domingo, 12 de abril de 2009

La casa de Asterión.

"Asterión" es el nombre que recibe el rey de Creta en la mitología griega. Cuando Zeus hubo yacido con Europa, el rey la acogió en la isla y nombró herederos a los hijos que ésta, había tenido con Zeus.
"La Casa de Asterión" corresponde al título de un espléndido relato de Borges, donde se realiza una original interpretación del mito, como un símbolo del inconsciente humano.



"No habrá nunca una puerta. Estás adentro
Y el alcázar abarca el universo
Y no tiene ni anverso ni reverso
Ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
Que tercamente se bifurca en otro,
Que tercamente se bifurca en otro,
Tendrá fin. Es de hierro tu destino
Como tu juez. No aguardes la embestida
Del toro que es un hombre y cuya extraña
Forma plural da horror a la maraña
De interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
En el negro crepúsculo la fiera".
J. L Borges.

El hombre es un ser trágico que vive desgarrándose entre su impulso innato por descifrar el misterio de la existencia y la imposibilidad fatal de conseguirlo. Dicho de otra manera, con la prosaica terminología de la genética: cada persona es un individuo irrepetible, condicionado, pero no hasta el punto de quedar liberado de tener que tomar sus propias decisiones.
En el principio de los tiempos, inventa un lenguaje a fin de nombrar a los seres y comunicarse con ellos; con el lenguaje pacta convenciones de convivencia o piensa y fabrica esquemas filosóficos o científicos o artísticos que asedien el Universo. El hombre, pues, fabrica una red cultural que es esencialmente ficticia puesto que ni la mente del hombre ni su lenguaje pueden descubrir y transmitir la realidad, sino tan sólo inventar, soñar, tejer la imagen de un mundo propio; esto es, su casa, su mito, su refugio. Fuera, más allá, persiste la creación divina, inconmensurable, incomprensible, laberinto de enigmas.
Esto es lo que expresa, según Borges, el mito de "La Casa de Asterión”: que uno, no es prisionero de puertas o cerrojos, sino prisionero de sí, de los grilletes de una individualidad insalvable. Su prisión es, pues, la más trágica, la definitiva: perderse sin remedio en el laberinto del propio yo.
"Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera (...) Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura ? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle”.

Vivir es recorrer sin remedio las galerías interminables de nuestro yo. Por sus sendas laberínticas moramos la mayor parte del tiempo, sin hallar la salida. Infelices, porque sabemos que sólo podemos sobrevivir, si logramos salir al exterior, y poner cuanto tenemos en común con los otros seres del universo. Ser soledad radical es sólo una parte de la esencia del hombre; paradójica y trágicamente, la otra es no poder soportarla y tender puentes desesperados de comunicación.

sábado, 11 de abril de 2009

Teseo y el Minotauro en la Metaforfosis de Ovidio


En Creta reinaba el poderoso Rey Minos. Su capital era célebre en el mundo por el laberinto, lleno de intrincados corredores, de los cuales era casi imposible encontrar la salida. En el interior vivía el terrible Minotauro, un monstruo con cabeza de toro y cuerpo de hombre, fruto de los amores de Pasifae, la esposa de Minos, con un toro que Poseidón, dios de los mares, hizo surgir de las aguas. En cada novilunio había que sacrificar un hombre al Minotauro, pues cuando el monstruo no satisfacía su apetito, se precipitaba fuera para sembrar la muerte y desolación de los habitantes de la comarca.
Un día, el Rey Minos recibió una trágica noticia: su hijo acababa de morir asesinado en Atenas. Minos clamó venganza, reunió a su ejército y lo envió a Atenas para iniciar el ataque. Atenas, al no estar preparada, no pudo ofrecer resistencia y solicitó la paz. Minos, con severidad dijo: "Os ofrezco la paz, pero con una condición: cada nueve años, Atenas enviará siete muchachos y siete doncellas a Creta para que paguen con su vida la muerte de mi hijo". Aquellos jóvenes serían arrojados al Minotauro para que los devorara. Los atenienses no tuvieron más remedio que aceptar aunque con una única reserva: que si uno de los jóvenes conseguía matar al Minotauro y salir del laberinto (cosa poco menos que imposible) no sólo salvaría su vida, sino también la de sus compañeros, y Atenas sería eximida de dicha condena.
Dos veces pagaron los atenienses el trágico tributo. Se acercaban ya el día en que por tercera vez la nave de velas negras, signo de luto, iba a surcar la mar. Entones, Teseo, hijo único del rey de Atenas, Egeo, ofreció su vida por la salvación de la ciudad. El Rey y su hijo convinieron en que si a Teseo le favorecía la suerte, el navío que los volviera al país enarbolaría velas blancas.
La prisión en Creta, donde Teseo y los otros jóvenes fueron alojados como prisioneros lindaba con el parque por donde las hijas del Rey Minos, Ariadna y Fedra, solían pasear. Un día el carcelero avisó a Teseo que alguien quería hablarle. Al salir, el joven se encontró con Ariadna, quien subyugada por la belleza y la valentía del joven decidió ayudarle a matar al Minotauro a escondidas de su padre. "Toma este ovillo de hilo y cuando entres en el Laberinto ata el extremo del hilo a la entrada y ve deshaciendo el ovillo poco a poco. Así tendrás una guía que te permitirá encontrar la salida". Le dio también una espada mágica.
A la mañana siguiente, el príncipe fue conducido al Laberinto, tomó el ovillo, ató el extremo del hilo al muro y fue desenrollándolo, a medida que avanzaba por los corredores. Tras mucho caminar, penetró en una gran sala y se encontró frente al temible Minotauro, que bramaba de furor se lanzó contra el joven. El Minotauro era tan espantoso, que Teseo estuvo a punto de desfallecer, pero consiguió vencerle con la espada mágica. Le bastó luego seguir el hilo de Ariadna en sentido inverso y pronto pudo atravesar la puerta de salida.
Teseo salvó su vida, la de sus compañeros y liberó a su ciudad de tan horrible condena. Dispuestos ya a reembarcar, Teseo llevó a bordo en secreto a Ariadna y también a Fedra, quien no quiso abandonar a su hermana mayor. Durante el viaje y tras una feroz tormenta tuvieron que refugiarse en la isla de Naxos. Vuelta la calma, emprendieron el retorno. Pero Ariadna no aparecía, la buscaron, la llamaron, pero fue en vano. Finalmente abandonaron la su búsqueda y se hicieron a la mar. Habían zarpado cuando Ariadna despertó en el bosque, después de caer extenuada por el cansancio. De pronto, y rodeada por monumental ceremonia se le apareció el joven más bello que nunca antes haya visto. Era Dionisios, dios del vino, quien le ofreció casamiento y hacerla inmortal. La joven aceptó y después de un viaje triunfal por la Tierra, el dios la llevó a su morada eterna.
En tanto, en Atenas cundía la tristeza. El anciano Rey iba todos los días a la orilla del mar, esperando ver a su hijo retornar. Al fin, el barco apareció en el horizonte. Pero traía las velas negras y el anciano desesperó. Es que Teseo, abatido por la desaparición de Ariadna había olvidado izar las velas blancas, signo de su victoria. Loco de dolor, el rey Egeo se arrojó al mar que desde entonces lleva su nombre. Pasó el tiempo y los atenienses reunidos en asamblea ofrecieron la corona a Teseo, quien se casó luego con Fedra y reinó por largos años.

El palacio de Cnosos

Reconstrucción hipotética.
El Palacio de Cnosos, con sus 17.000 metros cuadrados construidos y unas 1500 habitaciones, constituye el principal de los palacios cretenses y en el que se ha querido ver la sede del mítico Rey Minos. Debido a la forma de construir de los minoicos, añadiendo habitaciones progresivamente, estos corredores no guardan una disposición rectilínea, sino que están llenos de quiebros siguiendo un recorrido tortuoso.El palacio en sí se identificó como el laberinto donde Minos encerró al Minotauro, de donde viene el mito de Teseo y su lucha contra "la horrible bestia".

En el laberinto de Villa Pisani.

Este verano, visitamos en familia, la Villa Pisani en las orillas del Brenta. El esplendoroso palacio de recreo de la última familia próspera de patricios venecianos, contenía una sorpresa para los más jóvenes. ¡Nada menos, que un laberinto de floresta, de más que mediano tamaño!. Realizado en 1720 por el arquitecto paisajista Girolano Frigimelica, cuenta con nueve círculos concéntricos se setos de aligustre y contenía una célebre escultura en bronce de la diosa Minerva, situada en el centro, en el lugar que hoy ocupa la torre con escalera de caracol. Al parecer, se construyó con un propósito frívolo, favorecer el entretenimiento erótico de sus moradores.

Siguiendo a los niños y sin ninguna cautela, penetramos sin pensarlo, en la red de senderos ajardinados, todos iguales. La presencia de otras familias cuyas voces oíamos entre los altos setos, nos infundía confianza y ni siqueira nos detuvimos, a leer el cartel explicativo de la entrada. Indicaba que para evitar la sensación de angustia, y el cansancio mental que va generando, " el llegar una y otra vez a un sitio idéntico, que sin embargo no podemos asegurar que sea el mismo", se habían dispuesto un total de siete grandes esculturas de metal, con las letras de la palabra "respiro". Seguir en este orden las letras de la palabra y luego en el contrario, era la única clave que permitía entrar y salir del laberinto.
Pasamos un rato, inolvidable en compañía de nuestros amigos Alicia y José María. Y finalmente logramos salir, como todos, gracias a la ayuda del vigilante que a ratos subía para este menester, a la torre del centro del laberinto.Un lugar, desde donde siempre tiene a la vista a los desorientados "aprendices de Teseo".
Curiosamente esa sensación de extravío, esa jocosa impotencia que da el cansancio, esa confirmación de la pueril dependencia que continuamos teniendo de los demás, me hizo reparar en la importancia del mito de Asterión en su Palacio de Cnosos. Sin duda uno de los de mayor influencia en nuestra Civilización.


viernes, 10 de abril de 2009

Pilatos

Hoy viernes santo, Jorge escogió de entre sus libros este apropiado relato, del que no quiso decir su autor, dejándonos con la sospecha de que se trata de Teo, el otro autor de este blog, junto al Caballero Inexistente y yo misma, y al que todavía no conocemos.



PILATOS


A primera hora de una mañana demasiado calurosa para mediados del mes primaveral, con un manto blanco forrado de rojo sangre apareció en la columnata exterior del palacio del Pretorio Poncio Pilatos, Quinto Procurador de Judea. Era un hombre corpulento que arrastraba los pies al andar, con la piel amarillenta y esa expresión inequívoca que deja en la cara la enfermedad. Junto a la fuente, en el único ángulo sombreado del atrio estaba preparado un sillón militar. El procurador sin mirar a nadie, tomó asiento y alargó una mano en la que el secretario puso respetuosamente un pergamino. Echo una ojeada y con una mueca de fastidio preguntó:
- ¿ Que es ese jaleo ahí fuera?.
El Sanhedrín ha convocado a la plebe frente al palacio. Formula acusación en este caso, aunque ninguno de los sacerdotes ha llegado todavía, siendo víspera de pascua, prefieren no entrar en el Pretorio.
- Veo sin embargo, que el acusado es de Galilea. ¿ha comunicado el asunto al Tetrarca?
- Sí, Procurador, dijo el Secretario.
- ¿ Qué dice?.
- Se ha negado a dar su veredicto, sobre este caso y ha enviado la sentencia del Sanhedrín para su confirmación.

Una convulsión desfiguró la cara del procurador, se tocó la frente, estaba caliente, era evidente que tenía fiebre. Dijo en voz baja, que traigan al acusado.

Trató de aliviarse un poco, mojando su pañuelo en el plato de la fuente. Apenas se escuchaba el murmullo del agua, pues desde primera hora de la mañana, torturaba sus oídos el molesto zumbido de la multitud que iba agolpándose en la plaza. A lo lejos, una espesa calima cubría las colinas en torno a Jerusalén, este calor tan sofocante, presagiaba una fuerte tormenta por la tarde.
Añoraba la frescura de la primavera en la hermosa Sicilia, su tierra natal. Lamentaba no haber hecho caso a su mujer y haberse marchado, cuando todavía estaba a tiempo. Ahora el viejo Cesar había enloquecido y se había encerrado en la isla de Cáprea; su desconfianza llegaba hasta el extremo de interpretar todo cambio, como fruto de una conjura, toda visita como una amenaza. En su fobia persecutoria había dado sobradas muestras de su demencia y de su crueldad. Nadie que se acercara, o fuera llamado a Cáprea tenía garantías de salir indemne. Cerró los ojos y sé vio veinte años más joven, cabalgando sobre un pura sangre siciliano, en medio de esos inmensos trigales de la isla, que mece el viento primaveral igual que a las olas del mar. Había sido un buen jinete, durante la guerra en Germania, ganó una lanza de oro y se distinguió al mando de la caballería. Y sin embargo, ninguno de sus hijos le había sobrevivido, ni le había dado nietos a quienes enseñar a montar. Sólo le quedaba este dolor sordo, profundo, clavado en sus entrañas que no admitía réplica. Sufrió un escalofrío, estaba seguro de que pronto moriría; al menos no tendría que soportar otro asfixiante verano en Jerusalén.

Dos legionarios entraron en el jardín y trajeron ante el procurador a un joven de entre veinticinco y treinta años. El joven vestía una túnica rota azul clara, le cubría la cabeza una banda blanca, sujeta por un trozo de cuero y llevaba las manos atadas. Bajo el ojo izquierdo tenía una gran moradura y junto a la boca un arañazo con sangre seca. A pesar de mantener los ojos casi cerrados como si le molestara la luz, el joven miraba al Procurador con intensa curiosidad.
Éste permaneció un instante callado y con voz monótona, dijo en arameo:
- ¿Eres tú quien se ha proclamado rey de los judíos y ha incitado al pueblo a que destruya el templo de Jerusalén?.
El joven de las manos atadas dio un paso hacia delante y exclamó:
- Buen hombre! Créeme...
El Procurador le interrumpió sin moverse y sin levantar la voz.
- ¿Me llamas a mí buen hombre?. Te equivocas. En toda Jerusalén se dice que soy un monstruo espantoso; ¡juzga tú mismo! Y añadió: Que venga el centurión de la guardia.
Un soldado alto y fornido como un gladiador, con la cara cortada por un tajo, se presentó ante el procurador.
El Procurador se dirigió al centurión en latín:
- El reo me ha llamado “buen hombre”, llévatelo un momento y explícale como hay que hablar conmigo.
El centurión hizo un gesto con la mano al arrestado para que le siguiera. Se oyeron los pasos de las botas del centurión en el mosaico del palacio.

Al procurador comenzó a dolerle la cabeza, ya no le aliviaba ponerse en la frente el pañuelo mojado. Después de veinte años en Jerusalén, no había un solo judío a quien pudiera considerar de verdad su amigo. ¿Qué se puede esperar de un pueblo, que rehusa todo contacto con los extranjeros durante la fiesta de pascua, por miedo a quedar impuro?. Estaba harto del fanatismo religioso, del orgullo, de las continuas rencillas en las que era imposible mediar, de las insidias de los fariseos y de las intrigas de los príncipes y sacerdotes en la isla de Cáprea. Odiaba con todo su corazón a los judíos.

Después de conducir al detenido al interior del Pretorio, el centurión tomo prestado un látigo a un legionario y le dio un golpe al arrestado en el hombro. El movimiento pareció ligero, pero el hombre atado se derrumbó, como si le hubieran cortado las piernas. Se quedó sin respiración, su rostro perdió el color y sus ojos la expresión. Sin mucho esfuerzo, el centurión lo levantó del suelo y con lentitud articuló, torpemente en arameo:
- Al Procurador se le llama Excelencia. Otras palabras no se dicen. Se está firme. ¿ Me has comprendido o te pego otra vez?.
El detenido se tambaleó, pero finalmente logró dominarse, le volvió la respiración y el color de la cara y respondió, con la voz apagada:
-Te he comprendido. No me pegues.

Enseguida volvió a ser llevado ante el procurador.
- Nombre, dijo el Procurador.
- Joshua, respondió el arrestado.
- ¿Tienes apodo?.
- No.
- ¿ De dónde eres?.
- De Nazareth.
- ¿Qué sangre tienes?.
- No lo sé seguro, Excelencia, no llegue a conocer a mi padre.
- ¿Dónde vives?
- No tengo domicilio fijo, dijo el detenido tímidamente: Viajo de una ciudad a otra.
- ¡Veo que sabes decir las cosas!. Eso se puede decir con una sola palabra: “eres un vagabundo”.
- ¿Tienes parientes, o mujer?.
- Estoy solo.
- ¿ Sabes leer?.
- Sí.
- ¿Hablas otros idiomas, a parte del arameo?.
- No suelo hablar más que en arameo, aunque, puedo comprender cualquier idioma, pues me es dado leer en el corazón de los hombres.
El procurador elevó despectivamente la ceja izquierda, mostrando un párpado hinchado y enrojecido al arrestado. Y dijo:
- Además de vagabundo, eres un iluminado; mira bien lo qué dices, pues si te pillo en otras mentiras te haré corregir en el acto. Y dirigiéndose de repente en griego, al acusado le preguntó: ¿Eres tú quien ha incitado al pueblo a destruir el templo y se ha proclamado rey de los judíos?.

Una golondrina se descolgó desde el alero dorado de la columnata y tomo un poco de agua del plato de la fuente, al desplegar el vuelo una ráfaga de brisa fresca penetró en al atrio y movió los pliegues de la túnica del reo. Éste pareció recobrar la serenidad y con una voz profunda y armoniosa, que no había usado hasta entonces, respondió en griego.
- Yo Excelencia, jamás he pensado destruir el templo y jamás he incitado a nadie a cometer esa absurda acción. Lo que ocurre es que esos buenos hombres que me acusan no han entendido nada. Por eso obran mal.

El secretario levantó la cabeza completamente sorprendido, el acusado hablaba el griego Occidental de Sicilia, en la misma entonación que el Procurador; consideró prudente dejar de escribir.

- ¿ Llamas buenos hombres a esos fariseos y a los sacerdotes del Sanhedrín que piden tu muerte?.
- Sí, buen... y se interrumpió, Si Excelencia. Ellos no saben lo que hacen.
- ¿El centurión que acaba de golpearte es también un buen hombre?.
- Sí, lo que ocurre es que se siente deforme y desgraciado, y sufre por ese motivo.
- ¿Entonces crees que quien obra mal, no sabe lo que hace?
- Así es Excelencia, no hay hombres malos en la Tierra, solo ignorantes y desgraciados. Y debemos perdonarlos a todos, para que puedan demostrarlo.
- Es la primera vez que lo oigo, dijo Pilatos, sonriendo. ¡Puede que no conozca suficientemente la vida!. ¿Has leído todo eso en un libro griego?.
- No, he llegado a eso por mí mismo.

Pilatos se quedó mirando al detenido, su cuerpo parecía frágil, y desde luego, para un militar, no era el prototipo de belleza viril y sin embargo, en su mirada, en el timbre armonioso de su voz, en la convicción que ponía en sus palabras, había algo extrañamente atractivo. Algo que invitaba a seguir hablando con él, a confiarle nuestra intimidad. Se le ocurrió que quizá era este don de palabra, esta facilidad para llegar al corazón de las gentes, lo que verdaderamente temían los fariseos del Sanhedrín.

- Gente muy distinta se reúne en esta ciudad para la fiesta, entre ellos hay magos, astrólogos, adivinos y asesinos, decía el procurador con voz monótona. También hay embaucadores de la plebe y mentirosos: hay diez testigos que te han oído proclamarte “rey de los judíos”.
- Es cierto Excelencia, soy el rey de los judíos, pero mi reino no es de este mundo, sino el reino de la verdad.
- ¿ Y qué sabes tú de la verdad, vagabundo, de la que no tienes ni idea?.
¿ Qué es la verdad?. Y se arrepintió nada mas decirlo, de haber hecho esta pregunta. Pensó le estoy preguntando cosas que nada tienen que ver con la investigación. Se tocó la frente y seguía ardiendo, está claro, la enfermedad me nubla la inteligencia y no podré soportar otro verano más esta terrible enfermedad.
- La verdad, dijo el joven, es que te duele tanto la cabeza, que dudas si tendrás fuerzas suficientes para seguir este interrogatorio. Verdad es que estás solo y enfermo, que puedes morir en esta tierra hostil, a la que odias con todas tus fuerzas y no volver a ver jamás Sicilia, la isla que te vio nacer, que es lo que más deseas en el mundo.

El Secretario levantó la cabeza y dejó de escribir, no daba crédito a sus oídos, conocía demasiado a Pilatos y ahora trataba de imaginar en qué retorcida forma aparecería la ira del impulsivo Procurador, tras oír tales impertinencias. Sin embargo, Pilatos permanecía absorto, como paralizado por lo que acababa de escuchar. El joven nazareno prosiguió:
- Pero tu tormento pasará pronto, pasará la fiebre y olvidarás por hoy tú dolor, y acercándose al procurador, ante la completa pasividad de la guardia, puso sus manos sobre la cabeza de Poncio Pilatos y dijo: Ya ves todo ha terminado.
Después de un minuto de embarazoso silencio, Pilatos pareció despertar de un profundo sueño, el aspecto de su cara era mucho más saludable y con una voz ronca y cascada que no parecía la suya, dijo en latín:
- Que le desaten las manos.
Un legionario de la escolta dio un golpe con la lanza, se la pasó a otro, se acercó y desató las cuerdas del preso.
El Secretario enrolló el pergamino, decidido a no volver a escribir y a no asombrarse de nada.
- Confiesa, dijo Pilatos en griego y bajando mucho la voz, ¿eres un gran médico?.
- No procurador, no soy médico respondió el preso, frotándose con gusto las muñecas hinchadas y enrojecidas.
- ¿ Cómo has podido saber que lo que más deseo es volver a Sicilia?.
- Creo haber dicho Excelencia, que se me otorgó el don de leer en el corazón de los hombres.
El Procurador estaba completamente asombrado y confuso, se le alcanzaba el motivo de la inquina del Sanhedrin contra este joven, comprendía la prisa del intrigante Caifás por deshacerse de él a toda costa. Y en su fuero interno deseó impedirlo.

- Es eso todo lo que hay sobre él, preguntó Pilatos al Secretario.
- No desgraciadamente, dijo el Secretario y tendió ante el procurador otro pergamino más amplio. Esta es la acusación formal que ha presentado conjuntamente José Caifás como Sumo Sacerdote y Presidente del Sanhedrin y el legado de Tiberio en la Legión de Judea.
Leyó Pilatos la acusación y le pareció que la sangre se le agolpaba en las sienes y los pómulos se le encendieron de puro rojo.
- ¿Conoces a un tal Judas Iscariote? ¿Qué le has contado sobre el Cesar?
- Fue así explicó el preso con disposición: anteanoche conocí junto al templo a un joven que dijo llamarse Judas. Me invitó a su casa y me convidó.
- ¿Un buen hombre? Preguntó Pilatos, con la rabia brillándole en los ojos.
- Era un hombre bueno, y curioso- afirmó el preso. En el banquete había mucha gente, manifestó gran interés hacia mis ideas y me agasajó amablemente.
- Encendió los candiles y todo..., dijo el Procurador entre dientes, imitando el tono maravillado del preso, mientras sus ojos brillaban cada vez más.
- Sí siguió Joshua, algo sorprendido por lo bien informado que estaba el Procurador. Solicitó mi opinión sobre el poder político, esta cuestión le interesaba especialmente.
- ¡Ya lo creo que le interesaba!. Y entonces ¿qué dijiste?. Preguntó Pilatos con un tono que no expresaba ya ninguna esperanza.
- Dije que cualquier poder es un acto de violencia contra el hombre y que llegará un día que no existirá el poder, ni el de los Césares, ni el de ningún otro, porque el hombre formará parte del reino de la verdad y de la justicia, donde no es necesario ningún poder.
- ¡ Sigue!.
- Después no dije nada más, concluyó el preso; llegaron unos hombres y me condujeron a la cárcel.
Pilatos no pudo reprimir un acceso de cólera y dirigiéndose al detenido le preguntó a gritos. ¿ Y tú crees desgraciado, que acaso llegará ese reino en alguna parte?.
- Yo creo que ese reino ya ha llegado, precisamente yo he venido a proclamarlo. Ese reino habita en mi corazón y en el de todos aquellos que han escuchado mis palabras y me han seguido. Ha sido fundado sobre la compasión y del amor, incluso a los enemigos. Quien vive en él, vivirá para siempre.
Pilatos hubiera querido gritarle iluso, desdichado y hasta abofetear al joven profeta. A sus sesenta años creía conocer el mundo lo suficiente para saber lo difícil que era conseguir implantar un mínimo de orden que permitiera vivir de un modo civilizado. Definitivamente ese reino no se realizaría en la tierra. Se contuvo, porque en el atrio se había presentado su ayudante, para informarle de que Caifás esperaba en la antesala el resultado de su veredicto.
En sus veinte años de gobierno en Judea, había conocido muchísimos profetas, locos y visionarios de todo tipo; Jerusalén era una de sus mejores canteras, los producía por docenas. Pero había algo en el mensaje del joven nazareno, en la forma de proclamar la verdad de la compasión en el corazón humano, la necesidad del perdón hasta para los enemigos, que era capaz de traspasar las pieles más duras y llegar al interior. En su curtida alma de político, intuía que las palabras de este joven, no se olvidarían nunca. Que tenían la fuerza necesaria para renovarse en el espíritu humano una y otra vez, de generación en generación, hasta el final de los tiempos. ¿ Sería esto la inmortalidad?.
Pensó en la triste suerte que esperaba al reo, después del giro que Caifás había dado a la acusación al introducir en el proceso al propio legado de Tiberio en la legión, como si se tratara de un delito de rebelión contra Roma.. Y a modo de despedida, sin atreverse a mirar a los ojos al preso dijo:
- Temo que no está en mi mano cambiar tu destino.
- Tú los has dicho, contestó el preso, mi destino hace mucho que está escrito.
Una frase sin duda enigmática que en aquellos momentos de tribulación pasó completamente desapercibida para el Procurador.

Pilatos mandó que se llevaran al preso y subió a la azotea superior del palacio, pertrechado con capucha para protegerse del sol. Sólo para incomodarlo, hizo subir a Caifás y le hizo esperar unos minutos a pleno sol, mientras contemplaba el odiado panorama de Jerusalén. Las tortuosas calles de casas abigarradas, sus inseguros puentes colgantes, sus fortalezas privadas y el templo, ese montón de mármol imposible de describir, cubierto por láminas de rutilantes escamas doradas de dragón, en lugar de tejado. Abajo podía percibirse el zumbido sordo de la multitud en la plaza, sobre el que de vez en cuando se alzaban los gritos y gemidos de la plebe.
El Procurador, consciente del temor de Caifás a quedar impuro, buscó el contacto físico en el saludo al gran sacerdote, tratando de palmearle la espalda y lo invitó a que compareciera frente a la plebe en el gran balcón del palacio, donde podría resguardarse del implacable sol. Pero Caifás se excusó con delicadeza, explicando, como si el procurador, no lo supiera de sobra y lo oyera por primera vez, que no podía hacerlo en vísperas de la fiesta.
Pilatos llevaba la cabeza cubierta con la capucha y Caifás, tratando de terminar con aquella molesta situación abordó el tema sin preámbulos:
- ¿Su excelencia ha dictado veredicto, en la sentencia que le ha sido sometida a su aprobación?
- Estimado Pontífice, he examinado al reo y en su conducta no hallo delito alguno merecedor de la muerte. Si os ha ofendido en algo, creo que con una corrección será suficiente.
- Pero Caifás esperaba esta respuesta y tenía bien estudiada la suya. Comprendo que el Procurador de Roma, no considere digno de una condena a muerte, la blasfemia y el sacrilegio contra la religión judía, incluso sé que podría llegar a pasar por alto el alboroto y la provocación a la autoridad hebrea, a fin de cuentas, siempre sería un buen pretexto para blandir la espada contra los revoltosos hebreos. Ahora bien, nos preguntamos en el Sanhedrín como recibirá el Cesar, si es que la sentencia de muerte, no es confirmada, la desautorización pública ante la plebe y las autoridades locales de su legado, en un caso tan señalado, de lesa majestad y de incitación a la rebelión contra Roma.
- Observo, con notable sorpresa que conocéis de antemano el veredicto de la plebe. Sin embargo os hago notar, que no he dicho en ningún momento, que no vaya a aprobar la sentencia de muerte contra Joshua. Sólo quiero saber si el Sanhedrín, ha considerado que este joven, no es un delincuente, sino un pacífico idealista, un visionario, que no ha hecho daño a nadie. Ya que el Sanhedrín podría otorgarle su indulto de la Pascua, antes que a Barrabás convicto del asesinato de varias personas.
- Comprendiendo el valor de la indicación del Procurador de Roma, debo comunicar a su Excelencia, que el Sanhedrín ha deliberado este caso con muchísimo detenimiento, y ha decido otorgar el indulto a Barrabás.
El Procurador insistió para que se cambiara el indulto en favor del Nazareno. A la hora del mediodía, y en el balcón del palacio del Pretorio, ante la plebe de Jerusalén que gritaba histéricamente “salvad a Barrabás, entréganos a Joshua”, Poncio Pilatos representó ese breve y triste papel que le ha asignado la historia. Y tuvo que preguntar por tres veces a la chusma, y quiso que le vieran lavarse las manos antes de entregar al nazareno, y a él se le atribuye una profética maldición sobre el pueblo hebreo: “la sangre de este justo caiga sobre vosotros”. ¿O no fue así?.



jueves, 9 de abril de 2009

Reseña del Velo Pintado.

"Para rezar a Dios con devoción no hace falta creer en Dios, según los dogmas de ninguna religión".
William Somerset Maugham




William Somerset Maugham (1874-1965), alcanzó popularidad como novelista el siglo pasado, con una forma rápida y sencilla de narrar. Su estilo personal planea como un avión ultraligero y parece desligarse tanto de las complejidades psicológicas de los personajes, como del mensaje social comprometido, con un desapego que afecta incluso, a la espectacularidad de la acción, que también parece contemplar con hastío.Un estilo que renuncia voluntariamente al uso de todo énfasis literario, ya sea estilístico o contextual. Sospecho que éste es el motivo por el que muchas de sus novelas fueron consideradas "obras menores" por sus contemporáneos. En la segunda mitad del siglo XX, gran parte de la literatura sufrió este cautiverio de " lo importante", ya fuera bajo el yugo de la crítica contextual, (marxista, o existencialista), o por el de signo contrario, el no menos despiadado culto, de la originalidad (esteticismo).
Yo he leído dos obras de Somerset Maugham, “El Filo de la Navaja” (1944) y más recientemente, *“El Velo Pintado” (1925), y me parecen estupendas. En ambas con visión desencantada de la vida, irónica frente a la importancia que otorgamos al presente, se narra un viaje.
En "El Filo de la Navaja", un viaje sin retorno, el protagonista traumatizado por su experiencia en la Primera Guerra, renuncia a todo su presente, a sus amigos, a sus bienes etc, para marcharse a Oriente, a la India, en busca de un sentido para vivir.
"En el Velo Pintado", el viaje es de ida y vuelta. Según parece, Maugham se inspiró en una escena del Purgatorio de la Divina Comedia, en la que a una mujer infiel a su esposo, por amor verdadero a otro hombre, se le permite expiar su culpa acompañando a su marido hasta las entrañas mismas de la muerte.
El argumento en apariencia, es el de una novela romántica típica del siglo XIX. Kitty Garstin, una agraciada joven londinense de clase media, cumple sus veinticinco años, sin haber alcanzado el objetivo para el que fue educada por su madre: hacer una buena boda. Su limitada y “machista” educación ha hecho de ella una persona egocéntrica. Sin temor a las consecuencias y antes de que el matrimonio de su hermana menor, la reduzca a la condición de solterona pobre, contrae matrimonio con un bacteriólogo. Es un hombre inteligente, educado y moralmente intachable, que la adora pero de quien no está enamorada. Después de la boda, se trasladan a Hong Kong, donde Kitty se enamora de Charlie Towsend, un inglés apuesto y frívolo, un hombre de éxito entre la colonia extranjera, con quien será infiel a su marido. Descubiertas sus relaciones adúlteras, y traicionada por Charlie, se verá obligada a seguir a su esposo a una zona del interior de China afectada por el cólera. Kitty, incapaz de obtener el perdón de su marido, se entrega a labores humanitarias. El contacto con la muerte y con una realidad dura y penosa, harán de ella, una persona nueva.
"El Velo Pintado", está más cerca de una de las llamadas "novelas de iniciación espiritual", que de una novela romántica. El entorno exótico colonial en el interior de China, la ignota ciudad amurallada de la epidemia,"Mei Tan Fu", en la que señorea la muerte. El referente moral, de las monjas francesas que ayudan a los enfermos y acogen los huérfanos, con una fe absoluta en el valor de su entrega humanitaria. No suscitan ningún tipo de romanticismo; sino, más bien sus contrarios: el miedo, el dolor, la impotencia, la fatiga, la soledad, que apenas pueden paliarse, concentrándose en los ejemplos de esfuerzo, de valor, de abnegación, de amor al prójimo de las monjas. Una actitud que sólo es comprensible mediante la elevación espiritual, la respetuosa devoción ante el misterio del vivir, de quien trata de actuar dignamente, a pesar de nuestra frágil, de nuestra torpe condición humana.
Todo- parece decirnos Maugham- no es más que la expresión de un doloroso proceso de crecimiento espiritual y personal. De este viaje apasionante en busca de sentido, al que aludíamos, que es el verdadero motivo de esta maravillosa novela… ¡ y de la vida!.


*El título se refiere al parecer, a un soneto de P.B. Shelley: " El velo pintado al que quienes viven llaman vida". El poema alude a que tras el velo de las apariencias, la vida no esconde amor, sino miedo, desdicha y oscuridad.

sábado, 4 de abril de 2009

El río de Heráclito

“A nadie le está dado recorrer más que una parte infinitesimal del palacio. Alguno no conoce sino los sótanos. Podemos percibir unas cosas, unas voces, unas palabras, pero lo que percibimos es ínfimo”. J.L Borges

¿ Qué podemos decir o hacer con verdadero valor, en "esta desconocida y ansiosa y breve cosa que es la vida" ?.

Todo lo humano es variable. Nada más enjundioso que el empeño en desvelar la realidad de cada episodio de nuestro deambular por la tierra. ¿ Qué puede haber de hermoso en el relato fiel de nuestro penoso trasiego con los hechos y las cosas?. Sólo la alada mentira de la ficción, sobrevuela con encanto y ligereza la trabajosa explicitación cotidiana de las cosas y los hechos, tan provisionales…

Decía Borges que todo lo que se ha escrito consiste en la diferente manera de entonar cinco o seis grandes metáforas. Y dado que las tramas están limitadas por la capacidad humana de contar, solo nos queda observar las ya existentes en novelas y cuentos. Hay que leer: “La poesía es el encuentro con el libro, el descubrimiento del libro”.
Ahora bien, aún para el mismo lector, el mismo libro cambia. Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro, que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto. También el texto es el cambiante río de Heráclito.