada afilada y un tapete de cuero, presto a ejecutar en el acto, las cada vez más frecuentes, penas de muerte dictadas por el califa.
Para aislarse y hacer ostentación de su poder, decidió Al Nasir, construir una ciudad fastuosa “que como Bagdad, crecida en el desierto, surgiera de la nada”. En pocos años, a una legua de Córdoba, en las estribaciones del monte de "La Desposada", con espléndidas vistas sobre el Guadalquivir, se extendieron las edificaciones de “Madinat al –Zahra” (etimológicamente, “la ciudad brillante”). Se asentó sobre tres grandes terrazas superpuestas. La más baja, la ocupaba la mezquita, que iniciada en 936 , se concluyó en solo 48 días, porque en ella hubo continuamente empleados mil hombres hábiles. La de en medio, contenía las edificaciones destinadas a oficinas y mercados y la superior el palacio real. Las crónicas árabes cuentan, que los enormes gastos de la obra fueron debidos sobre todo, a la riqueza de los materiales utilizados. Construida con el propósito de deslumbrar a los visitantes extranjeros y ensalzar el prestigio de la monarquía, en las estancias del palacio de Madinat al Zahra, se emplearon materiales muy lujosos y de una extraordinaria belleza. La ciudad contaba con cuatro mil trescientas dieciséis columnas en mármoles preciosos de diferentes colores. Algunas ofrecidas como regalo por el emperador de Constantinopla, otras procedentes del saqueo de Cartago, y de las antiguas ciudades romanas del Norte de África. Deslumbrantes mármoles blancos de Macael cubrían el suelo y las paredes; y en las columnatas de capitel de nido de avispa, el mármol blanco de las canteras de Al Andalus, se combinaba con los rutilantes mármoles rosáceos italianos y los verdes jaspeados de Tunicia. Las fastuosas fuentes de roca tallada, por las que se hacía saltar el agua en altos surtidores, aprovechando su caída desde los veneros de la sierra. Los jardines sombreados de plantas perfumadas, las miles de higueras y de almendros que mandó plantar “para que su verde claro contrastara con el color amarillo brillante del entorno”. Los animales salvajes y exóticos, los leones, los monos, los loros y papagayos, el minar que entonaba poesías en lengua romance.
Existía al parecer, en las a la habitaciones privadas del califa, una asombrosa sala, que sólo se mostraba a aquellos invitados importantes a los que convenía impresionar. Se trataba de una amplia estancia abovedada con paneles de cristal -el desconocido material translúcido, que el extravagante sabio rondeño Ibn Firnas había enseñado a pulir - en la que se había dispuesto un enorme estanque de mercurio. El metal líquido que se extraía en las minas de Almadén, era una auténtica rareza, desconocida en el resto del mundo. Cuando entraba la luz del mediodía, o de noche se encontraban encendidas todas las lámparas, el califa, ordenaba a un esclavo que removiera el estanque. Entonces el metal plateado se ponía a restallar en infinitos juegos de luces y colores y al forastero le parecía que se quebraba la luz y el orden del espacio y que las múltiples columnas y el salón entero giraban y se deshacían en prismas de reflejos. El vértigo sólo cesaba, cuando el califa hacia una señal y la superficie del mercurio quedaba otra vez tan inmóvil como la de un lago helado. Al visitante, sobrecogido por la solemnidad y el terror, le parecía que un simple gesto de Abd al Rahman, podía dislocar o restablecer el orden en el mundo.
Cuando con cincuenta años cumplidos y en la cima de su poder, decidió Abd al Rahman III “al Nasir" abandonar definitivamente Córdoba y trasladarse a su nueva residencia, no podía imaginar, que en poco menos de medio siglo, toda aquella fastuosa obra, iba a verse arrasada y su propia dinastía, extinguida para siempre. Más de cuarenta mil personas quedaron afectas al servicio del soberano en la nueva ciudad recién construida. Allí en su harén, le servían seis mil mujeres. Con los años, recluido como un déspota oriental en su impresionante retiro dorado, Al Nasir se fue volviendo más desconfiado y cada vez más proclive a la bebida y a la lujuria. Solo unos pocos tenían acceso personal al monarca, y estos fueron constituyendo una nueva aristocracia cuyas intrigas jugarían un nefasto papel en la historia de la dinastía. Su altivo distanciamiento quebró la adhesión de las multitudes cordobesas, que durante su primeros años de reinado, habían sido el auténtico sostén de la monarquía, esta fue la causa de la ruina de su extirpe.
Se cuenta que durante sus últimos años, el califa fue dominado por un miedo incontrolado a ser envenenado o a ser asesinado mientras dormía. Esto último, lo llevó a elegir para dormir una estancia aledaña a la gran piscina de mercurio. Por la noche se retiraba la pasarela de acceso, de modo que nadie pudiera aproximarse a su lecho, sin atravesar la helada superficie de la alberca de mercurio. El mercurio más pesado que el plomo, es 135 veces más denso que el agua; lo que significa que quien tratara de cruzar el líquido plateado, sería propulsado hacia la superficie con una fuerza 135 veces mayor que la de su propio peso. Flotando incontrolado en esta mermelada viscosa es practicamente imposible nadar, y en apenas un momento, las piernas peligrosamente empujadas hacia arriba, acababan por hacer girar el cuerpo y la cabeza hacia el venenoso metal. La imposibilidad de apoyarse para darse la vuelta, determinaba en poco tiempo, la suerte del intruso, que moría ahogado. Pocos eran los que conocían este terrible secreto y al levantarse para la oración del amanecer, Al Nasir solía mandar retirar los cadáveres de quienes el día de antes, hacían gala de ser sus más fieles servidores.
A la muerte de Abd el Rahman, en 961, se halló su diario personal en un cofre secreto. Allí confesaba: “ Durante cincuenta años he reinado en paz y en gloria, temido de mis enemigos y honrado por mis aliados. Los príncipes más poderosos de la Tierra han solicitado mi amistad. Todo cuanto puede desear el hombre -poder, riquezas, honores y placeres- lo he tenido. Pero he contado escrupulosamente, los días que he gustado de una felicidad sin amargura y sólo he hallado catorce en mi larga vida”

domingo, 28 de junio de 2009

Apogeo de Al Nasir

"El número de columnas de La Mezquita crece como el de habitantes de la ciudad, porque hombres venidos de los lugares más remotos encuentran en ella su patria".



A finales del Siglo IX , en que vino al mundo Abd al- Rahman , la vida en Córdoba , era peligrosa y a veces muy corta, para los descendientes del emir, El enjambre de envidias y conspiraciones en que se veían envueltos estos vástagos de diferentes madres, les llevaba con frecuencia al verdugo antes de llegar a la madurez. Los daños de la intrigas criminales del harén eran tales, que cuando se avecinaba la sucesión del monarca, precipitaban al estado al borde de la guerra civil.
El viejo emir Abd Allah, se había fijado en este niño de cabellos rubios, ojos azul oscuro y rasgos regulares, hijo de su primogénito y una esclava navarra, la concubina Muzna. Tal vez , le recordaba los rasgos de su primera mujer , una princesa navarra hija de Fortún, el tuerto”, también rubia y de tez muy blanca, la abuela paterna del niño.
Lo cierto es que el emir, que poco después de nacer Abd al-Rahman, había ordenado sin empacho, la ejecución de su hijo por las intrigas políticas de sus hermanos, quiso retener junto a él, a este nieto, al que había dejado huérfano. Un niño sosegado, disciplinado que aunque no había llegado a conocer a su padre, parecía siempre temeroso del repentino cambio de su suerte. Preservó así al muchacho de la guerra despiadada que se hacían sus otros diez hijos, los llamados “tíos”, que mantenía alejados de Córdoba, repartidos en las lujosas almunias y casas de campo de los alrededores y a los que Abd Allah tenía rigurosamente prohibida la entrada en el palacio real.
Tras ciento cincuenta años de existencia, la descomposición política del emirato cordobés, era evidente. A la sorda oposición entre sirios, yemeníes y bereberes, congénita desde su nacimiento, se había unido lo que parecía una insurrección general de la población de origen cristiano “los muladíes”. Todo el montañoso Sur de Andalucía se hallaba bajo el control de un temible jefe guerrillero Omar ibn Hafsun. Ante la impotencia cordobesa habían surgido aspiraciones soberanistas en Levante, en Toledo y hasta en el mismo valle del Guadalquivir, en Sevilla y en Écija ,a sólo una jornada de caballo de la capital. El estado había perdido su influencia en el Norte de África y los reinos cristianos peninsulares avanzaban impunemente sus fronteras a golpes de repoblación.
Abd Allah que no había sabido apagar el fuego de las disensiones, ni en el estado, ni en su propia familia, adoptó casi en el lecho de muerte, una arriesgada decisión. Dejar el destino de la dinastía, en manos de su nieto Abd al Rahman, un joven, sin experiencia, que en 912, el año de la sucesión, tenía apenas cumplidos 21 años. La imposición en el trono de este nieto, hijo de una simple esclava, sobre sus propios hijos, "príncipes de la sangre", excluidos del trono, simbolizaba a su entender la unión de la realeza, con el pueblo cordobés. Un pueblo activo amante del arte y de la vida y al que se habían incorporado con gusto, decenas de miles de recién llegados. Gentes de aluvión de todo tipo y condición que habían hecho de Córdoba su patria. Niños traídos como esclavos y vendidos por la piratería andalusí del Mediterráneo; gentes recién convertidas al Islam, que aprendieron el árabe y podían prestar sus servicios como funcionarios o en el ejército. En todo caso fieles servidores del monarca, ajenos a cualquier clase de intriga, cuyo apoyo en aquellas circunstancias, era la única esperanza para Al- Andalus.
La genial intuición de su abuelo no se vio defraudada, pues el joven Emir,que demostró estar dotado de una inteligencia realista y metódica y una tenacidad a prueba de todo. Nada mas ceñir el anillo de su abuelo, se puso personalmente al frente del ejército, e inició una audaz política de ataque frontal y sin titubeos a los secesionistas y en particular a Omar Ibn Hafsun. Guerreó durante diecinueve años sin conocer la derrota, ni la fatiga, -los cronistas musulmanes le llamaron Al- Nasir li-din -Allahel victorioso por la gracia de Alá”. Restauró la unidad del reino y la soberanía de la corona, logró la hegemonía militar y política en la Península Ibérica y el predominio sobre los fatimíes del Norte de África. Su política interna, en cambio, fue pacificadora. Su piedad religiosa, meramente externa, estaba exenta de todo fanatismo. Su amplia tolerancia religiosa y la admisión en grado de igualdad de la aportación de sus vasallos cristianos y judíos, los convirtió en los más fieles servidores del estado. La escrupulosa equidad jurídica de los jueces de Córdoba y el buen funcionamiento administrativo, de la que se hizo eco todo el Islam, llevaron al estado cordobés a los días de su máximo apogeo. Tal vez por ello, con estudiado gesto de soberbia Al Nasir se proclamó "Califa del Islam y Príncipe de los Creyentes", un reclamo para todos los musulmanes, de la antigua legitimidad de los Omeyas.

miércoles, 24 de junio de 2009

Paradojas

"Que un hombre muera por un ideal, no significa que ese ideal sea necesariamente justo o verdadero."


Nosotros, que en la Europa del Siglo XXI, tenemos nuestras necesidades cubiertas, no deberíamos perder de vista que en toda fe existe algo de irreductible, de compulsivo para la dignidad humana. Todo dogma exige una confianza ciega en su credo – en esto consiste su vigor-. La convicción personal así formada se convierte en la verdad única y total, la verdad desnuda de matices. Con estos presupuestos, como ha demostrado la historia de las religiones, se hace difícil el sutil ejercicio de la tolerancia. La tolerancia es la única posible regla de convivencia entre los hombres.
La religión es una "probable" forma de fanatismo entre los hombres, pero no es la única, en nuestros días está el fanatismo de la ciencia, de la raza, del dinero, en definitiva de lo que es propio frente a lo ajeno.
La educación (lo que queda de ella) debería tener como meta cultivar “cierto grado de escepticismo”. Para que fuéramos capaces de cubrir con el velo de la duda, “la desnuda faz de la Verdad”. Y nos acostumbráramos desde jóvenes a afrontar lo incierto, solos y sin recursos, en mitad de “esta tiniebla”; porque la verdad no tiene rostro.
Así lo expresaba Antonio Machado en un conocido pasaje del Juan de Mairena :“La verdad si es que existe, conviene que baile en la cuerda floja, de donde suele caer. Solo entonces cuando ya no sea la Verdad, podréis jactaros de saber cuanto de verdad había en ella”.
Juan de Mairena que era un hombre gris, algo diletante y con una clara vocación pedagógica, gustó siempre del estilo de la paradoja. Tuvo auténtica predilección por estas aseveraciones dichas sin confianza aparente, seductoras y deliberadamente engañosas.
“En lo paradójico -decía- hallareis la esencia de lo verdaderamente humano, si es que halláis algo”. Sin embargo advertía, en el empleo de la paradoja, conviene ser discreto, pues su abuso conduce inevitablemente a la fácil tentación de la reducción al absurdo. “Sed rigurosos, no embarulléis las cosas por afán de alborotar. Que vuestra pregunta sea la del caminante desorientado entre caminos, no el escrúpulo del pretencioso que piensa que todo es opinable”.
“ Yo, os invito a engalanar la verdad, a seducirla por el lado humano, que es el de la duda. Cuando al cabo pasen unos pocos años y halláis vivido lo suficiente, mucho de lo que ahora es verdad, ya no lo será tanto. Porque al mirar vuestro rostro desde el otro lado del espejo la vida resulta paradójica y la paradoja vida”.

sábado, 20 de junio de 2009

La perspectiva civilizada.

Si, como escribía Nietzsche, la realidad es puro y eterno devenir; un proceso de eterno retorno que no tiene principio, ni fin , ni orden, ni designio previo, y en el que no es admisible la idea de progreso histórico. Si el universo permanece imperturbable, a pesar de nuestros desvelos. A nosotros, solo nos cabría “aliñar espiritualmente” la porción universal a nuestro alcance, el reino de los símbolos y anhelos en que vivimos y merced al cual nos comunicamos. Deberíamos ampliar de cualquier forma nuestra esfera mental y tratar de remontar nuestro presente inmediato, regido por el estrecho pragmatismo que pone en peligro "todo lo demás”.
Si trabamos conocimiento con la historia, podemos penetrar el conocimiento de épocas pretéritas, con la lenta y parcial liberación humana desde la barbarie, comprenderemos la brevedad e insignificancia de la vida humana individual y la de las naciones, comparadas con las épocas astronómicas. Creeremos que en la batalla pasajera en la que estamos empeñados, no merece la pena arriesgar un paso atrás hacia la oscuridad de donde hemos salido “tan lentamente”.Y si la tozuda realidad se encarga de hacernos patente que no conseguimos nuestros objetivos siempre nos consolará la sensación de su caducidad, de su eterno hacerse y deshacerse. La perspectiva civilizada implica que más allá de nuestras actividades inmediatas, tendremos proyectos remotos en los que no nos consideraremos individuos aislados, sino miembros de una gran comunidad afectiva. La que entre continuos avances y retrocesos, pretende conducir a la humanidad de la barbarie a la civilización. Mantener esta convicción y guiar por ella nuestros actos, me parece una forma sensata de gozar siempre de una tranquila alegría, cualquiera que sea nuestra suerte personal.

Reseña de Siddartha de Hermann Hesse

Siddartha (1922) es una de las novelas más leídas y apreciadas del Siglo XX. Hermann Hesse, que había vivido en la India se inspiró en alguna medida en la vida y experiencias de Buda, a cuyo nombre alude su título. La enorme conmoción espiritual tras las dos guerras mundiales, impulsó a muchos jóvenes a la búsqueda de nuevos valores representados por la filosofía de Oriente. Y Hesse con su lirismo sencillo, y su recreación de la espiritualidad hindú, acertó a traducir para el gran público, estas inquietudes. Por ello, a consecuencia de su trilogía de novelas: Demian (1911), Siddartha (1920) y El Lobo Estepario (1927) recibiría el Premio Nobel en 1946.
En particular Siddartha, se convertiría durante los años sesenta del siglo pasado, en una suerte de emblema para las nuevas generaciones de adolescentes interesados en la renovación cultural a través de la espiritualidad oriental.
Acabo de volver a leer esta novela, que leí con entusiasmo siendo joven. Recordaba algunos pasajes llenos de lirismo, entorno al eje de la meditación y la filosofía budista. Muy por el contrario,-a pesar del ambiente hindú,-, en esta nueva lectura no he encontrado otra cosa que "el ideario de Hesse". Un más que evidente esquema novelado, de indudable encanto, de las principales ideas, -no de Buda- sino de uno de los más grandes y peor comprendidos filósofos del Occidente, Friedrich Wilhelm Nietzsche ( 1844-1900).