sábado, 14 de febrero de 2009

¡Creer en San Valentín!


Transcripción de la conversación telefónica entre María y Carlota del sábado 14 de febrero del 2009, día de San Valentín:

-María: Sabes, el chico mono del gimnasio me invitó ayer a cenar.
- Carlota:¡ No fastidies!. Me alegro por ti y por él, ese jovencito iba a acabar desperdiciado a causa de su timidez, hasta parecía que le daba vergüenza hablar.
- María: Pues habla y muy bien. Se llama Miguel, es algo más joven que yo, pero ha terminado los estudios que ha hecho en Italia y pretende sacar adelante un pequeño negocio, para dar satisfacción a su verdadera pasión, fabricar artesanalmente instrumentos musicales para cuerda.
-Carlota: ¡Pero si parece que no llega a la mitad de la veintena!.
-María: Tiene 27 años y mucho empuje. Me ha pedido que salgamos... y le he dicho que sí. La semana que viene tiene que ir a Venecia a comprar el material para confeccionar unas réplicas de no se que famosos violines llamados Guarnieri, que le han encargado. Dice que se aproxima el carnaval y me ha propuesto que lo acompañe. A eso también le dicho que sí. ¿ Crees que he hecho bien?
-Carlota: ¡Estoy pasmada…! ¡Cariño, tendré que volver a creer en san Valentín!.

viernes, 13 de febrero de 2009

El dolor como germen poético.


“ Vi que el dolor es el único alimento de la memoria porque el placer termina en si mismo”.

Como todos los viernes, Jorge, aprovecha nuestra visita para terminar ( desde otro ángulo) su semblaza de la figura de Octavio Augusto.

El poeta Ovidio nació en al año 43 A.J. en Sulmona, una pequeña localidad de los Abruzzos.Tuvo un padre rico que le preparó al hijo la carrera de los honores y lo envió a Roma a estudiar retórica. Pero Ovidio no tenía otra vocación que la de las Musas. “¿ Por qué buscar la gloria en las batallas o en vociferar en el ingrato foro? Yo quiero que mi gloria sea inmortal ”. Por otra parte le sobraba dinero para vivir a su antojo.
El amor le proporcionó un interesante asunto de estudio psicológico. Ovidio estaba inspirado por la musa frívola de los versos amorosos. Digo frívola, porque Ovidio reconoce no haber vivido lo que escribe, sus versos amorosos son una fantasía, un juego erótico, un placentero entretenimiento. Sus poemas son un bello artificio de elegantes palabras, con imágenes picantes, de doble sentido, a veces chocantes, inspiradas en la cultura griega. Sin embargo, carecen de ese aliento de autenticidad que tienen las pasiones violentas sentidas en la propia carne.
Al contrario que Virgilio y Horacio que dependían económicamente de Mecenas, es decir del círculo político de Augusto, y contribuían con su poesía a la tarea moralizadora emprendida por el Emperador. Ovidio era independiente y se sentía imbuido del júbilo y de la frivolidad de costumbres de la que hacía gala la clase aristocrática. En el año 8 A J, el mismo en que Octavio con profundo dolor, veíase obligado a desterrar a su hija Julia, por desafiar con su conducta sexual, los decretos paternos, Ovidio tuvo la ocurrencia de publicar “El Ars Amandi”. Una especie de manual sobre estrategia amorosa para uso de ambos sexos, en el que con sugestivas imágenes eróticas, se canta el gozo del amor sensual, y la libertad de costumbres por encima de cualquier otra consideración. La inmensa popularidad que el libro alcanzó, evidenció ante todos, el fracaso absoluto del emperador en su intento de reformar las costumbres e imponer normas de moralidad pública. En consecuencia Augusto consideró a Ovidio un corruptor de la juventud.

Cuando, en año 2 D. J., la propia nieta de Augusto, fue desterrada de Roma por imitar a su nada virtuosa madre, Ovidio, que contaba 50 años de edad, apareció implicado en el escándalo como uno de su amantes. Por este motivo, fue desterrado a Tomi ( la actual Constanza) en la orilla Occidental del mar Negro. "El arte de amar" fue prohibido.
La pequeña colonia romana estaba aislada entre inmensas estepas, rodeada de bárbaras tribus escitas. Ovidio escribió a sus amigos de Roma, un montón de cartas llenas de súplicas, tratando de calmar la cólera de Augusto. “Los único artículos que producen los escitas son las flechas con las que matan de vez en cuando a algún colono”. En ellas, Tomi aparece como un pobre poblado insoportable para quien ha gozado del lujo y las comodidades de Roma. Describe la crudeza de los inviernos, durísimos para quien ha estado acostumbrado al sol y al clima cálido de Italia. El desterrado se lamenta de su destino, tratando de sobrevivir y dedicado escribir melancólicos versos " Los tristes" y cientos de cartas a su mujer y a sus amigos, pidiéndoles que intercedan ante Augusto."Las Epistulae ex Ponto” son cuatro libros de cartas poéticas, llenas de la autenticidad y de la fuerza poética, que sólo conoce, quien tiene el alma atormentada.Ovidio ya nada tiene que ver con aquel joven patricio, que escribía frivolidades amorosas.
¡Pero todo es en vano, cuando se trata de aplacar emperador!; Octavio permaneció inconmovible. ¡Jamás perdonaría a aquel inconsciente que había trivializado, que se había burlado de las causas de su desgracia!.
Enfermo de cuerpo y del alma, Ovidio arrastró una vida desgraciada.La voz del poeta enmudeció precisamente cuando el dolor le había hecho alcanzar la cima de su talento. Después de diez años de destierro, aquel poeta, tan feliz y despreocupado en otro tiempo, fue conducido a su última morada en las playas inhospitalarias del mar Negro

jueves, 12 de febrero de 2009

Desconsuelo amoroso


"El medio más seguro de no llegar a ser muy infeliz, es no pretender ser muy feliz".

Carlota ha venido esta tarde bastante descompuesta. ¿De dónde - se pregunta desconsolada- ha sacado ella, ese deseo repentino de hacer eterno lo pasajero?.

- Qué me autoriza a poner en una cara hermosa, en un cuerpo sexi, ese caudal tan enorme de emociones y expectativas. El amor es como el fuego que devora los leños de los que nace, la concentración en el objeto amado y el afán de posesión, son siempre los venenos que terminan por matarlo.
- También yo,-dije- he tenido que aprender a la fuerza, que nada hay indiferente a la pasión, se puede gozar con una nadería y se sufre con menos todavía.
- Cuando no la agitan las pasiones mi vida es aburrida, incluso insulsa. Pero cuando la agitan, tarda bien poco en volverse dolorosa. Temo que las únicas personas felices, sois aquellas a las que os ha correspondido una demasía de intelecto. Sobre todo, si las circunstancias os permiten llevar, junto a la vida real, una vida intelectual o artística, que os ocupa y entretiene continuamente de manera no dolorosa y sin embargo muy viva.
- Quizá sea todo mucho más facil... Habrá que creer lo que decía Ramón Gómez de la Serna: “La felicidad consiste en ser un desgraciado que se sienta feliz"

miércoles, 11 de febrero de 2009

Las cosas minúsculas

Algunas perlas que expresan el modo de ser de Ramón:
Entre la exasperante necesidad de matar el tiempo y la abulia existe un término medio. Se trata de alcanzar el estado más delicioso –el más próximo a lo que debió de ser el paraíso-. Se trata de encontrar entretenimiento en las cosas minúsculas.
Ver como llueve, encender un fuego, seguir los movimientos de una barca o del sol en una pared. Masticar una brizna de tomillo, respirar el aire lleno de resina de pino, escuchar el viento, el agua, las notas del piano, buscar setas, espárragos, caracoles, son ocupaciones que honran a una persona decente.

martes, 10 de febrero de 2009

Denuestos contra la mala novela histórica


Quiero aclarar, antes de copiar sus opiniones- que en el fondo comparto- que Montse es una mujer sincera y un poco visceral.

A raíz de la lectura de " Vida de los Doce Cesares" de Suetonio y compararla con una célebre novela histórica:
" Los historiadores antiguos nos dejaron novelas deliciosas bajo la forma de hechos reales. El novelista moderno nos presenta aburridos relatos bajo el disfraz de la novela"
Más conclusiones tras ojear las veinte primeras páginas de una de las muchas secuelas de esa novela histórica y tener que abandonarla asqueada:
"En los viejos tiempos los libros los escribían los hombres de letras y los leía el público. Hoy los libros los escribe el público y no los lee nadie".

lunes, 9 de febrero de 2009

Plaudite! ¡Así pues, aplaudidme!.

Jorge prosigue su semblanza de Octavio Augusto iniciada el viernes con el título: "La Pax Romana".

Después de más de un siglo de sangrientas guerras civiles ya no había un solo romano que hubiese conocido la República. Octavio, al fin y al cabo, miembro de la familia Julia, una de las más antiguas del patriciado romano, fue lo bastante sagaz para respetar la ilusión anhelada por muchos de que la República se perpetuara en el Principado. Precipitar la agonía de la República hacia una monarquía imperial no hubiera supuesto más que otro baño de sangre, y de eso ya habían tenido demasiado. Comprendió que en el mundo las palabras que nombran los ideales sobreviven a las realidades, y ofreció al pueblo y al ejército romano una nueva estructura política: “El Principado”. Una estupenda ficción en la que el Emperador, aparecía como el actor protagonista revestido con el disfraz de primer ciudadano de la República. Una representación escenográfica en toda regla en la que el Princeps debe obedecer las leyes como cualquier otro ciudadano, y al igual que los otros Magistrados: Cónsules, Pretores y Procónsules, deriva su autoridad del pueblo romano. Cierto que al acumular en sus manos el poder militar, y el poder de anular cualquier decisión del Senado como Tribuno de la Plebe Vitalicio, tenía el poder necesario en la práctica para imponer a todos su voluntad. Pero este poder, "que no deseaba", era un deber sagrado para él, pues se lo había otorgado el pueblo Romano, en agradecimiento a su gran labor de pacificador. Como un buen actor, Octavio interpretó fielmente su papel hasta el final de sus días. Lloró de alegría al recibir el título de “Padre de la Patria”, y cuando el pueblo entusiasmado quiso ofrecerle los veinticuatro haces, símbolos del poder dictatorial, se arrodilló y suplicó que no lo abrumaran con una dignidad que evocaba tantos recuerdos sangrientos. Consciente del poder de la palabra, se rodeo de poetas que ensalzaban la leyenda de Roma, y su propia leyenda: notoriamente vivía sin lujos, como un ciudadano más, se enorgullecía de llevar los vestidos tejidos y cosidos por su mujer y su hija; comía y bebía poco, apenas unas rebanadas de pan, queso, un poco de pescado y uvas o higos verdes que solía coger el mismo; dirigía la palabra a todo el mundo y dispuso que los senadores no se levantaran a su entrada en el Senado. Realizó una auténtica reconstrucción de Roma, con obras de saneamiento y embellecimiento de la nueva capital del mundo.
El ideal que persiguió durante los cuarenta años de su reinado podría llamarse renacimiento del antiguo espíritu romano. Quizá porque conocía la fragilidad de la corrompida aristocracia romana, frente al inmenso potencial de las Provincias, entendió que sólo honrando y difundiendo las virtudes antiguas del pueblo romano, los pueblos sometidos a lo largo y a lo ancho del mundo conocido, podrían sentir su tutela como algo benéfico para ellos. Los mejores poetas y prosistas de su tiempo, Virgilio, Horacio, Tito Livio, expresaron este ideal con entusiasmo.
Octavio había concebido la educación moral de una nueva clase de patricios, hijos de la aristocracia, capaces de legitimar el poder de Roma en el mundo. Era una hermosa versión del Mito de la Edad de Oro y como toda utopía, pronto se estrelló contra la cruda realidad. Su pretendida reforma de costumbres fue un completo fracaso. La corrupción de la aristocracia hacía tiempo que había herido de muerte a la familia romana y su extinción solo era cuestión de pocos años. Los decretos contra el lujo, el adulterio y a favor del matrimonio estable y con descendencia, nada pudieron ante la degeneración moral de la clase senatorial y del populacho. Cuenta Suetonio que la propia familia de Augusto era un vivo ejemplo de depravación: los envenenamientos cometidos por su propia esposa, Livia, o los escándalos sexuales de su hija Julia y de su nieta. Octavio fue viendo desaparecer, uno tras otro, a sus hijos, a sus amigos y a sus nietos y se encontraba envejecido, como un árbol al que se le arrancan las ramas. Era un anciano ensimismado y silencioso, pero se cuenta que cuando sintió cercano su fin , reunió en su lecho de muerte a sus amigos y les preguntó: ¿ He desempeñado bien mi papel en el teatro de la vida? Le respondieron que sí y para romper la tensión de aquellos momentos citó la frase con la que los actores romanos terminaban su recita: Plaudite! ( ¡Así pues aplaudidme!)

domingo, 8 de febrero de 2009

El sueño.


“La noche nos impone su tarea mágica. Destejer el universo, las ramificaciones infinitas de efectos y de causas que se pierden en ese vértigo sin fondo del tiempo.
La noche quiere que esta noche olvides tu nombre, tus mayores y tu sangre. Cada palabra humana, cada lágrima, lo que pudo enseñarte la vigilia, el ilusorio punto de los geómetras, la línea, el plano, el cubo, la pirámide, el cilindro, la esfera, el mar, las olas, tu mejilla en la almohada, la frescura de la sábana mueva, los jardines, los imperios, los césares y Shakespeare y lo que es más difícil, lo que amas.
Curiosamente una pastilla puede borrar el cosmos y erigir el caos”

Jorge Luis Borges