jueves, 14 de enero de 2010

La realidad pintada.Desenlace.

Cargamos con el agua, la comida en tabletas y el fonador portátil y nos adentramos en él. Al entrar en el bosque note una rara sensación, como si alguien nos observara con atención; Sofía también notó una presencia extraña. Pasamos un buen rato agazapados, tratando de detectarla, sin conseguirlo. El bosque parecía desierto, y reinaba un silencio absoluto.
El paraje era fresco con árboles de diferentes especies. El follaje sombrío de los cedros hacía perdurar el invierno, en pleno estío y los grupos de castaños, robles y encinas, que se hallaban entre los pinos, armonizaban entre sí por medio de bellas formas y colores. Todos los árboles eran ejemplares adultos y estaban dispuestos en avenidas de troncos apretados y rectos, con la copa a la misma altura, como si en lugar de encontrarnos en un bosque, estuviéramos en un jardín botánico.
Avanzamos un buen rato por la ancha senda de una de las avenidas, sin escuchar un solo sonido, como no fuera el del viento en las ramas o el sonido de nuestras pisadas en la hojarasca. Llegamos a lo que parecía un santuario, el templo se confundía con la selva, la cual penetraba en el templo. Estábamos en las gradas de un enorme pórtico, cuando oímos por primera vez un sonido, se trataba del canto de un pájaro. Al poco, otro le dio la réplica y vimos volar a los dos, desde las ramas horizontales, hasta los tejados de bronce verde del templo, las aves tenían un plumaje brillante de idéntico colorido.
Las murallas de laca encarnada y las cornisas doradas, en forma de serpiente, armonizaban con una especie de pequeños dragones que pasaban arrastrándose sigilosamente por los jardines. Apareció un gamo, venteó a la derecha y a la izquierda e inició una veloz huida, que quedó frustrada por un certero flechazo que le atravesó el corazón. Nos ocultamos, esperando ver llegar al cazador. Se trataba de una ágil amazona de cabellos largos y rasgos duros y orientales, que montaba una preciosa yegua blanca. Se cercioró de la muerte de su presa y espoleó su montura. La seguimos hasta una cascada; agazapados tras un muro de bambú, observamos seis muchachas idénticas tomando el baño. El rumor de la cascada se confundía con el de lejanas campanas y los troncos desnudos del bosque se confundían con el bambú de los muros del templo. Sonó un gong y justo detrás de nosotros, se abrió una puerta en el muro de bambú. Nos rodearon más amazonas idénticas, llevaban arcos y flechas y sus pies descalzos, no hacían ruido al andar. Fuimos conducidos al interior del santuario. Todo parecía dispuesto como en un cuadro. Aparecían a menudo dioses y diosas, sonrientes y adornados con flores; su situación de perfecta quietud, nos aturdía, era imposible distinguir si se trataba de personas o de estatuas. Por fin llegamos a una gran sala, que culminaba al pie de unas gradas de mármol rosa, sobre ellas había dos personas idénticas a nosotros.

La realidad pintada.Idílico

Nos desprendimos del traje neumático y de la escafandra con el tubo del oxígeno, abrimos la escotilla y respiramos el aire marino. Me parecía inconcebible y grandioso a la vez, vivir así a la intemperie, sin otra protección que el firmamento. En medio de aquella enorme extensión de agua, con el viento golpeándonos la cara, nos sentíamos admirados como niños. Respirábamos y no pasaba nada, seguíamos vivos; ninguna inhalación ponzoñosa nos intoxicaba. Teníamos ante nosotros un planeta nuevo y maravilloso. Dirigimos el bote neumático hacia la playa, el agua estaba templada, su contacto no era desagradable. Fuimos hacia una cueva de los acantilados para ocultar el bote y nos desnudamos para enfundarnos unos sencillos trajes militares de camuflaje. Yo temblaba, tenía lágrimas en los ojos, y no lograba disimular mi emoción. Sofía me abrazó y allí mismo, olvidando toda precaución, nos besamos y dejándonos caer sobre la arena, hicimos el amor.Cuando salimos, el sol estaba mucho más alto, a lo lejos se veía una elevada cordillera de aspecto majestuoso. Desde la falda de las montañas hasta el confín mismo de la playa se extendía el bosque.

miércoles, 13 de enero de 2010

La realidad pintada.En ruta.

El Nautilus se situó sobre la órbita terrestre y buscó la posición exacta del lanzamiento. Atendiendo a las condiciones climáticas y meteorológicas se eligió para el amerizaje un punto del Océano Pacífico en el hemisferio Norte, próximo a las costas del Japón. A las 22h, hora de a bordo, sin anuncios, ni despedidas, -la misión era secreta- Sofía y yo, provistos de escafandra y trajes neumáticos de astronautas, descendimos al foso de lanzamiento y ocupamos nuestros asientos en la ajustada cápsula de la sonda. Inflamos nuestras escafandras; por los auriculares, la voz de Sandra Pitterman, nos preguntó si estábamos listos. Respondimos afirmativamente. El dispositivo cerró herméticamente la sonda. Se oyó un chirrido y la cápsula osciló, casi involuntariamente apreté los músculos, miré a Sofía, tenía los ojos cerrados.
-¿Para cuando la salida?; pregunté.
-Estáis en ruta, -dijo Sandra Pitterman por los auriculares- No os preocupéis por nada, el Nautilus controla el vuelo y el amerizaje. Sincronicemos los relojes, el regreso para el jueves a las 22h. Hasta pronto. ¡Buena suerte¡.
Se abrió una ancha mirilla redonda como un ojo de buey, la sonda giraba lentamente para situarse detrás del Nautilus. Vi muchas estrellas, pero traté en vano de orientarme, no pude identificar una sola constelación. El Nautilus se alejaba siguiendo la orbita circular del planeta.
De repente se oyó un crujido, un ruido áspero, como el chirrido de una lamina de acero sobre el vidrio pulido. Y comenzó la caída; la cápsula hendía el espacio a una velocidad vertiginosa. Con el cuerpo rígido, oprimido en mi funda neumática, tenía la impresión de hallarme suspendido en el vacío. Desaparecieron todas las estrellas y por el ojo de buey solo se veía una claridad rojiza, la que producía el calor al contacto de la sonda con la atmósfera. Las cifras saltaban a gran velocidad en el cuadrante luminoso, una violenta sacudida estremeció al vehículo y enseguida otra, la cápsula se puso a vibrar, la vibración atravesó mi envoltura neumática y recorrió mi cuerpo de pies a cabeza. Ahora la fosforescencia invadía por completo la mirilla circular; habíamos alcanzado el umbral máximo de fricción con la atmósfera. Durante cinco largos minutos la comunicación con el Nautilus era imposible; a través de la radio solo se oía un rumor ronco y profundo. ¿ Sería la voz del planeta, el ruido de ese océano salado, inmenso y desconocido, en el que íbamos a posarnos y en el que hace millones de años surgió la vida?.
Ignoré el miedo. Mire a Sofía, seguía con los ojos cerrados, no movía un músculo de su cuerpo. ¿Habría utilizado su célebre técnica de relajación personal?. Sofía era famosa por su capacidad de autodominio. No me atreví preguntárselo. No quería interrumpirla, era tan hermosa.
A través de la mirilla, la luminiscencia se fue haciendo mucho menor, debíamos haber perdido velocidad. Por fin apareció el planeta; “La Tierra” se extendía ante mis ojos, una superficie inmensa completamente cubierta de agua de la que emergían los continentes. ¡Me sentía caer!. Ahora que la velocidad era mucho menor, sentía la caída hasta con los ojos cerrados. La esfera solar se mostró un momento a través del vidrio del ojo de buey y desapareció enseguida. Un velo blanquecino cubrió el cielo azulado y la ventana se oscureció, me acurruqué en la funda neumática; casi enseguida comprendí que atravesábamos las primeras capas de nubes. Descendimos durante algunos minutos, hasta que el océano se convirtió en un plano que como una inmensa pared se alzaba delante de nosotros y ocupaba toda la mirilla circular. Con un chasquido, el largo collar del paracaídas se desprendió del cono de la cápsula; desplegó con furor sus anillos, y el ruido que llegó hasta mí, me evocó irresistiblemente algo que había leído sobre la tierra y me resultaba fascinante, el rugido del viento.
Desde el Nautilus, Sandra Pitterman se puso en contacto con nosotros.
Dijo: - doscientos segundos para cero. E inició la cuenta atrás, su voz en los auriculares, se oía como un sonido de fondo, a través del viento
Sofía abrió los ojos y me cogió la mano, su expresión, era tranquila.
Hasta ese momento yo notaba que estaba cayendo ahora lo veía. Sobre la superficie del océano comenzaron a distinguirse las olas, con sus centelleantes crestas de espuma, que se estrellaban contra los acantilados de la costa.
Un golpe seco estabilizó la cápsula, los cabos de los paracaídas se soltaron de pronto y volaron llevados por el viento, más allá de las olas. Un amplio flotador se extendió bajo la sonda que amerizó suavemente. La cuenta desde el Nautilus había llegado a cero. En tres días no volveríamos a tener otro contacto con la nave.

La realidad pintada:La misión.

Sofia Soloviev
Presenté el resumen en dirección y al poco, me convocaron a una reunión a la que asistieron el Comandante, los tres directores y los tres supervisores del Nautilus.
El Comandante explicó que según los datos de los sensores telescópicos, la atmósfera, la presión y la temperatura del planeta, eran las adecuadas para la vida humana. No se detectaba radioactividad, ni grandes emisiones de energía sobre la superficie. Lo que contrariamente a lo esperado, hacia presumir que la actividad humana sobre la tierra era mínima o inexistente. Precisamente, la confirmación de estos datos sobre el terreno, era la misión de la sonda. Se había diseñado una pequeña sonda tripulada con capacidad para dos personas, que sería dirigida desde el Nautilus. La recogida de datos, incluso los microbiológicos, se realizaría automáticamente.
Sin embargo, añadió:
-La parte de la misión que se encomienda a los tripulantes, es la localización de vida humana. Una misión que entraña sus peligros.
El comandante hizo una pausa observándome, tratando de advertir en mí una reacción. Y continuó:
- Quiero que sepan que, a pesar de su importancia, la misión no se aprobó, hasta que la persona más adecuada para ello, se ofreció voluntariamente para tripular la sonda. Concretamente me refiero a nuestra directora científica Sofía Soloviev, aquí presente.
Volví mis ojos hacia ella y noté que a pesar de su rubor, me devolvía una la mirada significativa.
- Ella te ha propuesto como su acompañante. Me espetó el comandante.
- Es un honor, contesté. Sin pensarlo.
- Quiero que sepáis que la misión es importante, de ella dependen nuestros proyectos en el planeta. ¡Buena suerte!. Fiel a su laconismo espartano, el comandante dio por terminada la reunión.

Así fue como sin pensarlo, mi curiosidad por el pasado o tal vez, mi pasión por averiguar qué se escondía tras la sugestiva mirada de Sofía, me llevó a tripular la sonda con destino a la Tierra.

martes, 12 de enero de 2010

La realidad pintada: Utopos

Esto que ahora transcribo para vosotros desde mi fonador portátil, es el apresurado resumen que realicé ayer:
"El Nautilus, una enorme nave circular de una milla de diámetro se construyó a finales del pasado siglo XXIII. Se emplearon materiales superconductores de última generación -la pureza y resistencia del sílice, que entonces se extrajo de las profundidades del manto terrestre, nunca han podido ser igualadas-. Para la propulsión emplea la fisión nuclear y utiliza la propagación de enormes campos magnéticos (gravitadores) que garantizan su integridad material frente a la inercia. Es capaz de alcanzar velocidades próximas a la de la luz y en su interior reproduce la temperatura y condiciones ambientales de nuestro planeta.
Después de la guerra y de los grandes incendios, la vida humana sólo fue posible en algunas regiones apartadas del planeta donde la contaminación radioactiva fue menor. Los esfuerzos de la ciencia por preservar el cuerpo humano de las malformaciones y mutaciones radioactivas concluyeron en el desarrollo de la clonación genética y la biomecánica médica. En apenas unas generaciones, para lograr sobrevivir los seres humanos, tuvieron que transformar su esencia biológica.
Lo curioso es, que lo que en un principio pareció una mutilación, al cabo de un tiempo se vio mayoritariamente como un progreso. La biomecánica había logrado copiar eficientemente las creaciones biológicas. Nada justificaba el abandono del planeta como querían algunas minorías de privilegiados. “La teoría mediática” era que el espíritu humano liberado al fin, de sus apetitos irrefrenables se volvería más sereno, más pacífico y racional.
Sin embargo, para muchas personas esta “hibris”, no obtuvo un resultado satisfactorio: el aspecto del hombre-máquina podía ser el de un ser humano; pero su cerebro y su espíritu laminados por los automatismos maquinales habían dejado de ser los mismos. El racionalismo maquinal llevado a sus últimas consecuencias no toleró otra posición política que la sumisión, la búsqueda de mayor eficiencia degeneró en brutalidad y se persiguió con saña a quienes no aceptaban las implantaciones mecánicas.

El Nautilus representó el fruto tardío de una posición de rebeldía basada en una concepción idealista del hombre y de la vida. La nave se construyó en el más absoluto secreto en una apartada región de Nueva Zelanda. Intervinieron cientos de trabajadores y algunos de los científicos más destacados en tecnología de materiales, electromagnetismo, ingeniería espacial, navegación astronáutica, física nuclear y astronomía. Un elenco de sabios imbuidos de un pensamiento humanista, el teorizado por Félix Mnemo e implicados en un sueño milenario: la realización de la utopía social.
Para Mnemo la evasión en la nave permitiría salvaguardar la esencia biológica de la especie humana y realizar por primera vez en la historia el sueño de la “utopía”. Y este fue el ideal al que consagró su vida.
Para entender quienes somos, nuestra forma de ser y actuar, debo hacer una breve exposición de su obra. Mnemo pretendía conseguir dos difíciles metas: La parquedad material e imaginativa y una disciplinada afinación de los sentidos.
Conforme al principio inapelable de “lo justo es suficiente”, prescribió un catálogo de reglas detalladas sobre los nacimientos, las relaciones personales y las actividades culturales en el atrio circular de la nave. Para conseguir un perfecto equilibrio demográfico se determinó el número e incluso, la edad y el sexo de cada uno de los sesenta habitantes de la nave. De forma, que siempre había tres varones y tres mujeres, nacidos dentro de una misma década. A los noventa años se practicaba la eutanasia y en la reproducción, aunque no se usaba la clonación -que se miraba con repulsión- sí se intervenía para garantizar la calidad genética o determinar el sexo. Ello acabó propiciando una cierta homogeneidad física y psicológica; a pesar de que para garantizar la atracción entre los sexos se velaba por la diversificación racial y fisiológica entre los individuos.
Se estableció una ponderada organización de la vida a bordo, para conservar, a pesar del aislamiento en medio de las inmensas distancias siderales, los principios humanitarios de nuestra cultura. Por ejemplo la biblioteca muy amplia en libros de contenido científico o técnico quedó deliberadamente limitada en contenidos históricos, cuyos volúmenes se ceñían a los últimos tiempos de nuestra era y al inicio del viaje del Nautilus, dejando la descripción del tiempo anterior a los poetas, como si de un saber mítico se tratara.
Pero lo esencial en el pensamiento de Mnemo y lo que constituye el sello de nuestra “pequeña historia local” son “las disciplinas de control de los sentidos”. Una serie de técnicas depurativas de nuestras percepciones sensoriales, dirigidas a crear un modelo para conducir adecuadamente nuestras “ingobernables” emociones y dar confianza a los demás de que, “hasta cierto punto”, somos fiables y coherentes.
Partiendo de unas condiciones controladas y asépticas, como las existentes en la nave, se estableció “el modelo de vida lento”, basado en la potenciación del sueño y el descanso mental, del silencio, la mediatización de la expresividad y la postergación de toda decisión irrevocable. Un modelo cuyo triunfo se basa, en un importante logro alcanzado por primera vez en el Nautilus, la absoluta delegación de las tareas productivas en las máquinas.
Como predijo Félix Mnemo, la liberación del trabajo, trajo consigo la siempre aplazada revolución espiritual. Una revolución que ya no pretendía el desarrollo de las facultades racionales -igualadas e incluso superadas por los engendros mecánicos- sino la apuesta por la educación de los sentidos, por la potenciación de las capacidades sensoriales humanas, hasta convertirlas en formas depuradas del espíritu.
El sentido de la vista, ampliamente privilegiado durante la vida en el planeta, tuvo que encauzarse, para adaptarlo a las nuevas dimensiones de la nave. Desaparecidas las lejanas distancias del planeta, y no existiendo necesidad de anticipar la información mediante la visión para salvaguardar la propia integridad física, careció de sentido el abigarramiento de los colores y la excesiva efusión de las luces. La nebulosa oscuridad de las distancias espaciales, los destellos de las luminarias estelares, el aura brumosa de los planetas, no se correspondían con las anacrónicas imágenes que la filmoteca ofrecía del planeta.
Se acabó por abominar de la tiranía mediática de la imagen, de la fugaz ebullición sensible que comporta. Y para combatirla, se potenció la simplicidad cromática, limitando los colores, y jugando con las distintas intensidades de la luz artificial: Desde la oscuridad absoluta de la bóveda del planetario, a la intensidad lumínica del solarium y la huerta; de la penumbra de las habitaciones privadas, a la nacarada luz ambiental de las dependencias comunes, con paredes de tonos amarillos y mobiliario japonés lacado en negro en contraste con el blanco marmóreo del suelo. Incluso acabó por suprimirse el colorido en el vestido y la moda quedó limitada a prendas monócromas con la propia piel. Prendas de una sola pieza con cremallera, muy cómodas, que se ajustan completamente al cuerpo, resaltando las redondeces y el talle femenino y la fortaleza de la musculatura masculina. Lo que se valora en ellas no es el colorido o el diseño, sino las propiedades táctiles del tejido hipoalérgico, es decir la sensación que se percibe en la piel en el momento en que somos tocados.
El gusto, vinculado al arte de la gastronomía, se ha orientado sobre una nueva dieta a base de pescado, vegetales, leche y huevos. La preparación de la comida a cargo de profesionales es una de las artes más nobles y apreciadas. La cocina se inspira en las principales recetas tradicionales de la cocina internacional del siglo XX y sus dos reglas fundamentales son: el contraste de sabores y la parquedad. Resulta de buen gusto dejar con algo de apetito a los comensales, aunque esto, es objeto de aguda polémica en nuestros días.
El olfato, es el más primitivo y el menos conocido de nuestros sentidos. En parte, porque es objeto de investigaciones reservadas y para acceder a ellas es necesario un permiso especial del supervisor. Su asombrosa rapidez para transportarnos inadvertidamente a una sensación o a un recuerdo que creíamos olvidado ha sido un apasionante campo de estudio desde hace muchos años.
Es notorio, que las esencias de feromonas obtenidas por modificación genética, empleadas en un ambiente cerrado, son poderosos instrumentos de manipulación de la voluntad. Algunas de ellas como “el broma” y “el soma” han sido autorizadas y son usadas con efectos punitivos y en la potenciación de la memoria. La utilización de estos compuestos hormonales en experiencias lúdicas, o sexuales continua prohibida.
Pero los verdaderos avances en las disciplinas de afinación sensorial se han producido en torno al oído y al tacto. Las dos grandes capacidades postergadas durante la era planetaria, debido a la existencia de un umbral de ruido inconcebible para nosotros y al absoluto predominio de la imagen visual.
Transcribo primero de los postulados de Mnemo que se refiere a la parquedad en el hablar: “Las palabras desenvuelven el mundo, lo constituyen y lo complican. Nos muestran una realidad superlativa, desmesurada y patética. Me pregunto si la moderación en el hablar, por el contrario, derivaría en un mundo somero, mucho más sobrio y fácil de asimilar. Creo que en una realidad plegada, como la del Nautilus, en medio de la enigmática inmensidad del espacio, sería mucho más fácil actuar bien. Entre un pequeño y escogido grupo de personas y cosas, a las que nos une una indefinida afinidad, actuar es más fácil. No se precisan costosas explicaciones y la cualidad moral de nuestros actos parece aflorar todo el tiempo por la mansa superficie de la realidad. Una realidad plegada y enigmática como la que nos ofrece la mente cuando acabamos de despertar, un mundo pequeño y nuestro, en el que todo es explícito, porque está hecho de afecto, no de palabras. La palabra es el exceso, la orgullosa soberbia que lo desplegaría fatalmente hasta el infinito; y el infinito por definición es un laberinto. Pero este mundo es muy frágil, está hecho de pequeñas renuncias y en parte de la materia del último sueño; se quiebra en un instante -como una pompa de jabón- cuando perturbamos inútilmente el silencio. Dichoso quien habita el mundo desde dentro hacia fuera y sólo en contadas ocasiones rompe el silencio, para repartir las palabras cual monedas de plata, porque hallará la paz”.
Esta advocación constituye el núcleo de nuestra organización social y es observada en el Nautilus con auténtica devoción. Hasta el punto que la transmisión de conocimientos académicos o prácticos se realiza a través de la pantalla del fonador personal, un ingenio cibernético en red, capaz de explicitar y traducir cualquier código de comunicación y donde se transcribe caligráficamente el lenguaje oral y escrito.
La voz humana ha quedado reservada para momentos de especial trascendencia política o emotiva, como las relaciones sexuales o afectivas de cualquier tipo y para el canto.
La música es una de las grandes pasiones de nuestra cultura, todos la aprendemos desde muy pequeños, los mejores compositores e intérpretes gozan de gran prestigio. En el Nautilus se escucha música mientras se hace cualquier otra actividad, para ello se ha diseñado un diminuto dispositivo reproductor que siempre se lleva encima y una muestra de afecto y confianza entre nosotros es intercambiar música como regalo.
Por ultimo me ocuparé del sentido del tacto, que ha sido durante todos estos años, el origen de una verdadera revolución social en la nave. El laconismo en el hablar, hizo necesario un nuevo modo de compenetración interpersonal. El silencio no tenia suficiente valor como medio de expresión del afecto o de la aversión que el ser humano siente necesidad de expresar ante cada situación. Se abrió con ello un cauce al tocamiento, como el medio más directo de mantener un contacto personal con el semejante.
El proceso fue desarrollándose paulatinamente: Se introdujeron actividades lúdicas y deportivas de carácter obligatorio, como el baile, el tai chí, los deportes marciales de contacto y el masaje como terapia psicológica. Así fueron superándose los prejuicios sexuales planetarios que no admitían otras caricias que las producidas entre las parejas o entre padres e hijos y los contactos se extendieron poco a poco, primero entre los individuos heterosexuales de edad aproximada y finalmente, los tocamientos cariñosos de todo tipo o las presiones y pellizcos admonitorios eran comunes entre toda la tripulación.
La homogeneización física existente después de muchas generaciones utilizando técnicas de selección genética y de control de la natalidad, permitieron una libertad sexual desconocida en el planeta. La pareja monoparental resultó inconcebible y gracias a las técnicas hormonales de control de la natalidad, la práctica de la sexualidad nada tenía que ver con la procreación y sí con el placer y la comunicación entre las personas.
Las miradas, las sonrisas, los gestos, los roces y tocamientos, los besos, eran las formas habituales de aproximación entre las personas, cuya sensibilidad epidérmica había aumentado notablemente tras la aparición de las nuevas prendas táctiles, que imitaban la temperatura, la humedad y la textura de la piel. La comunicación racional por medio de la palabra acabó arrinconada, desarrollándose un complejísimo y rico lenguaje corporal, capaz de expresar sin usar una sola idea, una amplísima escala de sentimientos que van, desde la reprobación a la tolerancia, desde el enojo a la admiración más absoluta, desde la indiferencia a la más promiscua entrega sexual.
Para concluir este resumen debo decir, que a bordo del Nautilus se ha logrado un enorme grado de satisfacción personal y de armonía social. Las armas son desconocidas, apenas hay escenas violentas y los trastornos psicológicos producidos por ellas o por la tensión nerviosa debida a los accidentes, las enfermedades, el dolor y la muerte, se mitigan con técnicas psicológicas y biogenéticas de bastante eficacia.
En nuestra pequeña comunidad igualitaria, todas las tareas productivas se confían a las máquinas, realizándose únicamente tareas de supervisión en la construcción de nuevos artefactos cibernéticos y en la destrucción de los obsoletos. Se desconoce la codicia y el ánimo de lucro, y la participación de todos en la educación personal (muy amplia) -que consideramos la tarea humana por antonomasia y a la que dedicamos la mayor parte del día- asegura una buena distribución de las atribuciones directivas y de las responsabilidades sociales en la nave. Muchas de estas funciones que implican mando son rotatorias o vienen determinadas por la edad y otras, las que implican dificultades técnicas: como la navegación, la investigación biológica secreta, por las preferencias y habilidades que hemos mostrado desde pequeños".

lunes, 11 de enero de 2010

La realidad pintada: presentación

Mi nombre es Marcus Wienner, tengo 40 años y soy por decirlo de alguna manera: “el historiador de la nave”-. Así se me conoce con cierta indulgencia, por mi interés en los acontecimientos del pasado. Aunque “La historia”, esa antigua disciplina humana, ya no resulta apasionante y ni siquiera se le reconoce rango académico. En una comunidad como la del Nautilus, que ha hecho del silencio un sacramento, mi locuacidad tiene mala fama, y tengo que reconocer que hasta ahora, mis trabajos historiográficos, no han sido demasiado bien considerados.
De ahí mi sorpresa, cuando ayer, la insigne directora científica, una exuberante rubia de incitantes ojos verdes, me pidió que redactara por escrito “un breve resumen de nuestra historia local. Dispones de un solo día ” –Dijo. Cuando le pregunté sobre el motivo de mi elección, se limitó a coger mis manos y susurrar junto a mi oído: “porque tú eres quien mejor puede hacerse entender, si es que queda alguien ahí abajo”. Y me besó. ¡Un beso inesperado, más persuasivo que el mejor halago¡.

domingo, 10 de enero de 2010

La realidad pintada: Ubicación.


El Nautilus.
A las 19 horas, hora de a bordo, la pantalla del planisferio señalaba nuestra posición en los 357º de omega-alfa. Manteniendo el rumbo y la velocidad de crucero, en 48 horas atravesaríamos la constelación de Alfa Centauro y nos aproximaríamos a nuestro Sistema Solar.
“El Nautilus” con una ruta predeterminada, estaba a punto completar los trescientos sesenta grados de su periplo circular por la galaxia, con un radio estimado de 250 años luz. Un largo viaje en la noche sideral, en el que habían nacido treinta generaciones de seres humanos.
¡Creíamos que no tendría final!. No es de extrañar, que la noticia sobre la derivación de la nave hacia “alfa” la primera de las coordenadas, donde se encuentra “el punto cero”, produjera una fuerte conmoción entre nosotros.
Pese a que el comandante anunció repetidamente que no se trataba del final “del viaje” y que sólo nos aproximábamos al planeta de origen, a fin de enviar una sonda de rastreo, la inquietud continuó entre nosotros.
¡Y es que en apenas unos días, divisaremos la luz del sol y poco después, la azulada transparencia de la atmósfera de “La Tierra”, en cuyo océano se generó la vida, nuestra vida humana!.

La realidad pintada: un cuento sobre la Utopía. Encabezamiento

Las montañas en primavera son ligeras y seductoras, sonrientes, por así decir. En verano tienen un color azul, verde, que parece extenderse sobre ellas. En otoño, son alegres y prometedoras, como recién pintadas y en invierno, son tristes y serenas como si durmieran”.
Kuo Hi. Pintor chino de la dinastía Song.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Alvaro Cunqueiro.

Nuestros argumentos, como nuestros días son cortos y limitados. Por eso merecen ser breve y elegantemente expuestos.





Posee Alvaro Cunqueiro una gracia singular en el modo de narrar, me refiero al arte de la evocación; un raro poder hoy en desuso, que sin embargo, conforma la esencia de la buena literatura.


A Cunqueiro no le gusta describir hechos, prefiere construir sus historias simplemente por evocación. Esboza la trama o el personaje con brevedad desde diferentes ángulos, con el trazo ágil y la seguridad de un buen dibujante que los expone ante un público culto y exigente. No le importa abandonar trama y personajes para acudir a sus disquisiciones eruditas. Su ritmo temporal no es el del cine. Describe escenas como si tratara de pintarlas, de evocarlas de una manera fija en nuestra imaginación. Lo que importa es ganar la complicidad del lector. La trama puede esperar, y de hecho desde un presente intemporal, la trae una y otra vez de nuevo a colación. Sus obras parecen la apasionada continuación de una crónica del excelente periodista, que siempre fue.
Tiene Cunqueiro dos impresionantes novelas: "Vida y Fugas del condotiero italiano Fanto Fantini de la Gherardesca" y "Las Crónicas del Sochantre", en ambas le bastan las dos primeras páginas, para hacernos sentir, parte de ese público distinguido y sumirnos vertiginosamente en la fascinación del Renacimiento toscano en siglo XV o en el mágico mundo de las almas en pena que pululan burlescas por los bosques y aldeas de Bretaña en la época de la Revolución Francesa.
¡Los primeros capítulos de ambas novelas, son obras maestras de la literatura universal, comparables al comienzo de la Metamorfosis de Kafka, y no exagero!
No me atrevo siquiera, a resumirlos, y no digo mas: Os invito a la lectura de estas breves paginas. Su lenguaje un tanto arcaizante, pero preciso, lleno de evocaciones poéticas, se degusta como el aroma de un buen vino; ni una sola de las "inevitables" alusiones culturales al uso. Un relato dispuesto a maravillarnos con la relevancia de los sucesos que contiene, no a repetirnos los sempiternos clisés de la llamada literatura histórica.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Janis Joplin: Little girl blues

Hay canciones que nos conmueven, que se nos meten muy adentro. ¿Cómo es posible que esa "cosa leve" que es la música, tenga sobre nosotros ese extraño poder?. Sentimos el ligero aletazo de una divinidad capaz remover nuestro hartazgo, de hacernos olvidar el cansancio y concitar en nuestra apelmazada alma todos esos anhelos , de renovación espiritual, de compasión, de amor a la belleza que tenemos y por los que vivimos.
Pensábamos que era mejor tener encerradas en un cofre "esas canciones de nuestra vida, esas melodías que nos pueden matar o dar la vida". Algo tan íntimo, es prudente tenerlo a buen recaudo y a salvo, tan solo en nuestra memoria. No nos gusta que se nos note esa agridulce emoción que se nos cuela, cuando por azar, recuperamos una de estas canciones que ya no escuchábamos y que creíamos perdida para siempre. Y una vez más, vienen delatarnos públicamente nuestros ojos, que imprevisiblemente se nos llenan de lágrimas. Y es que la vieja melodía nos produce una emoción viva, hecha de todos los recuerdos que nos despierta; como si de golpe abriera para nosotros, las ventanas de una casa oscura y por fin, viéramos las cosas como son, a plena luz del sol. Tal ha sido en mi caso, el reencuentro con la voz de Janis Joplin, y sus olvidadas canciones yacentes en los mudos discos de vinilo, desde los años 80 .
Esa hippie, de aspecto aniñado y rebelde que murió víctima de las drogas y de la soledad sin haber llegado a cumplir los 37 años, poseía un don, era dueña de una voz apasionada y desgarrada, como no ha habido otra para cantar blues. La mezcla del blues y del rock nacida en las revoltosas universidades californianas de los años 60, dio lugar a esta suerte de música, repetitiva que se canta con voz gutural, gritando, llorando, o gimiendo. Como un largo lamento que se va contagiando al que la oye, hasta hacerlo partícipe de esa enorme tristeza, de ese dolor, de ese desamparo.
La leyenda dice que Janis era una chica miope y no muy atractiva, que tenía facilidad para la música. Una niña tierna y sensible, a la que gustaba tratar a los negros, con los que aprendió a cantar y que fue marginada por sus compañeras debido los prejuicios raciales de la América profunda. Una adolescente solitaria que huye de casa con una amiga hacia el Oeste con la esperanza de cantar y que se gana la vida en los bares. Una joven enamoradiza que sufre por amor, se emborracha y se engancha a las drogas. Una chica con talento que triunfa con los pocos discos que logra grabar, porque su voz expresa mejor que ninguna el patetismo de esas historias, que hablan de deseos insatisfechos, de rupturas y despedidas, de sufrimiento y desconsuelo.

Una de estas maravillosas canciones es Little Girl Blues, uno de los blues más hermosos que he escuchado. Os pongo un enlace en Youtube, a pesar de no ser el de mejor sonido, porque tiene la letra traducida al castellano. Se trata una de las pocas apariciones de Janis Joplin en televisión. La grabación es de finales de 1969, apenas unos meses antes de su trágica muerte por sobredosis de heroína. Aparece una mujer, todavía joven, con el pelo largo, que acerca titubeando su frágil figura al escenario y mira a los focos guiñando un poco los ojos, algo desconcertada, mientras sujeta el micrófono con inseguridad. Suenan los lentos acordes de una guitarra, un bajo y un órgano eléctrico, y brota su inolvidable voz, insuperable para expresar este llanto universal que es el blues. La letra -fijaros en la traducción- se refiere a si misma, a su propia vida… ¿ hay quien lo duda?. La canción quiere ser un bálsamo,un leve consuelo, para esa niña pequeña que sigue siendo... y que ya nunca dejará de ser. ¡Es tan hermosa, es tan triste que se hace difícil contener la emoción! ¡Escuchad!





martes, 8 de diciembre de 2009

Baruch, segun Borges.


Baruch Espinosa


"Bruma de oro, el Occidente alumbra
la ventana. El asiduo manuscrito
aguarda, ya cargado de infinito.
Alguien construye a Dios en la penumbra.
Un hombre engendra a Dios. Es un judío
de tristes ojos y de piel cetrina;
lo lleva el tiempo como lleva el río
una hoja en el agua que declina.
No importa. el hechicero insiste y labra
a Dios con geometría delicada;
desde su enfermedad, desde su nada,
sigue erigiendo a Dios con la palabra.
El más prodigo amor le fue otorgardo,
el amor que no espera ser amado".

lunes, 7 de diciembre de 2009

Espinosa y la explicación de la realidad como un todo

Afirmar la existencia del "cosmos" como algo organizado y humanamente comprensible, frente al "caos", fue el punto de partida de la filosofía griega. Desde entonces, las antiguas interpretaciones míticas o religiosas han sido relegadas por las representaciones racionales sobre nosotros y cuanto nos rodea.



Estas representaciones han seguido lo que parece una linea dominante a lo largo de la historia de la filosofía; la que enfatiza lo individual y concreto, como el modo más adecuado de conseguir interpretar de una manera racional lo más universal. La realidad es lo concreto, el yo, el individuo, al que se le atribuye un carácter autónomo respecto del todo. Y es que la explicación racional de la realidad concebida como un todo, al modo de la antigua concepción mítica, siempre ha resultado mucho más problemática y difícil. Intentada por algunos pensadores del siglo XIX Shopenhauer, Nietzsche, Freud, cuyos planteamientos fueron tildados por ello de irracionalistas, es ahora reivindicada por las ruidosas divulgaciones abstractas de la teoría científica moderna.


Su expresion mejor lograda se encuentra en el pensamiento de Baruch Espinosa, quien exacerbando la idea de sustancia cartesiana -paradójicamente uno de los presupuestos del racionalismo filosófico- llegó a esta indigesta conclusión para su tiempo: "Lo que verdaderamente existe y es real es el todo y no las partes".

Sustancia es aquello que es en sí y se concibe por sí, esto es, aquello cuyo concepto para formarse no precisa del concepto de otra cosa”. Sustancia es pues, lo que existe por sí mismo y es conocido por sí mismo.
Las dos implicaciones de esta metafísica racionalista en estado puro, son: Primera, la idea de que una sustancia creada es contradictoria, pues en tanto que sustancia ha de ser definida y conocida por sí misma, sin necesidad de recurrir a la idea de otra sustancia. Y segunda, la exclusión de cualquier otra sustancia, la definición de sustancia incluye necesariamente la idea de Dios y de todo lo existente. No hay pues pluralidad de sustancias, existe una sustancia única infinita que se identifica con la totalidad de lo real: las partes no son autosuficientes solamente lo es el todo.

No somos más que una parte del gran todo de la naturaleza, una parte que no puede ser concebida por si misma, sino que sólo se comprende en relación con el resto de la realidad, y en este sentido, debemos asumirnos como pasivos. No dictamos nuestras determinaciones a la naturaleza, sino que padecemos las que nos impone y a partir de las cuales estamos configurados.
Cada uno de nosotros existimos, sin ningún propósito distinto a la simple inmanencia de nuestro ser y en ello coincidimos con Dios o la Naturaleza, de cuya sustancia única formamos parte. Todos los ¿por qué? referidos a las opciones de nuestro comportamiento desembocan en la misma respuesta: a fin de ser del modo más pleno y fuerte posible, colmando ese deseo, que "no tenemos" sino que "nos tiene constitutivamente".
Para la pregunta ¿por qué queremos ser?, no hay respuesta racional, porque no se trata de una verdadera pregunta, sino de la ilusión imaginativa que pretende apoyar la realidad como tal, en otra realidad aún más real y así indefinidamente. " Lo único cierto es que nadie se esfuerza en conservar su ser a causa de otra cosa".

Agnosticismo

De que nada se sabe.

"La luna ignora que es tranquila y clara
y ni siquiera sabe que es la luna;
la arena, que es la arena. No habrá una
cosa que sepa que su forma es rara.
Las piezas de marfil son tan ajenas
al abstracto ajedrez, como la mano
que las rige. Quizá el destino humano
de breves dichas y de largas penas
es instrumento de Otro. Lo ignoramos;
Darle nombre de Dios no nos ayuda.
Vanos también son el temor, la duda
y la trunca plegaria que iniciamos.
¿ Qué arco habrá arrojado esta saeta
que soy? ¿ Qué cumbre pude ser la meta?".

J. L. Borges ( La Rosa Profunda).

jueves, 3 de diciembre de 2009

La chica del McDonald.

A veces una simple estampa, cuando está bien escrita, alcanza la intensidad de un buen cuento, vease en este artículo que escribió hace algunos años en "El Semanal", Arturo Perez Reverte. ¡Maestro consumado del género!


Era viernes por la noche, casi la hora de entrada de los cines. El Mac Donald estaba lleno hasta los topes y ella llevaba puesta una espantosa gorra de visera y se movía con aire cansado entre la cocina, el mostrador y el micrófono par los pedidos. Un “big Mac”, un menú de pollo con patatas, uno de jamón y queso, repetía con voz monocorde, yendo y viniendo como una autómata, la mirada ausente y agotada. La imaginé levantándose muy temprano, allá en cualquier barrio, a una hora de metro, o de autobús del centro de la ciudad. Era una más de esas jornadas laborales de invierno, que terminaban de noche; se le notaba en los ojos con cercos de fatiga, en la forma en que preguntaba, qué va a tomar, sin mirarte siquiera a la cara. ¿ Cuantas hamburguesas habría despachado aquel día?.
Creo que en otro lugar, en otro momento, vestida de otra forma, sin aquel cansancio asomándole a los ojos, habría parecido bonita. En la cola, pidiendo hamburguesas y cocacola, veinteañeras de su edad, comentaban la película que iban a ver dentro de un rato. Ropa y zapatos de marca, tejanos de los que salen en la tele y risas. Y ella allí echándole horas al otro lado del mostrador, con aquel ridículo gorro en la cabeza, sirviéndoles hamburguesas, para que luego puedan ir a la película de moda.
Total que pagué mi hamburguesa, cobró mirándome sin verme -tenía mordidas las uñas- respondió con un mecánico “a usted” a mis gracias y salí de su vida, sin haberme asomado siquiera a ella.
Decidí sentarme en la mesa de un bar que había enfrente; traté de leer, pero no podía concentrarme. La desolada mirada de la chica me angustiaba el alma. Al rato la vi salir, debía haber terminado su turno, porque vestía con ropa de calle. Se detuvo un instante en la acera, mirando a su alrededor; el chico estaba apoyado en una jardinera. Llevaba el pelo largo y revuelto y una cazadora de cuero, botas y una moto de mensajero. Entonces ella fue hacia él y se le abrazó como un náufrago puede abrazarse a un salvavidas. Y se besaron.
Después en la mesa de al lado alguien dijo algo sobre la juventud y sobre los ideales y sobre la falta de no sé qué. Yo cerré el libro y miré hacia el tráfico que se había tragado media hora antes a la pareja. Me hubiera gustado volverme hacia la mesa de al lado y decir: ¿ De qué juventud habla usted señora?. De esa que sale en los anuncios de la tele, en las encuestas sobre universitarios y en la ruta del bacalao o de esos jóvenes que trabajan y luchan o quieren hacerlo, de los miles de jóvenes estafados, engañados en un empleo basura, de las parejas que tienen veinte años y ya parieron hijos que solo heredarán la cola del paro.

Aquella tarde me hubiera vuelto hacia la mesa de al lado para decir todo eso, pero me callé. Al menos me dije, la chica y el mensajero de la moto, se besaban en la boca despacio, con infinita ternura y eso era algo que nadie les podía quitar. Tal vez en ese momento, se acariciaban el uno al otro, abrazados, en algún lugar de las afueras de la ciudad, y por un momento, la hamburguesería, la moto, el resto del jodido mundo, estaban muy lejos, a miles de años luz. Entonces pedí otra cerveza, les dediqué una sonrisa cómplice y continué con lo que estaba haciendo.

martes, 1 de diciembre de 2009

Apariencias

Hay tanta gente pretenciosa revestida con su coraza de energía y diligencia, que anda por el mundo aparentando ser buena, que aparentar ser "malo", frágil , incluso algo pusilánime, es muestra de un modo de ser dulce y modesto.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Los cinco sentidos

"De todos los sentidos, la vista es el más superficial, el oído el más orgulloso, el olfato el más voluptuoso, el gusto el más inconstante y el tacto el más profundo"
Denis Diderot.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Dentelladas


"El que dice todo lo que piensa, piensa muy poco todo lo que dice".

Los únicos hombres a los que no temo, decía Oscar Wilde, son los hombres silenciosos.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Cuentos del abecedario: El Primate

Durante mis diez años de matrimonio, mi marido, en la estatuaria de biotipos del reino animal que toda persona, (muy a su pesar) acaba por componer, evolucionó en tres de los más conocidos especímenes del género simiesco. El Arturo Larrea, abogado en paro, con aspecto de chimpancé, conforme el dinero y los años lo fueron encanallando, devino en orangután y en gorila; estado en el que alcanzó su máximo objetivo: el cargo de concejal de urbanismo en nuestro Excelentísimo Ayuntamiento. Si de joven tuvo una constitución atlética nada quedaba de ella en este cuarentón corpulento, de brazos membrudos y piernas arqueadas, cuerpo orondo y peludo en claro contraste, con el cráneo pelado y siempre sudoroso.
Arturo me poseyó durante diez años con imperioso egoísmo, conocí su gula insaciable, sus arrebatos de furor, su ternura sensiblera, y en las altas horas de la noche su lujuria insistente y ceremoniosa. Renuncié al amor, sin conocerlo porque Arturo me demostró con alegatos jurídicos que el amor solo es un cuento que sirve para entretener a los ilusos. Arturo que en lo demás era un descreído, estaba convencido de que lo único que una que una mujer necesita es la protección de un hombre respetable. Me pase diez años luchando con -las distintas especies de simio- y lo único que conseguí fue arrastrarlo al divorcio.
Arturo Larrea ha vuelto a casarse, pero esta vez se ha equivocado por completo. Nuria es una mujer dulce y romántica pero sabe el secreto que ayuda a domesticar los primates. Era huérfana y se crió en la parroquia con su tío el cura. No discute, no gesticula, apenas habla, un poco mística, acude a sus devociones, a las reuniones con sus amigas de la parroquia, cuando vuelve no da explicaciones, simplemente sonríe. Arturo se ha vuelto más lento y opaco en sus furores, desde que sus razonamientos no son escuchados y mucho menos contestados. Ya no convence a nadie, y sus predicas han ido perdiendo vigor, como en los labios de una actor desconcertado. Su cólera no sale ya a la superficie, es como un volcán subterráneo con Nuria sentada encima y siempre sonriente. Nuria sabe flotar en medio de una tempestad como un barquito de papel en medio de una palangana. Es una bonita muñeca, sobrina de un religioso vegetariano, que le ha enseñado a lograr que los tigres se vuelvan también vegetarianos y prudentes.
Hace poco, vi a Arturo en la iglesia oyendo devotamente los oficios religiosos, se ha vuelto enjuto y comprimido, como si Nuria con sus dos frágiles manos lo hubiera macerado y reducido el volumen hasta hacerlo plegable y metérselo en su bolso. Su palidez de vegetariano le da un aspecto de enfermo.
Las personas que visitan a los Larrea, me cuentan cosas sorprendentes, hablan de comidas incomprensibles, de almuerzos y cenas sin carne, ni pescado. Me describen a Arturo devorando grandes fuentes de ensalada. Naturalmente de tales platos no puede obtener las calorías que daban auge a sus antiguas cóleras. Sus platos favoritos han sido metódicamente suprimidos por su implacable mujercita. Arturo pone la mesa, come en silencio como un niño castigado y hasta ayuda recogerla. Arturo duerme en un dormitorio distinto para no molestarla con sus ronquidos. Ya no fuma habanos, ni bebe, ni frecuenta a sus amigotes, ni acude a ese tipo de reuniones que se prolongan hasta altas horas de la noche. Ahora acompaña por las tardes a su esposa porque canta en el coro de la parroquia.
Me gusta imaginarme a los dos solos comiendo en la mesa larga del comedor; a Arturo el déspota acercándole la silla a su esposa; al descreído improvisando el responso de bendición de alimentos; al glotón, vigilado por la sabia Nuria, absorbiendo colérico sus livianos manjares. Pero sobre todo, me gusta imaginar al gorila en pantuflas con el gran cuerpo informe con sus carnes caídas, bajo la bata, llamando, en las altas horas de la noche, tímido y persistente, ante una puerta obstinada.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Constataciones de D. Arturo.

La calma o la agitación de nuestro estado de ánimo dependen menos de las cosas importantes que nos suceden en la vida que de una combinación de pequeñeces que suceden todos los días.Y es que el capricho de nuestro humor nos resulta siempre mucho más arbitrario que el de la suerte.

martes, 27 de octubre de 2009

Songs from the wood

Trasladarse a vivir a una granja, aprender a cultivar la propia parcela con eficiencia y sin morir en el intento. Poseer gallinas, conejos, y patos, dentro de un cercado. Montar a caballo al amanecer. Volver a notar que el tiempo pasa lentamente, como en las tardes de la infancia.
Gozar recreando inocentemente un pasado, que tal vez nunca ha existido. Disfrutar con las costumbres familiares, con nuestro reducido entorno; tal vez aburrido, pero sin ruidos externos.
La granja y la aldea, los nombres y las caras de los pocos vecinos de nuestro lugar. Y la bendición de no poder alejarse,- ni acercarse- más de lo que se sea capaz de cabalgar en una sola jornada.

Una música con resonancias medievales y folclóricas. Que describe cacerías a galope tendido con trompetas y ballestas en las manos. El trabajo de los leñadores en el bosque profundo e inexplorado. La vida de los proscritos que viven en el bosque y se entretienen en pruebas de destreza con el arco. Los cuentos sobre brujas y espíritus y la hermosura de las mujeres en torno al hogar, durante las largas veladas del invierno. Los animales del establo, la siembra, y la cosecha, las labores diarias de la vida en el campo.
Todas estas cosas dulcificadas por la ficción, me sigue evocando, Canciones del Bosque, ese maravilloso disco de Jethro Tull, que tuve la suerte de escuchar por primera vez cuando solo tenía 17 años.