domingo, 8 de febrero de 2009

La plácida poesía de Agilulfo

"Hase de usar la poesía como de una joya preciosísima, cuyo dueño no la trae cada día, ni la muestra a todas las gentes, ni a cada paso" Miguel de Cervantes.


El poeta no alude directamente a las cosas. Las insinua, se acerca a ellas con religioso cuidado, midiendo en cada momento las palabras, como si temiera las consecuencias de una desagradable fricción. Más que buscar un orden, se diría que su propósito es evitar que el orden se rompa. Tuyo, A.

sábado, 7 de febrero de 2009

La siesta.



Si alguien me preguntara cuando un día
llegue al confín secreto : ¿qué es la tierra?
diría que un lugar en que hace frío
en el que el fuerte oprime, el débil llora,
y en el que como sombra, la injusticia,
va con su capa abierta recogiendo
el óbolo del rico y la tragedia
del desahuciado : un sitio abrupto.

Pero también diría que otras veces,
en claras situaciones alternantes,
cuando llega el estío y los países
parecen dispensar la somnolencia
de un no saber por qué se está cansado,
mientras vibra en lo alto, alucinante,
un cielo azul, los frutos se suceden
sobre las mesas blancas, y entornados
los ventanales, frescos de penumbra,
buscamos un rincón donde rendirnos
al dulce peso, entonces sí, diría
que la tierra es un bien irremplazable,
un fluido feliz, un toque absorto.
Como una tentación sin precedentes
hecha a la vez de ardor y de renuncia.
Una inmersión gustosa, un filtro lento.
Juan Gil -Albert.

viernes, 6 de febrero de 2009

La Pax Romana.


A Jorge le encantaba la historia y solía elegir los viernes por la tarde, para despacharse a gusto con nosotros, en lo que el llamaba: "el recuerdo de los grandes hitos". Y aun siendo consciente de su carácter efectista y a la posibilidad de incurrir en simplificaciones arbitrarias que ningún historiador serio se permitiría, no quiso renunciar a hacer una serie de semblanzas, una especie de repaso de los momentos que le parecían más significativos de la historia de la humanidad.



Después de la victoria de Accio y de la muerte de Antonio, Octavio se encontró solo, al frente del ejército romano. El verdadero poder se asentaba ahora en el ejército; la República cuya vitalidad sometió al mundo durante siglos, estaba ahora muerta y no podía resucitar. Los jefes optimates no sobrevivieron a las guerras civiles y las proscripciones; y el pueblo de Roma tal y como aparecía en la Asamblea, era un mar agitado a capricho de los demagogos, una masa ciega que abandonaba su autoridad a quienes le daban pan y diversiones. El único organismo con significación política era el ejército y desde tiempo atrás este no pertenecía ya a la República, sino a su comandante en jefe. Las Magistraturas de la República no servían ya para el gobierno mundial. El venerable Senado sólo era ya el consejo comunal de la ciudad de Roma. Las fuerzas vivas de Roma estaban en las provincias, en ellas obtenían sus hombres las legiones, de ellas salían sus mejores cuadros de funcionarios, técnicos y militares, no de la decadente aristocracia romana.El Imperio necesitaba un hombre que velara por la prosperidad y por los intereses comunes de la romanidad, un sostén de las únicas estructuras estatales conocidas hasta entonces, y este hombre único, no podía ser otro que Octavio.
El reinado de Octavio Augusto fue el siglo de oro para el Imperio Romano; el siglo de la Paz, se cerraron la puertas del templo de Jano, como símbolo de la paz que reinaba en el mundo conocido bajo la protección de las armas romanas. Las provincias romanas alcanzaron la cima de su desarrollo, cayeron los obstáculos que hasta entonces dificultaban la circulación de bienes e ideas y podría decirse sin temor a exageración que para la mayoría de los hombres que vivían dentro de los límites del Imperio Romano la vida mejoró.
Octavio consiguió constituir un solo imperio homogéneo entre una multitud de razas que hablaban diferentes lenguas y tenían diferentes costumbres. Y su éxito se debió, no tanto a la supremacía militar del ejército romano, ni al castigo de los muchos gobernadores y funcionarios corruptos, sino sobre todo, al papel civilizador que jugaron las legiones en su larga convivencia con las poblaciones autóctonas muy atrasadas culturalmente y a dos maravillosos instrumentos: El latín, una lengua muy superior a las conocidas hasta entonces ( "y quizá aun hoy, la más elegante de todas") y a esa formidable arquitectura, el Derecho Romano, que durante un tiempo logró infundir en estos pueblos atrasados, que en el Estado Romano (representado por las magistraturas locales) se colocaba el interés general del Imperio, -es decir la Ley- por encima de todo lo demás.

jueves, 5 de febrero de 2009

Reseña agilulfina de Miguel Strogoff.



"El ver mucho y el leer mucho aviva los ingenios de los hombres" Miguel de Cervantes.





En el buzón de María apareció, firmada por Agilulfo, lo que bajo apariencia de reseña literaria, era el vivo retrato del alma del Caballero Desaparecido. María intuyó que el dibujo que la acompañaba,un joven moreno, con bigote, vestido con el uniforme rojo de los oficiales de correos, no podía ser otro que el propio Agilulfo.Tal era la expresión de determinación y fuerza que advirtió en su mirada.


"Los verdaderos viajes son los que se hacen con la imaginación.Quiero decir que moverse de un lugar a otro, no es propiamente viajar, si al mismo tiempo no se realiza un tránsito subjetivo. Una suerte de aprendizaje personal ante la nueva realidad que nos pone a prueba".
Miguel Strogoff es el paradigma de las narraciones de viaje. Julio Verne jamás estuvo en Rusia, ni puso un pie en Siberia y sin embargo, su fertil imaginación supo impregnar el paisaje de Siberia en la mente de las sucesivas generaciones de jóvenes lectores.
Es cierto que el protagonista participa en buena parte de los ideales del héroe romántico,es valeroso, leal, individualista.Pero no es menos cierto que su mayor valor es el empeño con el que se somete a una serie de pruebas que le exigen un continuo perfeccionamiento interior.
¿ Cómo no sentir simpatía por este entrañable héroe juvenil?. Su entusiasmo por atravesar Siberia a pesar de todas las dificultades nos incita a acompañarlo.Quisieramos subir con él las pendientes de los Urales en medio de una tormenta, o cruzar a caballo los pantanos de la Baraba, perseguidos por una banda de tártaros dispuestos a asesinarnos, o pasar un río caudaloso sobre una frágil carreta o navegar junto a él, en un témpano de hielo encima de un mar de fuego. Viéndole siempre seguro de sí mismo, convencido de que llegará a su destino y vencerá a su enemigo, no por la superioridad de su pericia, sino con las solas fuerzas de la tenacidad y la paciencia.
Intuimos que en ese arduo viaje, como en la vida, sólo la obstinación en lo emprendido, le permite sacar de la flaqueza, esas fuerzas imprescindibles para superar airosamente la prueba.


Te quiere, A.

La apariencia personal



"Existe algo más puntual que el reloj, el espejo."




Anotaciones en el cuaderno de María, a raíz del encuentro con Carlota y su guapo amigo:
Por mucho empeño que ponga la publicidad del importante negocio de la imagen, resulta obvio que al cabo de unos pocos años, acaba siendo imposible modificar nuestra apariencia personal. Las apariencia de nuestro cuerpo no depende de nuestra voluntad, sino de la genética, de la alimentación que hemos recibido o de la edad, y una simple enfermedad o un accidente, pueden alterarla para siempre.
Sin embargo, es esta apariencia externa lo primero que perciben de nosotros los demás y muchas veces, lo único. Por ella nos ubican irremisiblemente y por esos todos tratamos de acomodarla a nuestras expectativas sociales. Es decir al modo a como queremos ser recibidos por los demás.
En consecuencia, sea cual sea nuestra edad y circunstancia, la higiene y el vestido, la dieta, el ejercicio y el descanso diario son aspectos que hay cuidar, por nosotros y por los demás.
Esto que es una obviedad, y que
es la misma esencia de la educación de una persona, debería ser ampliamente recordado a través de campañas publicitarias con cargo a los presupuestos de Sanidad y Educación.

martes, 3 de febrero de 2009

La ironía: De balística. Juan José Arreola

Jorge eligió uno de sus libros gemelos y nos leyó este cuento de Arreola. A su modo de ver, su ironía era una crítica mordaz a la forma que tenemos de entender la Historia.


"Ne saxa ex catapultis latericium discuterent. -César, De bello civili lib. 2.
Catapultae turribus impositae et quoe spicula mitterent, et quoe saxa.-Appianus, Ibericoe".


Esas que allí se ven, vagas cicatrices entre los campos de labor, son las ruinas del campamento de Nobílior. Más allá se alzan los emplazamientos militares de Castillejo, de Renieblas y de Peña Redonda. De la remota ciudad sólo ha quedado una colina cargada de silencio...
-¡Por favor! No olvide usted que yo he venido desde Minnesota. Déjese ya de frases y dígame qué, cómo y a cuál distancia disparaban las balistas.
-Pide usted un imposible.
-Pero usted es reconocido como una autoridad universal en antiguas máquinas de guerra. Mi profesor Burns, de Minnesota, no vaciló en darme su nombre y su dirección como un norte seguro.
-Dé usted al profesor, a quien estimo mucho por carta, las gracias de mi parte y un sincero pésame por su optimismo. A propósito, ¿qué ha pasado con sus experimentos en materia de balística romana?
-Un completo fracaso. Ante un público numeroso, el profesor Burns prometió volarse la barda del estadio de Minnesota y le falló el jonrón. Es la quinta vez que le hacen quedar mal sus catapultas, y se halla bastante decaído. Espera que yo le lleve algunos datos que lo pongan en el buen camino, pero usted...
-Dígale que no se desanime. El malogrado Ottokar von Soden consumió los mejores años de su vida frente al rompecabezas de una ctesibia machina que funcionaba a base de aire comprimido. Y Gatteloni, que sabía más que el profesor Burns, y probablemente que yo, fracasó en 1915 con una máquina estupenda, basada en las descripciones de Ammiano Marcelino. Unos cuatro siglos antes, otro mecánico florentino, llamado Leonardo de Vinci, perdió el tiempo construyendo unas ballestas enormes, según las extraviadas indicaciones del célebre amateur Marco Vitruvio Polión.
-Me extraña y ofende, en cuanto devoto de la mecánica, el lenguaje que usted emplea para referirse a Vitruvio, uno de los genios primordiales de nuestra ciencia.
-Ignoro la opinión que usted y su profesor Burns tengan de este hombre nocivo. Para mí, Vitruvio es un simple aficionado. Lea usted por favor sus libri decem con algún detenimiento: a cada paso se dará cuenta de que Vitruvio está hablando de cosas que no entiende. Lo que hace es transmitirnos valiosísimos textos griegos que van de Eneas el Táctico a Herén de Alejandría, sin orden ni concierto.
-Es la primera vez que oigo tal desacato. ¿En quién puede uno entonces depositar sus esperanzas? ¿Acaso en Sexto Julio Frontino?
-Lea usted su Stratagematon con la mayor cautela. A primera vista se tiene la impresión de haber dado en el clavo. Pero el desencanto no tarda en abrirse paso a través de sus intransitables descripciones y errores. Frontino sabía mucho de acueductos, atarjeas y cloacas, pero en materia de balística es incapaz de calcular una parábola sencilla.
-No olvide usted, por favor, que a mi regreso debo preparar una tesis doctoral de doscientas cuartillas sobre balística romana, y redactar algunas conferencias. Yo no quiero sufrir una vergüenza como la de mi maestro en el estadio de Minnesota. Cíteme usted, por favor, algunas autoridades antiguas sobre el tema. El profesor Burns ha llenado mi mente de confusión con sus relatos, llenos de repeticiones y de salidas por la tangente.
-Permítame felicitar desde aquí al profesor Burns por su gran fidelidad. Veo que no ha hecho otra cosa sino transmitir a usted la visión caótica que de la balística antigua nos dan hombres como Marcelino, Arriano, Diodoro, Josefo, Polibio, Vegecio y Procopio. Le voy a hablar claro. No poseemos ni un dibujo contemporáneo, ni un solo dato concreto. Las pseudobalistas de Justo Lipsio y de Andrea Palladio son puras invenciones sobre papel, carentes en absoluto de realidad.
-Entonces, ¿qué hacer? Piense usted, se lo ruego, en las doscientas cuartillas de mi tesis. En las dos mil palabras de cada conferencia en Minnesota.
-Le voy a contar una anécdota que lo pondrá en vías de comprensión.
-Empiece usted.
-Se refiere a la toma de Segida. Usted recuerda naturalmente que esta ciudad fue ocupada por el cónsul Nobílior en 153.
-¿Antes de Cristo?
-Me parece innecesario, más bien dicho, me parecía innecesario hacer a usted semejantes precisiones.
-Usted perdone.
-Bueno. Nobílior tomó Segida en 153. Lo que usted ignora con toda seguridad es que la pérdida de la ciudad, punto clave en la marcha sobre Numancia, se debió a una balista.
-¡Qué respiro! Una balista eficaz.
-Permítame. Sólo en sentido figurado.
-Concluya usted su anécdota. Estoy seguro de que volveré a Minnesota sin poder decir nada positivo.
-El cónsul Nobílior, que era un hombre espectacular, quiso abrir el ataque con un gran disparo de catapulta...
-Dispénseme, pero estamos hablando de balistas...
-Y usted, y su famoso profesor de Minnesota, ¿pueden decirme acaso cuál es la diferencia que hay entre una balista y una catapulta? ¿Y entre una fundíbula, una doríbola y una palintona? En materia de máquinas antiguas, ya lo ha dicho don José Almirante, ni la ortografía es fija ni la explicación satisfactoria. Aquí tiene usted estos títulos para un mismo aparato: petróbola, litóbola, pedrera o petraria. Y también puede llamar usted onagro, monancona, políbola, acrobalista, quirobalista, toxobalista y neurobalista a cualquier máquina que funcione por tensión, torsión o contrapesación. Y como todos estos aparatos eran desde el siglo IV a C. generalmente locomóviles, les corresponde con justicia el título general de carrobalistas.
-...
-Lo cierto es que el secreto que animaba a estos iguanodontes de la guerra se ha perdido. Nadie sabe cómo se templaba la madera, cómo se adobaban las cuerdas de esparto, de crin o de tripa, cómo funcionaba el sistema de contrapesos.
-Siga usted con su anécdota, antes de que yo decida cambiar el asunto de mi tesis doctoral, y expulse a mis imaginarios oyentes de la sala de conferencias.
-Nobílior, que era un hombre espectacular, quiso abrir el ataque con un gran disparo de balista...
-Veo que tiene usted sus anécdotas perfectamente memorizadas. La repetición ha sido literal.
-A usted, en cambio, le falla la memoria. Acabo de hacer una variante significativa.
-¿De veras?
-He dicho balista en vez de catapulta, para evitar una nueva interrupción por parte de usted. Veo que el tiro me ha salido por la culata.
-Lo que yo quiero que salga, por donde sea, es el disparo de Nobílior.
-No saldrá.
-Qué, ¿no acabará usted de contarme su anécdota?
-Sí, pero no hay disparo. Los habitantes de Segida se rindieron en el preciso instante en que la balista, plegadas todas sus palancas, retorcidas las cuerdas elásticas y colmadas las plataformas de contrapeso, se aprestaba a lanzarles un bloque de granito. Hicieron señales desde las murallas, enviaron mensajeros y pactaron. Se les perdonó la vida, paro a condición de que evacuaran la ciudad para que Nobílior se diera el imperial capricho de incendiarla.
-¿Y la balista?
-Se estropeó por completo. Todos se olvidaron de ella, incluso los artilleros, ante el regocijo de tan módica victoria. Mientras los habitantes de Segida firmaban su derrota, las cuerdas se rompieron, estallaron los arcos de madera, y el brazo poderoso que debía lanzar la descomunal pedrada, quedó en tierra exánime, desgajado, soltando el canto de su puño...
-¿Cómo así?
-¿Pero no sabe usted acaso que una catapulta que no dispara inmediatamente se echa a perder? Si no le enseñó esto el profesor Burns, permítame que dude mucho de su competencia. Pero volvamos a Segida. Nobílior recibió además mil ochocientas libras de plata como rescate de la gente principal, que inmediatamente hizo moneda para conjurar el inminente motín de los soldados sin paga. Se conservan algunas de esas monedas. Mañana podrá usted verlas en el Museo de Numancia.
-¿No podría usted conseguirme una de ellas como recuerdo?
-No me haga reír. El único particular que posee monedas de la época es el profesor Adolfo Schulten, que se pasó la vida escarbando en los escombros de Numancia, levantando planos, adivinando bajo los surcos del sembrado la huella de los emplazamientos militares. Lo que sí puedo conseguirle es una tarjeta postal con el anverso y reverso de la susodicha moneda.
-Sigamos adelante.
.-Nobílior supo sacarle mucho partido a la toma de Segida, y las monedas que acuñó llevan por un lado su perfil, y por el otro la silueta de una balista y esta palabra: Segisa.
-¿Y por qué Segisa y no Segida?
-Averígüelo usted. Una errata del que hizo los cuños. Esas monedas sonaron muchísimo en Roma. Y todavía más, la fama de la balista. Los talleres del imperio no se daban abasto para satisfacer las demandas de los jefes militares, que pedían catapultas por docenas, y cada vez más grandes. Y mientras más complicadas, mejor.
-Pero dígame algo positivo. Según usted, ¿a qué se debe la diferencia de los nombres si se alude siempre al mismo aparato?
-Tal vez se trata de diferencias de tamaño, tal vez se debe al tipo de proyectiles que los artilleros tenían a la mano. Vea usted, las litóbolas o petrarias, como su nombre lo indica, bueno, pues arrojan piedras. Piedras de todos tamaños. Los comentaristas van desde las veinte o treinta libras hasta los ocho o doce quintales. Las políbolas, parece que también arrojaban piedras, pero en forma de metralla, esto es, nubes de guijarros. Las doríbolas enviaban, etimológicamente, dardos enormes, pero también haces de flechas. Y las neurobalistas, pues vaya usted a saberlo... barriles con mixtos incendiarios, haces de leña ardiendo, cadáveres y grandes sacos de inmundicias para hacer más grueso el aire inficionado que respiraban los felices sitiados. En fin, yo sé de una balista que arrojaba grajos.
-¿Grajos?
-Déjeme contarle otra anécdota.
-Veo que me he equivocado de arqueólogo y de guía.
-Por favor, es muy bonita. Casi poética. Seré breve. Se lo prometo.
-Cuente usted y vámonos. El sol cae ya sobre Numancia.
-Un cuerpo de artillería abandonó una noche la balista más grande de su legión sobre una eminencia del terreno que resguardaba la aldehuela de Bures, en la ruta de Centóbriga. Como usted comprende, me remonto otra vez al siglo II a. C., pero sin salirme de la región. A la mañana siguiente, los habitantes de Bures, un centenar de pastores inocentes, se encontraron frente a aquella amenaza que había brotado del suelo. No sabían nada de catapultas, pero husmearon el peligro. Se encerraron a piedra y cal en sus cabañas, durante tres días. Como no podían seguir así indefinidamente, echaron suertes para saber quién iría en la mañana siguiente a inspeccionar el misterioso armatoste. Tocó la suerte a un jovenzuelo tímido y apocado, que se dio por condenado a muerte. La población pasó la noche despidiéndolo y dándole fortaleza, pero el muchacho temblaba de miedo. Antes de salir el sol en la mañana invernal, la balista debió de tener un tenebroso aspecto de patíbulo.
-¿Volvió con vida el jovenzuelo?
-No. Cayó muerto al pie de la balista, bajo una descarga de grajos que habían pernoctado sobre la máquina de guerra y que se fueron volando asustados...
-¡ Santo Dios! Una balista que rinde la ciudad de Segida sin arrojar un solo disparo. Otra que mata un pastorcillo con un puñado de volátiles. ¿Esto es lo que yo voy a contar en Minnesota?
-Diga usted que las catapultas se empleaban para la guerra de nervios. Añada que todo el Imperio Romano no era más que eso, una enorme máquina de guerra complicada y estorbosa, llena de palancas antagónicas, que se quitaban fuerza unas a otras. Discúlpese usted diciendo que fue un arma de la decadencia.
-¿Tendré éxito con eso?
-Describa usted con amplitud el fatal apogeo de las balistas. Sea pintoresco. Cuente que el oficio de magíster llegó a ser en las ciudades romanas sumamente peligroso. Los chicos de la escuela infligían a sus maestros verdaderas lapidaciones, atacándolos con aparatos de bolsillo que eran una derivación infantil de las manubalistas guerreras.
-¿Tendré éxito con eso?
-Sea imponente. Hable con detalle acerca de la formación de un tren legionario. Deténgase a considerar sus dos mil carruajes y bestias de carga, las municiones, utensilios de fortificación y de asedio. Hable de los innumerables mozos y esclavos; critique el auge de comerciantes y cantineros, haga hincapié en las prostitutas. La corrupción moral, el peculado y el venéreo ofrecerán a usted sus generosos temas. Describa también el gran horno portátil de piedra hasta las ruedas, debido al talento del ingeniero Cayo Licinio Lícito, que iba cociendo el pan por el camino, a razón de mil piezas por kilómetro.
-¡Qué portento!
-Tome usted en cuenta que el horno pesaba dieciocho toneladas, y que no hacía más de tres kilómetros diarios...
-¡Qué atrocidad!
-Sea pertinaz. Hable sin cesar de las grandes concentraciones de balistas. Sea generoso en las cifras, yo le proporciono las fuentes. Diga que en tiempos de Demetrio Poliorcetes llegaron a acumularse ochocientas máquinas contra una sola ciudad. El ejército romano, incapaz de evolucionar, sufría retardos desastrosos, topado entre el denso maderamen de sus agobiantes máquinas guerreras.
-¿Tendré éxito con eso?
-Concluya usted diciendo que la balista era un arma psicológica, una idea de fuerza, una metáfora aplastante.
-¿Tendré éxito con eso?
(En este momento el arqueólogo vio en el suelo una piedra que le pareció muy apropiada para poner punto final a su enseñanza. Era un guijarro basáltico, grueso y redondeado, de unos veinte kilos de peso. Desenterrándolo con grandes muestras de entusiasmo, lo puso en brazos del alumno.)
-¡Tiene usted suerte! Quería llevarse una moneda de recuerdo, y he aquí lo que el destino le ofrece.
-¿Pero qué es esto?
-Un valioso proyectil de la época romana, disparado sin duda alguna por una de esas máquinas que tanto le preocupan.
(El estudiante recibió el regalo, un tanto confuso.)
-¿Pero... está usted seguro?
-Llévese esta piedra a Minnesota, y póngala sobre su mesa de conferenciante. Causará una fuerte impresión en el auditorio.
-¿Usted cree?
-Yo mismo le obsequiaré una documentación en regla, para que las autoridades le permitan sacarla de España.
-¿Pero está usted seguro de que esta piedra es un proyectil romano?
(La voz del arqueólogo tuvo un exasperado acento sombrío.)
-Tan seguro estoy de que lo es, que si usted, en vez de venir ahora, anticipa unos dos mil años su viaje a Numancia, esta piedra, disparada por uno de los artilleros de Escipión, le habría aplastado la cabeza.
(Ante aquella respuesta contundente, el estudiante de Minnesota se quedó pensativo, y estrechó afectuosamente la piedra contra su pecho. Soltando por un momento uno de sus brazos, se pasó la mano por la frente, como queriendo borrar, de una vez por todas, el fantasma de la balística romana.)
El sol se había puesto ya sobre el árido paisaje numantino. En el cauce seco del Merdancho brillaba una nostalgia de río. Los serafines del Ángelus volaban a lo lejos, sobre invisibles aldeas. Y maestro y discípulo se quedaron inmóviles, eternizados por un instantáneo recogimiento, como dos bloques erráticos bajo el crepúsculo grisáceo.
FIN

domingo, 1 de febrero de 2009

La emociones.



"Las emociones se mueven más rápido
que la inteligencia.
lo los frívolos creen conocerse a sí mismos.
Lo único que realmente sabemos
de la naturaleza humana es que cambia".

Ayer sábado por la noche salí a dar una vuelta. Hacia días que no sabía nada de Carlota . Se ha pedido unos días de permiso y ha desaparecido, me dijo Carlos, con una sonrisa. ¡No iba sola!, apostilló una jovencita que ya se había tomado más de una copa y era una de las nuevas auxiliares recién llegadas al hospital.
Terminamos la noche en el “Enjoy yourself” un club de música, donde todos los fines de semana, se podía escuchar músicos de nuestra ciudad. Allí estaba Carlota completamente absorta mirando hacia el escenario, muy pálida y con ojeras su cara estaba absorta en la contemplación de su amado. ¡El mozo de la fiesta, "alto y hermoso como un sol” era el guitarrista!.
Decidí marcharme antes de que me viera Carlota. Me despedí de Carlos, que a estas alturas de la noche, ni se dio cuenta, rodeado de todas aquellas jóvenes auxiliares recién llegadas. Se encontraba en aquel maravilloso estado de inspiración que le producían siempre los nuevos alicientes y el champán.